La Palma, una Isla del Atlántico

Un reloj y un acordeón. Las tribulaciones del volcán infame

Valentín  “el majorero” se fue para Cuba muy joven. Iba a las vegas de tabaco y venía, compraba un trozo de  erial  y volvía a Cabaiguán. Trajo muchos útiles, en baúles de cedro,  del país de la modernidad de la época para la supervivencia en La Palma: bigornias para zapatería, berbiquíes de carpintería, balanza de dos platos con pesas del sistema británico; un reloj de bolsillo de Cuervo y Sobrinos… Y trajo otro reloj,  grande, con caja de madera noble, estilo victoriano, de puerta de cristal, de la fábrica alemana  Junghans que los produce desde 1861. Su campana sonaba cada media hora y en las horas completas.

Abuelo Conrado “Morales” nació en Cuba, en Sancti Spíritus,  porque su padre José María Pérez Morales  había salido de Velhoco  buscando la oportunidad de la fortuna que regresaría en “La Verdad”, “La Fama” o “El Triunfo”. Isabel, su esposa, también natural de la capital de la Isla marchó con José María y lo convenció, años más tarde, para  regresar a La Palma. Y vinieron y se establecieron en Las Manchas. No había habido volcanes en la Isla desde de 1712, cuando el volcán de El Charco y esa fecha nadie la recordaba ni en Cuba ni en La Palma.

Valentín Jerónimo “majorero” era mi abuelo paterno. Su apodo era familiar. Parece que su abuelo procedía de Fuerteventura o estuvo largo tiempo en aquella isla. Se fue a Cuba con diecisiete años junto a doce de sus trece hermanos, trajo algunas onzas de oro o de plata, construyó su casa en El Cantillo  y casó con mi abuela que nunca lo acompañó en sus arriesgados viajes de ida y vuelta. Tuvieron un hijo llamado Tomás, al que reclutaron para la Guerra Civil en 1937 y murió en ella con 23 años. Y dos hijos más, gemelos, que en los años de la emigración a Venezuela se jugaron a cara o cruz quién marchaba de los dos y quién se quedaba en Las Manchas con los terrenos de secano y con abuela. Había que emigrar porque en 1949 el volcán de Llano del Banco arrasó en El Cercado la mejor finca de los viajes de ida y vuelta de Valentín. Tío Susano se fue a Aroa, en el Estado Yaracuy.

Hizo pequeña  fortuna José María “Morales” en Cuba. Por razones que nunca logré conocer, se estableció en Las Manchas. Junto a la ermita con su esposa Isabel y sus hijas Máxima, Luisa, Plácida y Conrado, edificó viviendas a un lado y otro de la plaza, abrió un comercio de víveres, compró La Cerca, de viñedos, el café que luego se llamaría “el Americano” y llegó la crisis. Su hija Plácida regresó, ya casada con Alejandro, a Taguasco, tierra de caña y tabaco al norte de Sancti Spíritus.

La recesión por el efecto de la guerra de Cuba, la Primera Guerra Mundial y la Depresión que siguió al crack de 1929, afectó con dureza a las Islas Canarias, a La Palma y a este lugar de Las Manchas, de escasos recursos naturales, reducida pluviometría y vientos  adversos. Fue la ruina para José María Pérez Morales y su familia.

El reloj de Cuba que trajo mi abuelo Valentín Jerónimo era sonoro, elegante y delicado. Abuela lo colocó en un lugar en alto, bien sujeto y equilibrado. Era un reloj con prestancia: la acompañaba cada media hora con una campanada y en punto con las que correspondían, retumbando bajo las tejas francesas de la casa orientada de norte a sur. Las cuatro aguas del tejado simétrico de la casa de abuelo Valentín están soportadas por fascias, cabios, limatesas, cumbrera, pares y tirantes de tea, la madera más noble de los montes canarios.  Cada día, al ocaso, procedía abuela a rutina de las vueltas a la manilla para darle cuerda,  para  que nunca se detuviera el ritual.  Era un reloj de caja de madera noble, esculpida y barnizada, metales de aleaciones  precisas para que marcara las horas con exactitud.  Sus campanadas  eran envolventes y agradables. En aquel sonido mecánico, rutilante.. en  abuela  estaban  presentes las ausencias temporales de  mi abuelo Valentín en su itinerario cubano y su definitiva partida de 1959 hacia el Cielo. Ella se quedó sola con su prestante reloj hasta que en 1977 dejó de sonar porque su corazón dejó de palpitar.

Conrado Álvaro Pérez se casó con Lucila Hernández, hija de Perico “Mateo”, natural de El Paso, que a su vez se había casado con María de “Tamanca” perteneciente a una familia pudiente, originaria del Llano de Tamanca, descendiente,  según parece, del antiguo mencey  del cantón de Guehevey que dio nombre a la estirpe. Junto a la iglesia de San Nicolás, en una casa solariega de alto y bajo, que daba prestancia de rango, Pedro Hernández, “Perico Mateo” y María Hernández, la de “los Tamanca” vivieron  con sus dos  hijas  y sus cuatro  hijos. Dos de ellos marcharon pronto a Cuba: Celso, que nunca regresó y que de Cuba salió a Miami en 1960 y Chano que probó la irracional estancia en la prisión de Fyffes por las intransigentes normas de los vencedores.

El reloj dejó de dar las horas en la solitaria casa del Sitio cuando Saturnina, mi abuela, partió de este mundo con sereno semblante en 1977. Había nacido en la Cruz Chica, un pago entre La Laguna y Tajuya, de padre natural de Tazacorte y madre de La Laguna/Tajuya. La pérdida de su hijo mayor en la Guerra Civil; la destrucción en 1949  de la finca del Cercado, huertas, casa, bodega… de donde se extraía el principal sustento de alimentos para aquellos años de autarquía, más la partida hacia Venezuela de uno de sus gemelos, la sumieron en un profundo estado de  melancolía. El reloj de Cuba daba las horas y las medias horas con campanadas de estilo victoriano. Era su estímulo y su amuleto.

Conrado y Lucila vivieron en una casa adquirida por José María Morales en el límite noroeste del Llano del Corazoncillo. Tuvieron tres hijas y cinco hijos. Uno de ellos, Ignacio, murió con apenas dos años de edad por comer chochos o altramuces sin curtir, pues los convierte en venenosos.  

Abuela Lucila murió en 1939,  joven, con poco más de treinta años, de enfermedad pulmonar hereditaria. Abuelo Conrado era pescador y se pasaba semanas enteras residiendo en Puerto Naos buscando sustento para sus siete hijos e hijas. La casa familiar, al fallecer abuela Lucila, quedó a cargo del hermano mayor, el tío Fabio, que contaba sólo con 14 años de edad y que,  once años después, en 1950 embarcó junto a dos hermanos, Olegario y César y su primo Cirilo Leal a Venezuela en el “Nuevo Teide”, uno de los motoveleros clandestinos de la emigración canaria, el mayor de todos los que partieron a América.  La erupción del volcán de 1949 castigó muy duro las esperanzas de los jóvenes. Y se fueron. Dos años más tarde salió también hacia La Guaira tío Pedro. Ninguno de ellos consiguió venir alguna vez a La Palma, excepto tío César que en 1959 hizo parada en esta Isla cuando se dirigía a Estocolmo a una operación a corazón abierto que no superó. Tía Nelia, que también emigró, pudo venir en dos ocasiones a La Palma, en lo que se convirtió en el hecho familiar más feliz, más humano y fraterno.

El reloj de Cuba quedó en silencio varios meses, quizás un año o dos en la alacena sobre piso de tea de la casa de teja francesa que resistió las embestidas del volcán de San Juan cuando descendió por El Cantillo a escasos doscientos metros y que se resiste ahora, enterrada en arena y granzón en el lugar que inaugura el Llano del Corazoncillo por el este fatídico, a escasos 50 metros de la última colada que atravesó el llano en dirección a la Montaña de Cogote.

Abuelo Conrado era, como todos los abuelos, entrañable. Bajaba a Puerto Naos caminando por Las Salgadas, atravesaba las lavas del San Juan, Hoyo de Verdugo y se asomaba al risco por la Hoya de Los Judíos. La soledad lo acompañaba día a día con pesadumbre y añoranza: arriba estaban sus siete hijos pequeños, solos, al cuidado de tío Fabio, también un niño. No sé cómo ni cuándo comenzó abuelo a tocar el acordeón.

Dos símbolos y el final abrupto

En una tarde de viento de levante, cuando cogíamos los higos para secarlos al sol, nos refugiamos mamá y yo en la casa deshabitada de abuela Saturnina. Una corriente de aire me pareció que  movió el minúsculo martillo que atizaba a la pequeña campana que sonaba celestial, sublime. Bajamos el reloj cubano de la alacena y lo trasladamos a nuestra casa, junto a la Montaña de Cogote. Con mucho cuidado, con delicadeza y paciencia, le di cuerda, temblando de emoción por si aquella máquina centenaria fallaba. El puntero marcaba las doce en punto. Las doce campanadas y el péndulo se sincronizaron  al unísono y el recuerdo de abuela, la historia de los viajes de ida y vuelta a Cuba de su esposo Valentín, la nostalgia por la ausencia obligada de sus hijos retumbaron de nuevo, esta vez en la casa donde nací. El reloj permaneció intacto, funcional y estético hasta el pasado día 27 de noviembre en el que la maloliente lava de este volcán que destruye ilusiones y esperanzas lo llevó a las tinieblas. Su última campanada entre tanto ruido infernal, habrá retumbado con honor, el que no tiene este volcán de miseria y crueldad.  Abuela llora, seguro, arriba en las estrellas.  Y yo, también.

Abuelo Conrado subía desde Puerto Naos varias veces al año. Mamá le tenía siempre preparado un humilde cuarto en una casita separada, que en las particiones de hijuelas le había tocado al tío Olegario y que, por mediación de tía Efigenia, pudimos adquirir en los años ochenta con el pago de un millón de pesetas. El cuarto de abuelo, sólo él, de techo a dos aguas y gruesos muros de piedra fue  devorado en los primeros días por el volcán que nació sobre la Hoya de Tajogaite. La casa del reloj, su nueva morada desde el año 1977, fue agrietada por los terremotos, el calor de la lava y el peso de la arena y el granzón que expele este monstruo de marras. Pero aguantaba la casita… el reloj también. Y el acordeón de abuelo.

El acordeón era pequeño, alemán, de la marca Hohner y siempre estaba dispuesto para que nos deleitara abuelo con su música instrumental. Y siempre que subía de Puerto Naos lo tocaba.

No sé cómo llegó el acordeón a casa. Me imagino que fue un regalo que trajo tío César a su padre en su viaje fatídico a Estocolmo. Tampoco sé cómo aprendió abuelo a tocarlo ni recuerdo siquiera si lo tocaba bien y afinado. Cada año todas las familias de estos campos sedientos del sur preparaban la matazón del cochino. Era  fiesta también vecinal. Mi tía y sus hijas Mimi, Macu y Saro subían desde Las Goronas desde temprano. Nos mandaba mamá a llevar un trocito de “hila” a los vecinos que correspondían con carne fresca cuando les tocaba a ellos su fiesta. Y allí, siempre, sin faltar un solo año, abuelo se enganchaba las correas y hacía sonar el acordeón. Un lujo. Todavía no había luz eléctrica en Las Manchas, ni radio ni televisión. Los vecinos detenían su labor para escuchar el acordeón de abuelo Conrado.

El acordeón Hohner siempre estaba en su estuche negro, junto a la balanza de pesas que servía para dispensar los higos pasados a las personas que venían a comprarlos. En los “trozos” comprados con el esfuerzo de las vegas de tabaco, había 36 higueras blancas. Y los higos pasados se prensaban en cajas de tea en el pequeño almacén que llamábamos despensa. Allí también estaba siempre el estuche negro del acordeón que esperaba a abuelo cuando venía desde Puerto Naos. Era una especie de reliquia musical, un instrumento mítico para la familia, de absoluto respeto. Cuando abuelo falleció en 1977 aprendimos a tocarla un poco. Y nos acordábamos de nuestro abuelo pescador, siempre. Sus últimas notas musicales sonaron el 26 de noviembre, seguro, bajo el manto tenebroso de las escorias fétidas de este engendro que nos arruina el presente y el porvenir. Nadie oyó la última música que salió de su fuelle ardiente, de su diapasón y de sus dos cajas de madera. Quizás abuelo, sí.

El reloj  perdió la energía, el sonido, el tren de engranajes, la  esfera y las agujas. El acordeón de piano se dejó sus teclas y el brillo de su caja gris debajo del destructor volcán. La casa donde nací desapareció con el reloj y el acordeón.  Infamia pura.

Fotos: cedidas por el autor

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2 Comentarios

  1. Pedro Pérez González
    13 diciembre, 2021 at 10:14 pm — Responder

    Mi estimado Primitivo: Estremecedor, tierno y precioso tu escrito- Has conseguido rescatar para la posteridad la memoria y el recuerdo de tu familia, de aquellos lugares de tu infancia y juventud, de aquellos que lucharon contra el tiempo, contra la injusticia, contra un tiempo malo que ahora ha vuelto.
    Ahora sé porque amas el punto cubano. Ahora te imagino en tus viajes a Cuba y Venezuela Escudriñando rincones en busca de la huella de aquellos valientes que dejaron atrás casa, familia, amor, para lograr una vida mejor.
    Es infame y ruin este volcán-, pero tus palabras y tu recuerdo mantienen el sonido del acordeón y la campanada solemne del viejo reloj. Un abrazo fuerte, amigo.

  2. Primitivo Jerónimo
    14 diciembre, 2021 at 8:51 am — Responder

    Gracias, amigo Pedro. Da cierto rubor escribir sobre hechos relacionados con uno mismo cuando parece que aporto datos poco trascendentes. Y no es falsa modestia. Por eso te agradezco que lo hayas leído y me hayas dedicado parte de tu tiempo. Un abrazo grande.

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