De la mar y los barcos

Un grato reencuentro con el profesor don José Melón López

El recuerdo de aquellos felices años de estudiante de Náutica en la Escuela Oficial de La Coruña me traen a la memoria multitud de anécdotas, vivencias y personas, que con la perspectiva de los años evocan inevitables saudades. Tuve el privilegio, junto a otros compañeros, de cursar la primera etapa de la carrera en la Universidad Laboral “Crucero Baleares”, excepcional centro de la capital coruñesa en el que junto a otros repartidos por el resto de la geografía española nos formarnos muchos jóvenes españoles, sin más límites en los estudios que los fijados por cada uno a través del esfuerzo y la capacidad.

Aquella promoción la integrábamos torneros, fresadores, ajustadores e instaladores eléctricos, entre otras especialidades. Aunque por lógicas razones nos inclinamos hacia la sección de máquinas, quienes habían cursado el bachiller laboral eran más proclives a decidirse por la especialidad de puente.

Los antecedentes en formación profesional nos facilitaba ciertas ventajas  en algunas asignaturas de la carrera, como era el caso de dibujo, tecnología mecánica, taller, electricidad y alguna otra. Los estudios de la carrera los realizábamos totalmente en la Universidad Laboral, donde gozábamos de un excelente profesorado y excepcionales instalaciones y talleres. Los exámenes finales se realizaban en la Escuela de Náutica con las desventajas lógicas que cualquier alumno tiene al realizar estudios en régimen libre.

Hubo algún caso protagonizado por un tristemente célebre profesor de la Escuela, que según se comentó en su momento, en represalia por no haber sido fichado como profesor en la Universidad Laboral, al ser rechazado por el claustro de profesores, nos suspendió a todo el grupo en la convocatoria de junio; circunstancia que forzó el traslado de la matrícula de todo el grupo a la Escuela Oficial de Náutica de Santurce para la convocatoria de septiembre. Fueron varios los sobresalientes y notables obtenidos allí y nadie suspendió la asignatura en el centro vasco. En fin.

Un caso reseñable especialmente para mi fue aquel que encontrándome en segundo de carrera nos toca pasar el examen de taller. El profesor, que conocía nuestros orígenes y formación en su asignatura, nos dio la opción de elegir como prueba de examen entre tres alternativas: torno, ajuste o soldadura. A la vista del ofrecimiento, algunos optamos por lo que vimos como opción mas rápida y fácil debido a que, inmediatamente finalizado el examen, debíamos dirigirnos a la estación de Renfe para tomar el tren que nos llevaría a disfrutar unos días de vacaciones familiares, antes de comenzar el periodo de prácticas tras la obtención del título de alumno de máquinas.

Finalizada la prueba de soldadura la entregamos al profesor, quien un tanto sorprendido nos comenta que a la vista de lo fácil que nos había resultado el ejercicio y la rapidez en su ejecución, debíamos realizar también la prueba de torno, observación que nos deja un tanto frustrados a los tres compañeros afectados; lo cierto es que el profesor Melón López no pensó que una prueba de examen para la que había calculado una hora de ejecución, estuviese lista en apenas quince minutos.

Un tanto indignados los tres afectados por la decisión del profesor, nos dirigimos hacia las máquinas herramientas con los correspondientes tochos de acero entregados por el almacenero, para  darle forma según cotas indicadas en el croquis recibido de manos del señor Melón López. Una vez afianzada la pieza en el cabezal de torno, nos miramos los tres compañeros con cierta complicidad y “uno” de ellos muestra cómo ha clavado fuertemente la cuchilla que debería dar forma a la pieza, en lo que aún era un tocho cilíndrico.

Cuando el saboteador comprueba que el profesor no lo observa, acciona la palanca de arranque de la máquina produciendo la consiguiente sobrecarga eléctrica en el motor, lo que provocó el inmediato accionamiento del correspondiente relé de protección, quedando al mismo tiempo todos los equipos de taller sin suministro eléctrico.

-¡Aquí hay un electricista…¡, grita uno de los compañeros de examen en la penumbra mientras me señala con el dedo.

El profesor, de inmediato, se dirige al “electricista” señalado.

-¿Puedes hacer algo….?

-Veamos…, comento mientras sigo al profesor que se dirige hacia su despacho, lugar en el que se encuentra el amplio cuadro eléctrico.

Con la ayuda de una linterna recibida por el profesor, y mientras éste trata de poner un poco de orden entre los descontrolados compañeros que habían montado una fiesta aprovechando la oscuridad del taller, hago un poco de teatro con fingidas comprobaciones, para pasados unos minutos rearmar el correspondiente magnetotémico protector; se escucha un fuerte aplauso  emitido por los cómplices compañeros de examen, al que también se une instintivamente el agradecido profesor.

– Chaval, puedes marcharte, ya has cumplido…

Fue la respuesta en señal de agradecimiento por parte del bueno del señor Melón López, tras comentarle que el “black out” podría haber sido debido a un problema intermitente en un contactor de algunos de los tornos al quedar el motor en dos fases. Tras efectuar diversas pruebas arrancando y parándolos varias veces los tres tornos sin novedad, recomiendo que en caso de repetirse el incidente deberían inspeccionarse los contactores sospechosos de producir la falla. Me quito el buzo, me lavo las manos y salgo apresuradamente del taller, pues en media hora salía el tren. Un notable en taller, quiero recordar, fue la nota recibida por el “electricista” en segundo de carrera.

Grupo de alumnos en prácticas en la Universidad Laboral de La Coruña
El grupo de alumnos de máquinas en segundo año de carrera en la Escuela de La Coruña

Pasado  el tiempo acabo como oficial de Maquinas en Compañía Trasatlántica Española, y es ya dentro de la centenaria compañía cuando tengo conocimiento que don José Melón López compatibiliza su puesto de profesor de la asignatura de Taller en la Escuela de Náutica de La Coruña, con la de inspector de máquinas de los trasatlánticos “Begoña” y “Montserrat”, de la citada compañía, a los que llamaban “turbonaves”, para hacer mención y resaltar a su condición de buques de turbinas de vapor.

Mis destinos durante el tiempo que navegué en Trasatlántica siempre se desempeñaron en buques de motor diésel que cubrían líneas que no solían hacer escalas en La Coruña, hecho éste que no me facilitó el reencuentro con el señor Melón hasta pasados unos años. Cuando se vendieron los buques citados, el inspector que los atendía se encontraba en edad cercana a la  jubilación y opta, quizás por razones  de añoranza hacia la profesión, despedirse de la vida laboral navegando.

En aquella época, yo  me encontraba ejerciendo como jefe de máquinas en el buque “Merced” y estando cumplido de embarque y merecedor de vacaciones y con muchas ganas de retornar a casa para disfrutar de nuestra primera hija, que había nacido hacía unos meses mientras cumplía la campaña. Cumplido los diez meses, el departamento de personal me comunica vía telegrama que a la llegada a Cádiz tendré relevo, noticia que recibo con la consiguiente alegría.

Efectivamente, en Cádiz recibo el puntual relevo llevándome una gratísima sorpresa al comprobar que es el señor Melón López quién viene a cubrir mi periodo de vacaciones por espacio de unos dos meses, tiempo suficiente para cumplir con el deseo de jubilarse navegando tras largos años de vida profesional. Era la primera vez que volvíamos a coincidir tras aquel accidentado examen. Cuando nos vimos me recordó de inmediato, relacionándome perfectamente con la anécdota de la caída del cuadro, así como la colaboración prestada en la resolución del incidente.

– Aunque tengo escuchado algo sobre ti entre compañeros, nunca te relacioné con aquél día hasta que nos hemos visto.

Lo invité a comer en tierra antes de marcharme a casa, sobre todo y consciente de que su trayectoria profesional la mayor parte del tiempo se había desarrollado en buques de vapor, con intención de tranquilizarlo informándole del buen estado de la máquina principal y resto de los equipos, encontrándose al día todos los programas de mantenimiento y ningún problema conocido, y a esto unir la excelente tripulación de máquinas que quedaba a bordo y que afortunadamente no había conocido ningún caso de  “black out” durante mi estancia a bordo.

En el transcurso de la agradable sobremesa compartida con quien para mí era un ejemplo de profesionalidad y experiencia, aproveché el relajante momento de las copas para relatarle con detalles aquél examen de taller.

– ¡Que carallo… menos mal que me lo cuentas ahora y no me enteré en su momento, de haber sido así igual ahora no habría empezado este viaje con tanta tranquilidad…!

Preciosas palabras recibidas de un maestro y excelente persona que nunca olvidaré. Pasados dos meses le hice el relevo en Cádiz tras cumplir con su deseo que, según me informó, el viaje lo realizó sin novedad alguna pero con la nostalgia de saber que sería el último como profesional previo a la jubilación.

El otro viaje, el último y definitivo, tardaría afortunadamente muchos años en realizarlo, no sin antes ofrecer sus sólidos conocimientos como experto naval en misiones de países en desarrollo patrocinados por el Gobierno español, como fue el caso de programas desarrollados en Costa Rica, país sobradamente conocido y añorado por muchos marinos españoles y más concretamente por muchos de Compañía Trasatlántica, entre los que se encontraba él.

Así sucedió y así os lo cuento.

Fotos: familia Melón Espido y Juan Cárdenas Soriano

(*) Jefe de Máquinas de la Marina Mercante española 

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