De la mar y los barcosDestacado

Una parada inexplicable de motor en el triángulo de las Bermudas

Poco tiempo después de que el neoyorquino Charles Berlitz escribiera su polémica obra “El triángulo de las Bermudas”, allá por el año 1975, me encontraba desempeñando mis funciones profesionales en el que fuera mi primer buque como jefe de máquinas en Compañía Trasatlántica. Se llamaba “Merced” y estaba entonces bajo el mando del capitán Francisco Bilbeny Costa y navegábamos en una línea que en aquella época incluía el paso por el controvertido “triángulo”.

Durante la escala en el puerto de Barcelona, punto de comienzo de la línea, solíamos aprovechar para hacer la siempre esperada llamada telefónica a casa, comprar alguna provisión de capricho, cortarnos el pelo para el viaje de dos meses, darnos un homenaje gastronómico y disfrutar de un paseo por las Ramblas, donde, entre otras cosas, hacíamos acopio en sus típicos kioscos de material de lectura que nos ayudara a cubrir momentos de ocio durante el prolongado viaje.

Con intención de cumplir con las citadas tradiciones, la tarde antes al día de la partida, el capitán Bilbeny y quien esto escribe, nos dispusimos a dar un paseo desde el lugar de atraque hasta las cercanas Ramblas, para  llamar a casa y “premiarnos” con una buena cena y posteriormente, si procedía, disfrutar de la querida y añorada Barcelona con una copa en la «Taberna Bohemia», el disfrute de un atrevido espectáculo en el “New York” o simplemente asistir a uno de los últimos estrenos de cine, todo dependiendo del estado del ánimo.

Durante el citado paseo de rigor  por los kioscos de libros y revistas de las Ramblas, “el master” se mostró muy interesado por un libro que ofrecían todos los libreros como “best seller”; le animé a que lo comprase, ya que a juzgar por el contenido que insinuaba el título que figuraba en su portada podía tener interés, sin adivinar quien les escribe, en aquel momento, las consecuencias que a posteriori acarrearía la compra del susodicho ejemplar.

Al parecer, Francisco Bilbeny comenzó su lectura aquella misma noche tras el retorno a bordo, según pudimos comprobar el día de salida durante la sobremesa del mediodía, al constatar cómo comentaba algunos  aspectos del primer capítulo con especial interés, y yo diría que con credulidad y vehemencia. A  medida que iba devorando páginas con el correr de  las singladuras,  su interés y conformidad con las tesis del autor se iban acrecentando.

Quien suscribe, más amante de la ciencia que de lo esotérico, intervenía en las polémicas para rebatir las tesis sobre los hechos que el libro citaba como ocurridos en la zona, encontrando verosímil como justificación de los controvertidos acaecimientos de pérdidas de aviones y  buques los frecuentes “rifi rafes” entre Cuba y EE.UU. como consecuencia de la guerra fría, y los muchos “bajos” que unido a las apreciables descompensaciones magnéticas de la zona, con directas  repercusiones en el compás, eran los únicos causantes de tanto siniestro. Las polémicas de sobremesa que originaba el tema eran, a veces, origen de encendidas discusiones.

Navegando por el mar de los Sargazos y cuando faltaban pocos días para hacer la primea recalada en tierras antillanas, nos dirigíamos a San Juan de Puerto Rico que, según Berlitz, se sitúa en el cateto menor de su “triángulo”. Le pedí al primer oficial que me hiciese saber el momento en que nos estuviésemos en la zona, donde se suponía el índice de siniestralidad y fenómenos poco comunes que habían venido ocurriendo a lo largo de los años según el ingenioso autor.

Pasaron un par de días y mientras me encontraba gozando de una reparadora siesta suena el teléfono de mi camarote. Era la llamada del primer oficial para indicarme que, según los cálculos que acababa de concluir, llevaríamos navegando por el “tríángulo” unas dos horas, o lo que era igual, unas 32 millas dentro de la polémica zona.

Tras el aviso, salí a cubierta y tras comprobar que el tiempo era bueno, la visibilidad total y la navegación libre de otros barcos por la zona, me dispuse a bajar a la sala de máquinas, donde una vez comprobado que todo marchaba en orden, le indiqué al oficial de guardia que adoptase las medidas de control necesarias para parar máquinas y así se hizo.

Le advertí que en el momento que llamasen desde el puente preguntando por el motivo de la parada, contestase que no lo sabía y que lo estaba investigando. Con rapidez subí al puente con aspecto de adormilado y pregunté si por alguna causa habían mandado parar máquinas, a lo que contestaron negativamente y que acababan de preguntar al maquinista de guardia, quien les habían contestado que aún no conocía el origen del incidente.

Hice un gesto de extrañeza y simulando preocupación me dispuse a bajar con rapidez con objeto de averiguar, tratar de resolver y posteriormente informar tras conocer lo ocurrido. Cuando bajé a la sala de máquinas arranqué el motor principal y tras restablecer la velocidad de crucero y dejar todas las constantes y parámetros de nuevo a sus debidos valores, subí al puente para explicar lo sucedido.

El capitán, que se había despertado de la siesta como consecuencia de la parada del motor principal, ya se encontraba en el puente adoptando las medidas oportunas, aunque lo encontré tranquilo ya que el buque se encontraba a rumbo y al régimen establecido. Al ser preguntado por el bueno de Francisco Bilbeny sobre el origen de la parada, le contesté con aparente preocupación que no lo sabía y lo preocupante no era tanto mi desconocimiento, como el hecho en que se había producido el arranque del  motor principal, sin intervención alguna por parte de quienes en aquel momento nos encontrábamos en la sala de máquinas.

Mientras conversábamos sobre el “extraño” asunto, el capitán se encontraba apoyado sobre la mesa de derrota examinando con detalle la carta de navegación. De pronto, dio un brinco y con voz un tanto exaltada y nerviosa, me espetó:

– Juan, ¿sabes donde nos encontramos?

– No, Paco, le contesté.

-Pues estamos en pleno Triángulo de las Bermudas. ¿Y ahora, qué…?.

– ¡Pues no sabría qué decirte….¡, fue mi lacónica respuesta.

Fueron varios los días que tardé en desvelar la broma y varios los días también los que hube de soportar aquello de que “aquí pasa algo….”

-Aquí, capitán, lo que hay es un jefe un poco cabroncete, aclaró, no sin acierto, el oficial radiotelegrafista Abdías Lozano.

Así sucedió y así os lo cuento. Lo que no cuento ahora es que la venganza no se hizo esperar, pero eso lo escribiré otro día.

Foto: Archivo de F. Estrañí

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