De la mar y los barcosDestacado

Pic-nic náutico en Corinto

En 1981 estaba yo al mando del buque Roncesvalles, propiedad de la Compañía Trasatlántica Española y al iniciar viaje cargamos en el puerto de Savona, Italia, unas 1.500 toneladas de arroz que donaba la Comunidad Económica Europea al pueblo de Nicaragua, a descargar en el puerto de Corinto. Luego, en el puerto de Barcelona se cargaron, además de otras mercancías, 18 chasis de camiones Pegaso donados por el Gobierno español al de Nicaragua para servir como ambulancias. 

Antes de escalar en Corinto el delegado de la Compañía Trasatlántica en Latinoamérica me comunicó que debía preparar un almuerzo para los embajadores de España e Italia y también para la entonces ministra de Cultura de Nicaragua, Violeta Chamorro y su séquito, quienes vendrían a recibir los donativos. Le rogué al delegado que les advirtiera que era un barco de carga y el máximo de personas que podíamos atender adecuadamente era de treinta. A la llegada, el consignatario me informó que en el puerto se habían hecho algunas mejoras e innovaciones en muelles así como un edificio con nuevas oficinas, en las cuales se les ofrecería un aperitivo a dicha Comisión, antes del almuerzo a bordo. 

En este punto he de aclarar que el embajador de España era Pedro de Arístegui, con quién hacia mucho habíamos entablado una sincera y afectiva amistad al coincidir él en su primer destino diplomático como secretario de Embajada en Caracas, con mis inicios como capitán en Trasatlántica al mando del buque Montserrat, al principio de la década de los sesenta del siglo pasado, que hacía escala regular en La  Guaira y cuando el barco pernoctaba allí, era costumbre de la Compañía ofrecer cenas informales y amistosas a bordo, a las cuales se invitaba al personal diplomático de la Embajada y Consulado, a las que por supuesto acudía el irunés señor Arístegui, siendo él y yo los más jóvenes del grupo, por lo que simpatizamos enseguida. Dichas veladas resultaban muy amenas y divertidas, contándose anécdotas de lo más dispar. En muchos años, solo nos vimos otra vez en Puerto Rico donde él estaba de cónsul adjunto, en una escala que hice en otro buque de la compañía. 

El embajador Arístegui y Violeta Charromo. En medio, el capitán Jaume
El embajador Arístegui y Violeta Charromo. En medio, el capitán Jaume
Estampa marinera del buque “Roncesvalles”
Estampa marinera del buque “Roncesvalles”

Cuando la comitiva pasó por delante del barco descubrí a Pedro de Arístegui y bajé rápidamente a saludarle; después de unos calurosos abrazos que constataban que la amistad y el afecto subsistían y dado el calor tropical sin pizca de brisa, me pidió una cerveza fría, por lo que, una vez en mi despacho con aire acondicionado, nos contamos los avatares de nuestras vidas, y hablando, hablando, nos olvidamos de la comitiva, cuyos componentes al saber que el  embajador de España estaba a bordo del buque español subieron, auto invitándose al almuerzo e interrumpiendo nuestra charla, incluso se olvidaron del aperitivo en las oficinas del puerto.  Debo señalar como cosa curiosa que el séquito de la señora Chamorro portaba armas de forma harto ostensible durante toda la jornada… 

Como eran unas cien personas o mas, hablamos con la señora Chamorro para tratar de reducir el número de invitados, aunque con poco éxito. Llamé al cocinero Aguirremota, un vasco de la ría de Bilbao, y al ver que el contingente se había multiplicado por tres me pidió que le diera una hora más y tendría comida para todos, lo que cumplió contando solo con su ayudante y el camarero de oficiales.

Para entretener la espera les enseñamos las dependencias del barco, especialmente el puente, la brújula giroscópica, el piloto automático, radar, sistema de navegación por satélite (anterior al GPS actual), los medios de carga y descarga, etc. A pesar de todos los inconvenientes salimos airosos de la prueba, sirviendo entre el señor Arístegui, los oficiales y yo, los platos de paella que iban pasando el cocinero y su ayudante, pinchos de tortilla, medallones de merluza, jamón y otros embutidos, resultando un magnífico y divertido picnic náutico, todos encantados, donde se apreciaba el gran prestigio del embajador de España en aquel país. 

Cuando se hubo descargado las 1.500 toneladas de arroz y los 18 camiones me enteré de que estaba también el ministro de Transportes del país y se produjo la anécdota de que el señor Arístegui le desafió a conducir uno de aquellos vehículos para demostrar su eficiencia como ministro del ramo, lo cual hizo el aludido con gran diversión de los que íbamos en la plataforma, de pie. Después de algunas sacudidas, el señor embajador le dio su plácet acompañado de aplauso general. 

Después de esta intensa jornada no volvimos a vernos, y años después supe de su triste fallecimiento, el 16 de abril de 1989 cuando un proyectil sirio cayó sobre el comedor de nuestra Embajada  en Beirut, donde hubo 18 muertos, algunos de ellos familiares del embajador, y 120 heridos, según relató El País dos días después. La noticia me sorprendió ya jubilado, causándome una gran pena. Más tarde supe que la ciudad de Irún le dedicó una plaza a tan ilustre vecino.

(*) Capitán de la Marina Mercante

Fotos: Archivo del capitán Rafael Jaume Romaguera y Juan Carlos Díaz Lorenzo

 

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