De la mar y los barcosDestacado

Un viaje instructivo pero poco provechoso a Rumanía

Los avatares políticos de los últimos tiempos me traen a la memoria curiosas vivencias del pasado, que me recuerdan entre otras aquella del joven tercer maquinista sevillano, muy amigo de la lectura, que hizo alguna campaña en el buque “Coromoto”. Era frecuente verlo en cubierta fuera de sus horas de guardia tomando el sol y leyendo de forma monotemática las obras de Marx y Engels.  

El capitán José Luis Tomé Barrado, cuando paseando por la cubierta de botes pasaba junto al joven idealista, solía repetir con cierta sorna: “Chaval, hay que viajar más y leer menos; voy a proponer a la Compañía que te destine a uno de los barcos que pasan por Cuba, así conocerás mejor las bondades de ese sistema al que tanta afición pareces tener, sin necesidad de dañarte la vista bajo este intenso sol”. El tiempo me haría comprender lo que encerraban las irónicas palabras del experimentado capitán, que tanto incomodaban a José Luis.

A mediados de los años ochenta, Trasatlántica comienza a plantearse la posibilidad de renovar algunos de sus  buques de la serie “Galeona”; buques que según el criterio de muchos de los que tuvimos la suerte de navegar en ellos, fueron las mejores unidades de la Compañía durante muchos años, tanto por sus condiciones marineras como por sus bondades técnicas, entre las que destacaban aquel excelente motor principal Sulzer 6RD68 o el equipo de grúas Asea, que sin dar problemas de ningún tipo, trabajaban días y noches sin parar durante aquellas largas estadías en puerto durante cerca de veinte años.

A través de un bróker se localiza un buque de la serie Dnieper construido en astilleros ucranianos para la soviética Blasco y con objeto de conocer su condición y estado, la dirección de la empresa decide sea visitado, misión que se me encomienda. Se solicitan las correspondientes autorizaciones y permisos a través de un bróker y se organiza el viaje; el buque que se encontraba fondeado en el Mar Negro a pocas millas del puerto de Constanza. Rumanía aún se encontraba en la época de Ceaucescu. Tras Cuba, la Unión Soviética y Nicaragua, se trataba del cuarto país con régimen comunista que me tocaba conocer; Nicaragua también lo había visitado con anterioridad durante la época de los Somoza.

La primera etapa del viaje, Madrid-Bucarest, transcurrió dentro de la absoluta normalidad. Las “curiosas incidencias” empezarían en el vuelo doméstico Bucarest-Constanza. Mientras espero la salida del vuelo doméstico observo a través de la cristalera de la sala de espera cómo el avión de mi vuelo, así como algún otro del mismo tipo que se encontraban en pista y todos de fabricación soviética, tenían algo  curioso y para mí desconocido hasta entonces:  consistía en  cierta  asimetría de sus  motores.

Mientras el motor de estribor tenía el escape dirigido hacia atrás, el de babor lo hacía hacia su costado izquierdo; la intriga que aquello me produjo hizo que al ver pasar a una tripulación que se dirigía a pistas para ejercer sus funciones, me acercara a ellos para preguntarles a qué se debía aquella disposición para mí un tanto extraña. La respuesta fue rápida y clara: “Si observa cuando arranquemos ambos motores, comprobará usted que  giran en el mismo sentido, y con esta disposición queda  compensada la deriva que por esta causa se produciría, gracias al empuje lateral de  los gases de escape del motor de babor; esto  permite tener motores de repuesto de un solo giro y por tanto la mitad de los que se necesitarían en un país capitalista donde los motores giran en sentido contrario…”. El razonamiento me despejó de inmediato la duda.

Cuando accedo al interior del avión, me llama la atención el aspecto del pasaje y en general el ambiente en el interior que daba la sensación de haberme introducido en el túnel del tiempo y retrocedido treinta años. Como única decoración se podían ver  varias y salteadas fotos de Ceaucescu salpicadas por los mamparos. Los asientos de incómoda estructura tubular forradas de lona, parecían más bien tumbonas de playa. Cuando me dispongo a poner el cinturón de seguridad, observo que tanto el tramo del lado derecho como del izquierdo tienen iguales las piezas de cierre y no una macho y la otra hembra como es lo normal; ante la imposibilidad de cumplir con la norma de abrocharlo, requiero los servicios de la azafata, quién de inmediato acude a mis requerimientos. “No problem”, procediendo con rapidez a coger ambos lados del cinturón y anudármelo a la cintura: “Perdón, se está en espera de que toque el turno para que el avión pase su reconocimiento reglamentario y sea corregida la anormalidad…” comentó la avergonzada joven en rumano y con cierto rubor en su rostro; frase que de inmediato me tradujo al inglés el pasajero sentado a mi derecha, a la vez que con manos y brazos gesticulaba  criticando lo anormal de la situación, para a continuación acercarse y recordarme al oído que me encontraba en Rumanía.

A la llegada al aeropuerto se me acerca uno de los pocos y destartalados taxis Dacia. El taxista, al comprobar las pegatinas en la maleta, me pregunta por el país de mi procedencia, para con posterioridad y hasta llegar al hotel –una media hora– fui sometido más a un interrogatorio que a una conversación por parte del conductor. Como nada había que esconder y en evitación de posibles problemas le di todo tipo de detalles, tanto sobre mi filiación y nacionalidad, como del objeto de mi cometido en su país. Por la forma en cómo me abordó en el aeropuerto para ofrecerme sus servicios, entendí desde el principio que yo era su cliente objetivo.

Ya en la puerta del hotel, al preguntarle por el importe del servicio miró a ambos lados y con voz queda me preguntó si podía abonarle en moneda española, le contesté que lo único que llevaba eran dólares, la cara se le iluminó, más aún al recibir una propina de diez dólares; cantidad que sobrepasaba el importe del servicio. Me llevó la maleta hasta recepción y acercándose al oído del recepcionista le comentó algo; antes de marcharse se dirigió a mí para decirme a forma de despedida, que el hotel era muy bueno y que solía ser utilizado por miembros del Partido Comunista soviético en épocas de vacaciones de verano.

Se trataba de un edificio de más de veinte alturas, situado a orillas de una de las playas del Mar Negro. Las habitaciones se encontraban muy limpias pero sin más decoración que la clásica fotografía del presidente del país, en este caso junto a su mujer, símbolo al que empezaba a acostumbrarme por aparecer por todas partes. El pequeño balcón de la habitación ofrecía unas preciosas vistas en las que se podían apreciar un buen número de barcos fondeados.

A la hora de cenar me dirijo al comedor, la escasez de comensales lo hacían aún más grande de lo que en realidad era. Se acerca una de las camareras para atenderme y al solicitarle la carta, me responde señalando con el dedo hacia una pizarra donde aparecía el menú del día, consistente en una sopa vegetal como primer plato y una ración de pollo asado con patatas fritas como segundo, ración ésta que cuando me fue servida me llamó la atención por la escasez de pollo que se hacía invisible bajo una montaña de patatas fritas; al ver mi cara de extrañeza la camarera ante lo insuficiente de la ración, me aclaró que podría repetir pagando una pequeña cantidad adicional. Cerraba el menú una manzana. Todo tan  sano como  escaso; fueron pocos los obesos que me encontré durante mis días de visita al país.

A primera hora del día siguiente y con la intención de conseguir una lancha que me trasladara al buque, me dirijo hacia el edificio de Capitanía. Allí soy atendido por un militar a quién comunico el motivo de mi visita, señalando a un banco de madera me pide que espere y desaparece por un largo pasillo. Pasados más de diez minutos aparece de nuevo y sin emitir palabra alguna mediante un gesto, me pide que le acompañe.

Tras acceder a un amplio despacho encuentro a un militar con vistosos entorchados sentado tras una mesa de madera, al que traslado mis requerimientos, que me pide el pasaporte; tras comprobarlo hace un gesto afirmativo con la cabeza dándome a entender que estaba al tanto de mi visita. Acciona un pulsador que tenía en una de las patas de la mesa y de inmediato aparece un funcionario por una puerta situada tras él. Se trataba de otro militar de menor graduación quién, como viene viendo usual en el poco tiempo que llevo en el país, se agacha y acerca el oído a la boca del jefe; ambos intercambian unas palabras para mí tan ininteligibles  como inaudibles; posteriormente el funcionario jefe me comunica que el coste del servicio ascendía a 300 dólares que debía abonar en una ventanilla situada en el mismo despacho, y allí me comunicarían el lugar y la hora donde me esperaba el bote.

Me presento puntualmente en la lancha siendo recibido por el patrón y dos marineros que lo acompañaban; el patrón me pide si les puedo comprar antes de salir un tarro de perfume ruso –cuya marca y características escriben en un papel– como regalo con destino a sus respectivas esposas en un duty free para marinos,  situado en las cercanías de donde nos encontrábamos. Con un poco de lástima y cabreo por las prisas que tenía por llegar al buque objeto de la visita, accedo al requerimiento que  agradecen mucho tras regalarles junto a los perfumes  tres latas de chatka, adquiridas en el mismo lugar; de inmediato arrancan motores y salimos a toda velocidad para tras algo más de media hora encontrarnos al  costado del buque de la compañía estatal cubana Empresa de Navegación Mambisa.

Compruebo que la escala real se encontraba arriada y un marinero aguardando mi llegada en cubierta para acompañarme hasta el puente, donde el capitán me esperaba y me recibe con el agrado y hospitalidad que caracteriza a los cubanos; al entregarle mi tarjeta y comprobar mi primer apellido exclama con cierta gracia:

–Coño, hermano, un ancestro tuyo debió fundar la bella ciudad de Cárdenas, en mi Cuba natal…”.

El comisario político, presente también en el puente, hablaba poco pero se fijaba mucho en todo. Les expuse qué partes del buque me interesaba inspeccionar, entre las que se encontraban principalmente bodegas, cubierta y grúas, un par de tanques del doble fondo que les indiqué sobre el plano de disposición general para que si era posible fuesen abiertos para su aireado, sala de máquinas y su estado, situación del mantenimiento preventivo, certificados del buque y sus vigencias, trabajo que me hizo permanecer un par de días a bordo. El  capitán me ofreció el camarote del armador para que me quedase el tiempo que estimara necesario, ofrecimiento que acepté; con cierta sorna y aprovechando la ausencia del comisario cuando me acompañaba para mostrarme el alojamiento, comentó:

– “Cuidado, inspector, en esa cama ha dormido uno de los Castro…”.

– La Virgen…¡¡, contesté. Su carcajada, que fue bien grande, me hizo intuir que tendríamos un trato cordial durante mi estancia a bordo, como así fue. Al vernos solos le comenté que portaba un reloj Rolex de la misma marca del mío, pero con la notable diferencia, de que el mío era de acero mientras que el suyo era oro. Me permito la licencia de hacerle un comentario jocoso, al que con cierta sorna responde :

– “Coño, chico, no es lo mismo igualdad que igualatoriedad…”. Tras cerca de cuarenta años aún no sé qué significa el término igualatoriedad, aunque si me imagino que eso de que todos somos iguales también en Cuba es un término puramente institucional. Sabido es que los capitanes en el hermano y muy querido país gozan de un estatus especial equiparable a elevadas categorías de la nomenclatura.

Un par de días permanecí a bordo donde recibí todo tipo de atenciones y colaboración que me facilitaron el trabajo. El capitán me pidió que durante mi estancia procurase no hablar de política, especialmente cuando el comisario político estuviese delante, quién curiosamente fue el único que sacó el tema en una ocasión para preguntarme por Felipe González y su gestión; mi sincera y favorable respuesta le provocó la primera y única sonrisa que ví en su cara, creo que el fiel miembro del PCC no tenía claro que entre el socialismo español de entonces y el socialismo cubano había apreciables diferencias.

Finalizado mi trabajo y aprovechando que el capitán tenía que hacer unas gestiones en la embajada cubana le ofrecí una comida de despedida y agradecimiento en tierra. Me contestó afirmativamente, pero me sugirió que invitase también al omnipresente comisario, petición que acepte.

El restaurante, tras aclararme que era el mejor de la ciudad, fue elegido por el capitán. Se trataba de un barco pesquero reconvertido y en el que según tuve conocimiento, solamente era frecuentados por miembros del Politburó o con la correspondiente invitación o acreditación, que fue mi caso. Allí si había carta, pero al no entender lo que en ella se ofrecía por estar en rumano, pedí algo típico de la zona; me sirvieron  un plato en el que aparecían flotando en leche no sé si callos de cerdo o de ternera, la educación me obligó a probarlo. Con una amplia ración de tarta de manzana sacié el hambre que tras varios días tuve que sufrir a pesar de llevar una tarjeta Visa oro en la cartera.

Terminada mi misión y ya de regreso a España, al pasar el control de salida en la terminal de internacional en el aeropuerto de Bucarest, un policía al ver la cámara fotográfica me pide que se la deje un momento y tras revisarla visualmente, veo que la introduce en una especie de caja metálica y pulsa un pedal e hizo lo que me temí; al revelar el carrete fotográfico me encuentro que todas las fotos habían sido veladas.

A la vista de los resultados de la inspección se decidió que aquel buque no reunía por su estado lo que Trasatlántica necesitaba, aunque pasado poco tiempo se adquirió otro de la misma serie pero con mejor estado de mantenimiento y conservación. Las sensaciones recibidas durante aquella experiencia eran en cierto modo las mismas percibidas en algunas de mis estancias en Cuba durante mi época como jefe de máquinas, pero con una salvedad, en la Perla del Caribe se respiraba cierta alegría aunque las carencias eran grandes. Nunca olvidaré como una doctora de Sanidad que en ocasiones acudía a cumplir con el protocolo de despacho del buque, solía pedir cepillos de dientes usados, ella luego se encargaría de desinfectarlos previo a regalárselos a sus pacientes. Uno de los mejores regalos que se le podía hacer a un cubano era el de un bolígrafo BIC; para ellos era como para mí recibir una pluma Montblanc.

Con respecto a Nicaragua en pocos años pasaron de importar camiones y autocares Pegaso, a recibir autobuses viejos y fuera de uso regalados por el Ayuntamiento de Puerto Real en aquellos tiempos. También  recuerdo como resultaba curioso  en  época de Carlos Andrés Pérez como presidente de la República en Venezuela, era normal ver aparcado en la puerta de algunos ranchitos de La Guaira un Ford LTD; uno de los coches más lujosos de la época en EE.UU.

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo

 

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