De la mar y los barcosDestacado

Un debut accidentado a bordo del buque “Merced”

A medida que pasan los años hay recuerdos de momentos vividos en la mar que se van difuminando e incluso olvidando. Por el contrario, hay otros que quedan en la memoria para siempre. No tengo claro si fueron las circunstancias en cómo se produjeron, el momento en qué ocurrieron o los protagonistas con quienes los compartí , o quizás todo a la vez, los factores que los convierten en imborrables.

Una de las vivencias nítidamente recordada fue aquella que comenzó el 22 de agosto de 1975 en Cádiz con motivo de mi primer embarque como jefe de máquinas en el buque “Merced”, un  barco que conocía perfectamente pues había realizado con anterioridad alguna campaña de oficial. Como es normal en estos casos y siguiendo la rutina de un relevo, junto al jefe de máquinas saliente comenzamos revisando y poniéndome al corriente sobre la situación y estado de los certificados y documentos que afectaban al departamento, para posteriormente pasar a comentar sobre el estado de la máquina y sus componentes; llegados a este punto que, por razones lógicas era el más importante para mí, se me comunica casi de soslayo que uno de los tres alternadores de la planta eléctrica había sufrido avería y se encontraba fuera de servicio.

Cuando recibo la fatídica información y sabiendo que entre otra carga, en los entrepuentes frigoríficos, el buque transportaba 250 toneladas de langostinos congelados proveniente de Centroamérica con destino a Trieste,  no pude  evitar sorprenderme ante  tan grave incidencia y le comunico al compañero saliente si en las oficinas centrales de la Compañía tienen conocimiento de la situación,  respondiéndome que la avería se había producido durante la maniobra de llegada y que aún no había tenido ocasión de hacerlo. De inmediato y por vía telefónica se comunica la delicada situación a Madrid; desde la  dirección se nos dice que la carga congelada debe llegar en la fecha comprometida al puerto de destino, motivo por el cual no se debería demorar el buque por la reparación del generador dañado o cualquier otro motivo y que, por tanto, deberíamos salir sin un alternador y en Italia se nos prestaría el correspondiente auxilio; de esta forma las responsabilidad de la decisión y sus posibles consecuencias se asumían desde las oficinas centrales y se nos deseaba suerte…

La suerte es para la lotería o el matrimonio, pero en el mundo de la técnica dos por dos son cuatro y los milagros o la mala suerte no existe; siempre un desenlace tiene su origen, otra cosa es que se conozca. Este buque y su gemelo “Camino” arrastraban un gravísimo error de diseño en su equipo de electrobombas debido, es posible, a que el proyectista correspondiente un tanto conservador y posiblemente con más conocimientos en mecánica de fluidos que de electricidad, diseñó unos grupos cuyo motor eléctrico era de una potencia sustancialmente mayor que la que entregaban las bombas en forma de presión y volumen, o lo que es lo mismo, los motores eléctricos estaban sobredimensionados, anomalía esta que ocasionaba una elevado valor de la energía reactiva en la planta eléctrica del buque, con las graves consecuencias de sobrecargas para los generadores. Este y no otro era origen de las anormales averías en los alternadores de ambos buques que no se producían en otras unidades de la flota. Hubo quien tardó en conocer esta circunstancia a la que nunca se le puso la correspondiente solución técnica, que pasaba por la corrección del factor de potencia que nunca subió de 0,6. Hasta la venta de ambos buques, la avería de alternadores se produjo en alguna ocasión más por la misma causa; el riesgo aumentaba cuando los compresores frigoríficos de las bodegas de carga y de la planta de aire acondicionado se encontraban en marcha simultáneamente.

Conociendo los riesgos que entrañaba continuar viaje en aquellas condiciones, hablo con el capitán y lo pongo al corriente de lo crítico de la situación. Ambos optamos por colaborar con la dirección y soslayar de esta forma las posibles penalizaciones que por demoras en la entrega de la carga pudiesen producirse. 

Tras varias singladuras y una vez pasado el Estrecho de Mesina y teniendo al través Reggio Calabria, cae el segundo alternador. La situación se nos complica, aunque afortunadamente el tiempo era bueno en la zona. La enorme ayuda que me prestó el capitán Francisco Bilbeny en forma de tranquilidad y apoyo moral creo que fue el factor determinante que me ayudó a buscar soluciones y salir del trance. En primer lugar, y ante una carta de navegación en la derrota, me mostró los varios puertos cercanos para efectuar la correspondiente recalada si ello se hacía necesario, recordándome al mismo tiempo que la posible responsabilidad de la aventura, aunque los peligros ciertamente los corríamos nosotros, había sido asumida por Madrid desde el principio.

– Juan, haz todo lo que puedas, no te preocupes, cuentas con todo mi apoyo y con todo lo que necesites, el tiempo afortunadamente es bueno y la navegación está clara. Tómate el tiempo que necesites…, fueron sus palabras. 

Han pasado más de cuarenta años y aquellas palabras de confianza y ayuda para quien acababa de debutar como jefe de máquinas, no se me han olvidado. Aquel importantísimo apoyo recibido por parte del capitán Bilbeny en una situación tan complicada, como le he recordado en alguna ocasión, fue decisivo para que saliésemos del grave trance al transmitirme el sosiego necesario, que permitió dedicarme con cierta tranquilidad a estudiar y optar por las soluciones más adecuadas para salvar la crítica situación, entre las que se encontraba como prioritaria evitar la rotura de la cadena de frio de la carga frigorífica.

Para ello y  mediante unas líneas eléctricas provisionales se conectaron directamente los compresores frigoríficos al grupo de emergencia, al mismo tiempo se eliminaron todas las cargas eléctricas secundarias y no imprescindibles, como fueron cocina, aire acondicionado, alumbrado e incluso, dada la buena visibilidad reinante, se prescindió del  radar, así como de las luces de navegación, cuyas faroleras eléctricas fueron sustituidas por las de petróleo quedando reservado el único  alternador en servicio para los equipos imprescindibles del motor principal. Hasta la llegada al puerto de destino estuvimos comiendo a base de bocadillos, panecillos que se elaboraban en el pequeño horno de repostería y cuyo tiempo de funcionamiento también era controlado. Aún así, el alternador superviviente se encontraba al límite de sus posibilidades.

Llegamos a Trieste con la carga frigorífica intacta y fuimos recibidos por un inspector desplazado desde Madrid, quien nos daría las gracias en nombre de la dirección por la accidentada colaboración. Un alternador fue reparado en el puerto italiano y otro enviado por carretera a Barcelona donde lo recibiríamos reparado a la llegada.  Se dio la circunstancia de que tanto el capitán como yo, así como algún otro tripulante, fuimos acompañados a viaje por nuestras respectivas parejas, en mi caso llevábamos unos meses casados; en todo momento procuramos no trasmitirles intranquilidad alguna durante aquellos interminables  días, aunque creo que eran bastante conscientes de lo delicado de la situación y más bien fueron ellas las que nos aportaron en todo momento tranquilidad y el necesario sosiego, quizá convencidas por fuerzas del amor, de nuestras capacidades para resolver la situación.

La vida está llena de caprichos y curiosas circunstancias. Si este fue mi primer viaje como jefe de máquinas, pasados los años, llegó el último que tampoco estuvo falto de riesgos e incluso peligros en el buque portacontenedores “Guadalupe I”. Los hechos transcurrieron en pleno invierno en el Atlántico Norte, pero esa es otra historia.

Un fuerte abrazo para el bueno de Paco Bilbeny, quien a caballo, entre Medina Sidonia y Cádiz, – nunca mejor dicho lo de caballo- disfruta junto a Kiki de una merecida y plácida jubilación, tras un largo ejercicio profesional como capitán en la flota de Trasatlántica y posteriormente como práctico en el puerto de Cádiz lejos de su tierra catalana. Creo que fue él en aquel mi primer viaje como jefe de máquinas, quien me enseñara lo necesario y vital del trabajo en equipo.

Así sucedió y así os lo cuento.

Francisco Bilbeny y Juan Cárdenas, una amistad forjada al calor de Trasatlántica
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El capitán Bilbeny comparte parte de su tiempo con su pasión por los caballos
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El capitán Bilbeny tiene una gran vocación por el mundo de los caballos
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(*) Jefe de máquinas de la Marina Mercante española

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