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Pepe “el Furia” y la Marcha Verde

Han pasado varios años desde que nos dejara para siempre uno de los más entrañables amigos y compañeros que tuve la suerte de conocer y disfrutar, a lo largo de los más de veinte años de permanencia en Compañía Trasatlántica. Se llamaba José Lloréns y le conocíamos cariñosamente como Pepe “el Furia”.

Allá por el año 1970, siguiendo instrucciones de las oficinas centrales de la Compañía, me persono a bordo del buque “Satrústegui” atracado en el puerto de Barcelona para iniciar las “prácticas de motor”. Curiosamente acababa de desembarcar del “Antonio de Satrústegui” unos días antes en el puerto de Bilbao, tras finalizar las “prácticas de vapor”.

El apellido Satrústegui siempre estuvo muy vinculado a la Marina mercante española desde que en 1849, un siglo antes de mi nacimiento, fuese fundada en Cuba por  don Antonio López, junto a su pariente Patricio de Satrústegui, la Compañía de Vapores Antonio López, germen de lo que más adelante sería la Compañía Trasatlántica; pero esto lo dejo para los historiadores y expertos en este tema, que los hay y muy buenos, y vuelvo a lo que me ocupa en esta oportunidad:  mis vivencias con Pepe “el Furia”.

Cuando con la libreta de  navegación en mano me persono a bordo del “Satrústegui” para proceder a embarcar como alumno de máquinas, fui atendido por un agregado de impoluto uniforme blanco y un solo y pequeño galón en las palas. Sentado en una mesa del salón de primera clase, ayudaba al sobrecargo en su tarea de recepción a bordo de pasajeros y tripulantes y Pepe se ocupaba de los segundos.

Desde aquel momento de mi primer embarque en un buque de “la Compañía” y hasta que me despedí de ella, fueron muchos los años y los buques y relaciones que compartimos y más las vivencias, anécdotas e historias que forjaron una entrañable amistad.

Las bromas siempre fueron el factor común de nuestras relaciones; algunas de ellas, vistas con la perspectiva de los años, rayanas en “putadas”; eso sí, encajadas siempre con deportividad y buen humor por ambas partes. De alguna forma podrían ser un escape para hacer más llevaderas aquellas larguísimas campañas de diez meses alejados de los nuestros que tanto añorábamos. Pero vayamos al grano. Fue a bordo del buque “Belén” donde sucedió lo que me dispongo a contaros.

En 1975, tanto Pepe como yo nos encontrábamos formando parte de la tripulación del buque “Belén”, que cubría la línea desde el Mediterráneo a los países ribereños del Caribe incluidas las Antillas. El viaje se desarrollaba sin novedad, hasta que al comenzar el retorno desde Puerto Plata (República Dominicana), puerto en el que habíamos cargado 400 toneladas de tabaco con destino a Casablanca, empezamos a recibir noticias por onda corta de RNE de que Franco se encontraba en situación terminal y que nuestro “amigo” Hasán II se disponía a invadir el Sahara español mediante una marcha pacífica.

Nuestra preocupación  día a día iba “in crescendo” a medida  que se recibían noticias, tanto del estado de salud del “invicto”, por lo que vendría tras su fallecimiento, como del problema provocado por Hasán, que iba en aumento según teníamos ocasión de comprobar a medida que escuchábamos las noticias con  las resoluciones que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en evitación del conflicto: 377, 378, 379, 380… dictaba casi a diario en evitación de un choque armado.

La labor del capitán Francisco Bilbeny, con su medida prudencia y controlada acción, fue decisiva para el control de los ánimos de la tripulación; ya que, como he comentado, nuestro próximo puerto de escala era un puerto marroquí y el momento era muy tenso.

Aunque el contacto vía radio con las oficinas centrales de la Compañía eran diarios con objeto de recabar información sobre la situación, no era mucha la implicación y ayuda que sobre nuestra situación veíamos. La fecha de llagada de acercaba y el 6 de noviembre nos encontrábamos a un día del puerto de llegada. El capitán intentaba ponerse en contacto, sin fortuna, con el cónsul español en Casablanca, Marcelo Fraga, quien posteriormente supimos lo había pasado muy mal, hasta el punto de tener que proteger el consulado con sacos terreros.

Por fin, el día 7 recibimos instrucciones de Madrid para que fondeáramos a la llegada y esperar acontecimientos e instrucciones. Así se hizo y mientras veíamos las noticias en la televisión marroquí, aparece el rey Hasán y con gran alegría por su parte para comunicar a su pueblo que “todo está resuelto tras un acuerdo con el hermano pueblo español…”. Al parecer nos acabábamos de bajar los pantalones en evitación de males mayores. La alegría y tranquilidad nos invadió a todos por el lado que nos tocaba, y la pena y decepción por lógicas razones.

Al día siguiente atracamos en el puerto de Casablanca y tuvimos que soportar los abrazos y congratulaciones de las autoridades que despacharon el buque, que de forma tan peculiar y poco sincera nos decían: “amigos españoles, todo se ha arreglado pacíficamente…”.

Pasadas unas horas del atraque, se personan a bordo dos jóvenes marroquíes, cada uno portando sendos baldes repletos de percebes, que ya eran conocidos de otras veces y que sabían perfectamente las debilidades gastronómicas de los españoles a los que “tanto gustaban aquellos bichos tan feos…”. 

Fue Pepe “el Furia” el encargado de formalizar la transacción o trueque con los borrachines mariscadores: una botella de “Fundador” por cada balde y así se hizo. El problema que siempre tenían los dos jóvenes marroquíes radicaba  en la imposibilidad de sacar alcohol del buque debido a los controles aduaneros; problema que resolvían “llevándoselo puesto”, de modo que la tajada también en esta ocasión fue memorable.

Circunstancia aprovechada por Pepe “el Furia”, que se encontraba especialmente afectado por la pérdida del Sahara, para regalarles una bandera de España a nuestros beodos suministradores, que tras obsequiarles una botella más, consciente de la inconsciencia que les provocaba la borrachera, les pidió que se unieran a los miembros de la Marcha Verde que en su viaje de retorno pasaban ese día por la ciudad de Casablanca.

A primera hora del día siguiente se personaron a bordo dos miembros de la Gendarmería marroquí, con uno de los muchachos esposados y algún síntoma en la cara de haber sido tratado sin mucha consideración. Preguntado el capitán quién les había proporcionado la bandera, éste dijo que lo desconocía, cosa que por otro lado era cierto y comentó que “posiblemente había sido sustraída del buque”.

El cabreo de los gendarmes marroquíes fue mayúsculo y ante la imposibilidad de aclarar el hecho, multaron al buque con 400 dólares, poniendo en la denuncia como motivo el hecho de que el bandera marroquí que lucía el «Belén» se encontraba un poco deshilachada y sucia por el humo de la chimenea, culpa esto último, posiblemente, de quien suscribe por quizás no tener debidamente regulada la proporción aire/combustible en alguno de los motores.

El capitán Bilbeny, cuando ya habíamos dejado al práctico a la salida de Casablanca, comentaba con la sorna que le caracteriza, que las 400 toneladas de tabaco que acabábamos de dejar se las fumarían plácidamente en sus marguiles nuestros “amigos” marroquíes, mientras comentarían con festejo su patriótica y efectiva ocupación…

“El Furia” permaneció escondido en el pañol de aceites de la sala de máquinas todo el tiempo que duró la investigación de los gendarmes marroquíes, para no ser identificado por el perjudicado.

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: vía Juan Cárdenas Soriano

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