Protagonistas de la mar

Zacarías Lecumberri Sagastume (1886-1960), marino y torero

Supimos hace mucho tiempo, cuando leímos un artículo de Juan Antonio Padrón Albornoz, de las andanzas del capitán Zacarías Lecumberri Sagastume, que en sus años juveniles había sido torero de cierta fama debido a su arrojo y valentía ante el empitonado enemigo. Más reciente en el tiempo, otro extenso artículo de César Estornés Ibargüen, nos ha permitido profundizar en la vida de este singular personaje. Porque, además de su trayectoria en los ruedos, Lecumberri fue un marino de larga ejecutoria en diferentes escenarios, que hemos tratado de hilvanar de la mejor manera posible con la información disponible.

Cuarto hijo del matrimonio formado por Juan Antonio Lecumberri Ubillos y Romana Sagastume Lecumberri, primos hermanos y oriundos de Busturia, Zacarías nació el 5 de noviembre de 1886 en Murueta. En uno de los escudos de dicho apellido figuran dos jabalíes en campo de oro, signo de intrepidez y arrojo, cualidades que, como bien señala César Estornés, no le faltaron a lo largo de su vida. Otra variante es el león, en fondo blanco y azul, signo de magnanimidad y bravura y un jabalí en campo de oro.

Siendo un niño estudió dos años en un colegio de Deusto y cuando tenía doce hizo saber a sus padres su vocación por el mundo de la mar y los barcos. A pesar de la oposición paterna, la insistencia del joven Zacarías forzó una decisión condicionada: primero tendría que embarcar para que tuviera la certeza de que le gustaba la vida de marino. Se puso manos a la obra y consiguió plaza de pinche de cocina en el vapor “Ea”, uno de los barcos de la flota de Ramón de la Sota y permaneció a bordo por espacio de un año.

En su etapa en el vapor “Nemrod” transportaba cargas de dinamita
En su etapa en el vapor “Nemrod” transportaba cargas de dinamita

Lejos de alejarle de su vocación, la experiencia consolidó su decisión y realizó sus estudios en la Escuela de Náutica de Deusto. Su primer embarque profesional fue a bordo del quechemarín “Mundaca”. Después pasó al vapor “Nemrod”, propiedad de la Compañía Unión Española de Explosivos, dedicado al transporte de dinamita desde la fábrica de Galdácano a las minas de Asturias y al sur de España. Se cuenta la anécdota de que cuando el barco fondeaba en Arketas, izaba en el mástil la bandera pirata y debajo un cartel que decía “Se prohíbe fumar. Peligro de muerte”. Lecumberri saltaba sobre las cajas de dinamita y fulminantes con temeraria despreocupación mientras fumaba en pipa.

En su primer viaje a Sevilla, en 1909, a bordo del “Nemrod”, Zacarías Lecumberri presenció por primera vez en su vida una corrida de toros en la plaza de La Maestranza. El cartel lo formaban Morenito de Algeciras y el mejicano Vicente Segura. Le impresionó lo que vio y, haciendo honor a su escudo de armas, en el segundo viaje a la capital hispalense decidió que él también sería torero. La casualidad quiso que coincidiera en un bar con el reputado diestro mejicano. “En la terraza del bar,  la gente no le dejaba en paz, yo le pregunté a mi capitán quién era ese que el público le sigue y le aplaude. Un torero, aquí en Sevilla, es un ser extraordinario, me contestó. Mi capitán, yo estoy dispuesto a ser torero, para demostrar que no soy un ser extraordinario”.[1]

Zacarías Lecumberri (izquierda), con uno de sus apoderados
Zacarías Lecumberri (izquierda), con uno de sus apoderados
Parte de la familia de Zacarías Lecumberri, en el molino de Olachu
Parte de la familia de Zacarías Lecumberri, en el molino de Olachu

Zacarías Lecumberri desembarcó en Sevilla y gastó el dinero que tenia ahorrado recorriendo las ganaderías de la región, con el ímpetu firme de ser torero. Cuando se quedó sin blanca trabajó de criado en la ganadería de Luis Ríos, que vendía reses para consumo de carne. Después conoció a Antonio Pachón, un torero de segunda fila “y una noche en la dehesa lidiaron un toro, el más bravo y nervioso de todos. Armados con un estoque mohoso y los trapos correspondientes. Zacarías le dio unos capotazos, un pinchazo y la estocada que  mató a Capirote que así se llamaba (…). Huyeron los dos muchachos, pasaron hambre, fatigas y penalidades incluso un corte de coleta, suceso que ocurrió en Albacete por viajar en el tren sin billete”.[2]

Las cosas no habían salido como él esperaba y, apremiado por la necesidad, Zacarías Lecumberri regresó a su tierra, sin que por ello hubiera mermado su deseo de ser torero. De este singular personaje se cuentan otras aventuras, siempre ávido de nuevas sensaciones. El 5 de noviembre de 1911 estaba en una corrida de toros en Madrid, lo que le impidió asistir como corredor a una carrera de motos en Bilbao, organizada por la Federación Atlética Vizcaína y el gimnasio Zamacois. Y como corresponde a la época, atraído por los vuelos del francés Jules Vedrines y su paisano Francisco Coterillo Llano, también quiso ser aviador e intentó conseguirlo en 1913 en la Escuela de Vitoria.

Zacarías Lecumberri cosechó pronto fama de “arrojado diestro”
Zacarías Lecumberri cosechó pronto fama de “arrojado diestro”

El asunto de los toros habría de provocarle serios disgustos con su familia. Para su primera corrida, Zacarías pidió a su tío Hermenegildo que le pagase el traje de luces, pero éste se lo negó después de consultar la propuesta con su padre. Su paisano Luciano Bilbao, apodado “Lunares”, banderillero y en ocasiones matador, se lo llevó en 1909 de subalterno y actuó en novilladas en las plazas de Santoña, Medina de Pomar e Indauchu, propiedad del relevante ganadero José Echevarría, marqués de Villagodio, en la que el 24 de octubre del citado año tomó la alternativa. A pesar de que aquel día llovió mucho, los toros demostraron su bravura y Lecumberri, triunfante, salió a hombros como indiscutible protagonista del festejo. Hubo otra corrida el 7 de noviembre siguiente, en la que el éxito se repartió por igual entre Luciano Bilbao y Zacarías Lecumberri y ambos salieron por la puerta grande hasta la plaza de Zabálburu.

De nuestro protagonista decía Camarón, entendido en el mundo taurino: “Toreador, estoqueador heterodoxo, prefería los toros muy playeros, anchos de cuerna que entre pitón y pitón no se oyese el canto de dos canarios. Para encunarse y dejarse acunar como una mecedora. Solía salir despedido por elevación, describiendo una parábola en el aire yendo a caer a la cola del bicho”.

En el transcurso de 1910 toreó en varias plazas del País Vasco. En Deva sucedió el desplome de un tendido atestado de público y ante el peligro que representaba que el toro los embistiese, Lecumberri lo asió durante un buen rato por el rabo y los cuernos hasta que la gente se pudo desalojar. En 1911 estuvo en las plazas de Barcelona, Zaragoza, Haro, Logroño y Almería. El 15 de agosto apareció en las fiestas de Guernica, con unos toros mansos y grandes, a los que Lecumberri “demostró muchísima voluntad y valentía, aunque con el estoque estuvo desgraciado. Fue volteado en repetidas ocasiones y le decimos a Zacarías que aprenda a matar sin encunarse, porque sino hoy o mañana lo catarán los morlacos; veremos si cuaja el muchacho. Con la capa algo ha aprendido, aunque está verde le hace falta torear mucho y con gente que sepa”. Cinco días después se presentó en Madrid, mano a mano con Celita y Torquito. En esta plaza, el marino de Murueta “levantó una aureola de valentía y simpatía hacia su persona. Decían que no hay ejemplo de torero que entre a matar como él, todas las veces que acomete al toro es cogido y volteado, sin que por ello mengüen sus bríos”.

Probó fortuna en el mundo del toreo y dejó huella en su tiempo
Probó fortuna en el mundo del toreo y dejó huella en su tiempo

En septiembre toreó en la plaza de Plencia, en la que brindó un toro a “Desperdicios”, apodo del periodista Aureliano López Becerra, considerado la máxima autoridad de la época en la materia. “Zacarías estoqueó con arrojo, aunque sin arte alguno, un toro de Tertulino Fernández. Lecumberri se convirtió en un torero, pero torero que todo lo fía a su arrojo y valor careciendo de finura y arte. Entraba a matar, dispuesto a hundir el acero hasta las cintas sin cuidarse de cruzar, por lo iba por encima del lomo del animal para caer por la cola. Producía una enorme emoción verle entrar a matar, estocadas en un toma y daca lo que le abrió el camino en años sucesivos”.

Sufrió frecuentes embestidas y heridas de poderosos morlacos y, aunque cosido a cornadas, tuvo suerte y consiguió salir airoso de los lances, pese a que en dos ocasiones recibió los santos óleos. Uno de ellos ocurrió en mayo de 1917, en la antigua plaza de toros de Orduña, cuando un novillo saltó al tendido. Lecumberri evitó una jornada de luto, pues salió corriendo a su encuentro y luchó a brazo partido con el toro, sujetándolo mediante un hábil coleo hasta que le dio la puntilla.

Su forma de toreo llamó pronto la atención de las revistas de la época
Su forma de toreo llamó pronto la atención de las revistas de la época

En 1912 el torero se lució ampliamente. Contratado por el apoderado Alberto Zaldúa para 35 corridas, toreó 28 y dio muerte a 63 toros, que se sumaban a las 167 reses que entonces tenía en su haber. Y a pesar de sus compromisos taurinos, también obtuvo el título de capitán de la Marina Mercante. Contaba 26 años de edad.

En 1913 celebró 16 corridas, una de ellas en el mes de julio en Madrid, en la que compartía cartel con Algabeño II y Bonorillo. Durante la lidia, desconcertado ante la vitalidad del toro e impaciente por finalizar la faena, Lecumberri “tomó al toro por los cuernos derribándolo aparatosamente. Ante tal hazaña, un espectador le gritaba desde los tendidos: ¡vasco troglodita!”.[3]Nuestro protagonista siguió frecuentando los ruedos con desigual fortuna, aunque en alguna de ellas llegó a cobrar 2.500 pesetas de la época. Tenía un club de admiradores en Vitoria y su nombre salía con frecuencia en los periódicos y en las revistas nacionales y locales. En 1918 volvió a navegar, pero la afición le echaba de menos y en la plaza de toros de La Coruña, donde tenía muchos seguidores, protagonizó una de sus más sonadas anécdotas. Sucedió en agosto de 1922.

Son sonadas las anécdotas de sus enfrentamientos con los toros
Sus maneras en el ruedo le granjearon pronta fama y frecuentes disgustos

El escritor y periodista gallego Wenceslao Fernández Flórez escribe en su obra titulada “Toros” que Lecumberri “era verdaderamente el valor con mayúscula” y aunque le apasionaba torear, “fundamentalmente le gustaba el peligro”. En la mencionada corrida, el corpulento toro lo lanzó como una catapulta contra la barrera. El torero quedó con la cabeza apoyada en las tablas, conmocionado, tras el golpe que resonó como un golpe seco en toda la plaza y perdió momentáneamente el sentido. Allí estaba como un muñeco, con el cuerpo extendido y los ojos cerrados. Poco a poco los abrió; miró al frente como para recuperar la noción de donde se hallaba, y entonces vio al toro, que se encontraba inmovilizado ante él. De pronto, Lecumberri comprendió lo ocurrido. Se levantó y avanzó hacia el toro, a cuerpo limpio, sin muleta ni espada, con el aire de un hombre que va hacia otro que le ha ofendido y a quien quiere castigar. Cuando estuvo frente al animal, Zacarías Lecumberri cerró a puñetazos sobre él.

Sí, a puñetazos. Los puños de nuestro personaje caían una y otra vez sobre el hocico del toro que –y esto fue lo extraordinario– comenzó a retroceder, como asustado ante tan impetuosa furia. Sostenía Fernández Flórez que, más que susto, era asombro y desorientación lo que en aquellos momentos sentía el toro. La bestia habría calculado cuanto podía esperarle en el ruedo pues, en opinión del afamado escritor, en las ganaderías los morlacos se comunicarían los conocimientos de lo que es la lidia. Contaba, por tanto, con ser picado, capoteado, banderillado y estocado, pero de ninguna manera con ser sometido a una sesión de puñetazos. Y es que los puños de Lecumberri eran como martillos. El toro se tambaleó y concluyó por dar la vuelta y huir, acompañado de las carcajadas del público. El torero recibió la ovación más larga jamás vista en un ruedo. Decía Fernández Flórez que Zacarías había fundado el lecumberrismo, aunque nadie fue capaz de seguirle en tan arriesgada senda.

Foto de familia del día de su boda con Jesusa Echevarría Hormaza
Foto de familia del día de su boda con Jesusa Echevarría Hormaza

Unos meses antes, el 25 de febrero, Zacarías Lecumberri había contraído matrimonio con Jesusa Echevarría Hormaza. La ceremonia se celebró en la iglesia de Busturia y el banquete en el hotel Chacharramendi de los Gandarias, un establecimiento espléndido de la época. Su esposa era 16 años más joven y de su unión nacieron tres hijos. Se dice que fueron un matrimonio feliz, a pesar del carácter aventurero, fácil al tremendismo y bastante anárquico del padre de familia. 

Cuando los toros quedaron casi definitivamente atrás, Lecumberri volvió a navegar y así permaneció hasta el final de su vida. En septiembre de 1925 participó en el desembarco de Alhucemas, llevando provisiones, aunque no hemos podido concretar el nombre del barco en el que se encontraba. Después, Zacarías Lecumberri se afincó en Sevilla y comenzó su etapa de capitán y armador de cabotaje.

En julio de 1936, declarado el estado de guerra, se puso a disposición del general Gonzalo Queipo de Llano. Lecumberri estaba al mando del buque “Teresa”, [4] que era de su propiedad, con el que logró romper el bloqueo de la flota republicana entre Sevilla y Melilla. A bordo viajaron cuatro banderas de la Legión y después llevó armas y municiones de Ayamonte a Vigo. Durante toda la guerra prestó servicios entre los puertos canarios y los nacionales del sur de la Península y norte de África. [5]

Zacarías Lecumberri con su sobrino Andoni Usparicha, a bordo de un barco
Zacarías Lecumberri con su sobrino Andoni Usparicha, a bordo de un barco

Después de la guerra, hubo una etapa en la que Zacarías Lecumberri navegó en los barcos de la Empresa Nacional Elcano de la Marina Mercante. El 28 de junio de 1944 estaba al mando del buque “Castillo Jarandilla” cuando se produjo un incendio en el puerto de Melilla, con una carga parcial de bidones de gasolina y otras mercancías. [6] Ocho días antes había zarpado del puerto de Santa Cruz de Tenerife en un itinerario con escalas en Tánger, Ceuta, Río Martín, Villa Sanjurjo y Melilla. El incendio se inició a medianoche y pronto se extendió hasta que quedó incontrolado. Personal de la Compañía de Mar de Melilla consiguió desatracarlo y después de que fuera remolcado fuera del puerto, la artillería del cañonero “Laya” lo hundió en aguas profundas.

No hemos podido concretar la fecha en la que Zacarías Lecumberri compró la goleta “Evelia”, pero pensamos que pudo ser en 1944, pues es cuando aparece registrado su nombre por el Lloyd’s. Fue una propiedad breve, pues en 1945 estaba a nombre del armador grancanario M. de los Santos Bethencourt y posteriormente, en el primer tercio de la década de los años cincuenta, pasó a manos de los hermanos Juan y Rosendo Hernández Medina, comerciantes de Santa Cruz de La Palma.   

Después estuvo al mando del motovelero “Costa de Marfil” [7], uno de los costeros de Naviera Comercial Aspe, que anteriormente había sido propiedad del armador Carlos Ribera Ibáñez. En enero de 1955, nuestro protagonista recibió a bordo del buque de su propio nombre, “Z. Lecumberri” [8], en el puerto de Ceuta, la Medalla del Mérito al Trabajo, que le fue impuesta por el teniente general García Valiño, alto comisario de España en Marruecos. [9]

Este barco, con la citada abreviatura, fue durante años un asiduo protagonista del cabotaje entre la Península y Canarias. Era un candray muy viejo, construido a finales del siglo XIX en astilleros de Noruega. Pero no era mal barco, pues después de una reforma a la que fue sometido a poco de llegar a España, todavía le quedaban otros diez años de vida marinera por su proa. Alguna relación tuvo Lecumberri con la primera sociedad que aparece como propietaria del buque de su nombre, Comercial Mediterránea, con sede en Málaga, propiedad del empresario Álvarez Claro. Lecumberri figuraba entre los capitanes de Naviera Aspe (NAVICOAS), cuando la compañía sevillana recibió el buque “Díaz de Solís”. [10]

El capitán Zacarías Lecumberri, en una composición con noticias suyas de toreo
El capitán Zacarías Lecumberri, en una composición con noticias suyas de toreo
El buque “Z. lecumberri”, visto por la aleta de babor
El buque “Z. lecumberri”, visto por la aleta de babor
El buque “Pedro de Valdivia” entrando en la ría de Bilbao
El buque “Pedro de Valdivia” entrando en la ría de Bilbao

En julio de 1960, el capitán Lecumberri estaba al mando del buque “Pedro de Valdivia”, ocasión en la que viajó a bordo el periodista y escritor Esteban Calle Iturrino, rumbo a la Guinea española. “Iturrino –escribe César Estornés– ve en él la fuerte vocación náutica y un hombre con afán de puente, permanece hora tras hora en el puente aliviando las jornadas de sus oficiales”. [11]

El buque hacía su primer viaje a la Guinea española fletado por Compañía Trasmediterránea. El 9 de agosto, cuando se encontraba a dos días de viaje para llegar a Las Palmas de Gran Canaria, después de una escala en Monrovia, falleció a bordo del buque de su mando de un ataque al corazón. [12] Contaba 73 años y no pudo ver cumplido su deseo de llegar a tiempo a Bilbao, para asistir el 4 de septiembre a la feria taurina en la que se celebraban las bodas de oro del Club Cocherito de Bilbao. Sus restos mortales fueron desembarcados en el puerto de la capital grancanaria y reposan en el cementerio de Busturia.

Notas: 

[1] Estornés Ibargüen, César. Zacarías Lecumberri, el último tremendo de Kanala. Publicado en su blog memoriasclubdeportivodebilbao.com.

[2] Ibídem. Recomendamos la lectura del extenso artículo de César Estornés, salpicado de multitud de anécdotas y vivencias de la vida taurina de nuestro singular personaje.

[3] Ibídem. En junio de 2014 se publicó un libro titulado “Zacarías Lecumberri, el estoqueador aventurero”, del que es autor el conocido cronista taurino Antonio Fernández Casado. No lo hemos podido consultar, pero estamos seguros, dado el título, que se trata de un trabajo muy interesante sobre la vida en los ruedos de este singular personaje.

[4] Era un barco muy viejo, construido en el astillero William Doxford & Sons, en Sunderland y entró en servicio en julio de 1883 bautizado con el nombre de “Glanrheidol”. Construido por encargo de Mathias J. & Sons (Cambrian Steam Navigation Co., de Cardiff), en 1893 pasó a la propiedad de Robertson, Mackie & Co., de Glasgow y fue rebautizado “Newbigging”. En 1897 lo compró el armador noruego Meier D, de Oslo, y fue abanderado en Noruega con el nombre de “Jern”. En 1909 llegó a España, adquirido por los armadores González y Fernández, de Villagarcía y navegó con el nombre de “Arosa”. En 1918 lo compró Ortiz R. Artiñano, de Bilbao, y recibió el nombre de “Teresa”. No hemos podido confirmar que Zacarías Lecumberri fuera propietario del mismo, por lo que está a falta de las oportunas comprobaciones documentales. El barco se perdió el 2 de febrero de 1940, después de que embarrancara en Mazagán (Marruecos).

[5] González Echegaray, Rafael. “La Marina mercante y el tráfico marítimo en la guerra civil”. p. 191. Madrid, 1977. 

[6] En las bodegas transportaba más de dos mil sacos de azúcar, 44.000 ladrillos, fardos de papel y tejidos y muebles, así como 1.600 bidones vacíos.

[7] Construido en Astilleros Atlántida, Valencia, entró en servicio en 1949. Era un buque de 497 toneladas brutas y un casco de madera de 50,40 m, propulsado por un motor diésel de 500 caballos de potencia y la ayuda de las velas izadas en sus mástiles. El barco naufragó el 26 de noviembre de 1956 cuando navegaba entre Lanzarote y Fuerteventura y en el accidente, debido a un fuerte golpe recibido en la cabeza, falleció su capitán, Manuel Jiménez del Rey, cuando había sido transbordado al motovelero “Faro de Cullera”, propiedad de la misma empresa, que acudió en su auxilio.

[8] Construido en el astillero Bergens Mekaniska Verksted, entró en servicio en diciembre de 1893 bautizado con el nombre de “Colombia” y contraseña del armador Adolf Halversen. Cambió cuatro veces de propietario, aunque siempre mantuvo el mismo nombre, hasta que en 1952 pasó a la propiedad de la sociedad panameña Navegación Internacional de Transportes Marítimos y fue rebautizado “Semra”. En 1956 enarboló bandera española por cuenta de Comercial Mediterránea, de Málaga y fue rebautizado “Z. Lecumberri”. En 1959 pasó a la propiedad de Naviera Comercial Aspe (NAVICOAS) y en enero de 1963 fue desguazado en Castellón. De 850 toneladas de peso muerto, medía 65,49 m de eslora total, 8,86 m de manga y 4,30 m de puntal. Propulsado por una máquina alternativa de triple expansión de 698 caballos, que le daba siete nudos de velocidad. Código IMO 5600484.

[9] ABC, 26 de enero de 1955.

[10] Vendido en 1964 a Ybarra y Cía. y renombrado “Cabo Santa María”. El 1 de septiembre de 1968 embarrancó en la costa norte de la isla de Boa Vista (Cabo Verde), cuando iba en viaje de Santa Cruz de Tenerife a Río de Janeiro. Pese a los intentos por reflotarlo, finalmente quedó abandono a su suerte y todavía son visibles algunos restos del barco.

[11] Estornés, artículo citado.

[12] Diario de Las Palmas, 11 de agosto de 1960.

Fotos: publicadas en el blog memoriasclubdeportivodebilbao.com, de César Estornés Ibargüen y archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo.

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