De la mar y los barcosDestacadoRecuerdos del pasado

Los cambulloneros / 1

Los estragos de la Segunda Guerra Mundial y la cruenta guerra civil arrastraron a España a la miseria y al paro, llevándose consigo a la región canaria que añadían a las penurias, subdesarrollo y miseria política de los peninsulares, el aislamiento y abandono en que se hallaban las Islas. Fue una etapa extremadamente dura y se  tendría que remontar a muchos años atrás, para encontrar otra  similar. Solo quedaba buscar protección y milagros en lo divino, por lo que las procesiones religiosas eran fervorosas y kilométricas, en especial la de Virgen del Carmen, la patrona de la Marina española, en la que una gran multitud de personas  cubría totalmente él itinerario y los aledaños cercanos a la bahía de Santa Cruz. Pero tampoco por esta vía les llegaba la ayuda anhelada y por todo ello, su sueño estaba cada vez más en la idea de la emigración.

Los habitantes isleños, carecían de casi todo y lo único que les sobraba era el tiempo, por lo que en aquella época de desesperanza, la llegada a puerto de los grandes vapores de casco y chimenea negra de la Compañía Trasatlántica, que cubrían la ruta de las Américas, era uno de sus más habituales pasatiempos. Tal vez pensaban que algún día serían ellos los que viajarían a ese remoto lugar, para lograr su sueño dorado. Contemplaban al gran barco con admiración y no quitaban la vista ni un instante durante la maniobra de atraque, imaginándolo como una especie de maná con las entrañas  rebosantes de todo tipo de alimentos carentes en las Islas.

América estaba muy lejos y estos vapores traían además a sus familiares y amigos,  recuerdos y añoranzas de aquel Nuevo Mundo y les imprimía ilusión y ánimo para realizar algún día esa aventura americana que tanto añoraban. El muelle sur de la capital tinerfeña se convertía en un hervidero humano  y  de vehículos cada vez que estos trasatlánticos arribaban, en especial durante el periodo del gran auge de la  emigración a Venezuela, donde el muelle era intransitable durante las horas en que el barco permanecía atracado.

Al margen del enorme gentío formado por particulares, unidos por lazos de familiaridad y amistad con pasajeros y  tripulantes,  era espectacular la cantidad de representaciones que acudían cada vez que uno de estos barcos llegaba a puerto. Los primeros que accedían a bordo, eran los funcionarios  de Sanidad Exterior, quienes una vez comprobado que el buque “estaba sano”, daban la libre plática para permitir  la entrada al resto de funcionarios de las diferentes autoridades y también de otras personas con alguna misión  a bordo. En pocos segundos, la escala era materialmente asaltada y se hacía  imposible llevar un riguroso control de acceso por parte de los responsables de la Compañía: policías de puerto, servicio de Emigración, Puertos Francos, servicio de Correos, consignatario, provisionistas de víveres y de efectos navales, aguada, combustible, maleteros, estibadores,  etc… Más tarde se veía como muchos de los citados, bajaban del buque llevando consigo un pequeño paquete, casi siempre con azúcar blanca, café, y un cartón de cigarrillos, obsequio del barco.

Los últimos en subir eran los cambulloneros; los más deseados por parte de la mayoría de los miembros de la tripulación, aunque muchas de las veces, estos artistas del trueque y del contrabando, eran los primeros en tomar contacto con la cubierta del buque, porque se convertían por unos instantes en auténticos funámbulos, al escalar por medio de cuerdas y desde sus propios botes, mientras el barco realizaba lentamente las operaciones de atraque.

Debido a la escasez de alimentos en nuestro país, el Gobierno de la Nación creó las cartillas de racionamiento que daban derecho a recibir los productos proporcionados semanalmente por la Comisaría de Abastecimientos, como garbanzos, batatas, bacalao, aceite vegetal, azúcar morena, tocino y a veces algunos extras como café, chocolate o jabón. Todo lo demás, como la carne, mantequilla, azúcar blanca, aceite de oliva,  etc.,  más los lujos del whisky, cigarrillos, antibióticos, en especial tras la comercialización de la penicilina, se podía encontrar en el mercado de estraperlo, controlado en su mayoría, por los Cambulloneros.

Eran unos personajes peculiares, pintorescos, únicos en su género, por su manera de comportarse y especialmente, algunos, en su forma de hablar. ¡Ah, ese barco no trae nada porque viene de reparar en los “artilleros”!. Por contra, eran serios en sus negocios, siendo suficiente un apretón de manos para cerrar cualquier transacción y cuando esta se producía, nadie interfería en la  operación,  porque se consideraba  finiquitada. Su punto de reunión, cuando no ejercían su trabajo en los barcos, era la zona del actual edificio de Correos en la Capital tinerfeña y el costado izquierdo del antiguo Hotel Orotava, hoy edificio Olympo, por lo cual se recibían a veces, quejas por parte de los clientes del hotel, debido al ruido producido como consecuencias de sus discusiones hasta altas horas de la noche.

Aunque “oficialmente” el cambullonero subía a bordo de los barcos a comprar los sobrantes de gambuza o los barridos de bodega, éste realizaba todo tipo de operaciones comerciales, algunas de ellas la mar de pintorescas: “Te doy 200.000 pesetas por todo”. En el lote entraban loros, guacamayos, pieles de cocodrilo, puros, picadura de tabaco, etc y finalmente, ambas partes resultaban satisfechas con el negocio. Asimismo, intercambiaban botellas de coñac a la ida de los barcos para América, por cigarrillos o whisky que recibían al regreso.

Otra de las curiosidades de estos personajes, era el dinero. Jamás llevaban maletines, ni carteras visibles. Todo el billetaje, cientos de miles de pesetas, iba en sus bolsillos y cuando les faltaba alguna cantidad, acudían a otro colega, que su única misión era servir de banco; prestar o cambiar dinero. ¡Déjame 50.000 pesetas! ¡Cámbiame estos 500 dólares! y así todos disfrutaban de pingües beneficios. Las comisiones, se supone, estarían pactadas de antemano.

La gran preocupación de los cambulloneros eran los calvos. ¡Cuidado!, ¡no hagan nada que están por aquí los calvos! ¡Que vienen los calvos¡ ¿Y quién  era el temido calvo? Pues se trataba de  los inspectores de Hacienda; decían que militares retirados, que por su avanzada edad la mayoría  de ellos, carecían o tenían poco pelo y que, en ocasiones, aparecían por el muelle en servicio de vigilancia,  para contener un tanto este ilícito negocio. Pero en lo que más prestaban su máxima atención,  lo que más perseguían estos inspectores, eran las lanchas rápidas cargadas de tabaco rubio, transistores, etc. provenientes de Tánger.

El cambullonero ganaba mucho dinero, pero lo administraba de forma deficiente: igual de fácil que le entraba, salía. La mayoría de los Cabarets, se mantenían gracias a ellos y siempre se les veía  rodeados de las más bellas y esculturales mujeres.  Las Salas más cercanas a Santa Cruz, como las de Fefe, Rosaleda y Riga fueron  referentes y auténticos testigos en la agitada vida  de estos particulares y recordados personajes de nuestra historia.

Incontables son sus anécdotas y una de ellas sucedió en el Teatro Guimerá, actuando el  popular cantante  cubano Antonio Machín. Cuentan, que las primeras filas de butacas estaban ocupadas por Cambulloneros y sus hermosas acompañantes, mientras que el resto del aforo se encontraba prácticamente vacío. Era la época de “vacas flacas” en la que el pueblo no estaba para espectáculos ni diversión alguna, exceptuando, claro está,  los Cambulloneros.

Mientras el artista con sus maracas interpretaba sus melodiosas “Madrecita”, “Angelitos negros” y “El manisero”, caían sobre el escenario algunos billetes de 100 pesetas, que el bueno de Machín recogía apresuradamente. En esto que surge una voz de entre los escasos asistentes, gritando: “dos galdenias, don Antonio, dos galdenias” al tiempo que le lanzaba un billete de 500 pesetas. Ni que decir tiene, que don Antonio acompañado de su orquesta comenzó a cantar inmediatamente  “Dos gardenias para ti…. con ellas quiero decir…. te quiero…”. Y es que, estaba claro, que por estas y otras ocurrencias, el Cambullonero era un tipo peculiar en su manera  de comportarse y más aún en la forma en que se expresaba.

Se dice que la palabra cambullón, procede  de alguna corta frase de lengua  inglesa, como “come buy on” y es posible, porque la mayoría de las veces, muchas de nuestras expresiones autóctonas aparecen enraizadas en Gran Bretaña;  las papas “chinegua” de -King Edward potatoes-;  las también papas “autodate” de -out of date potatoes- , etc. son un ejemplo, pero la realidad es que el campesino canario, siempre acomoda su ingenio al empleo de la palabra en  cada caso y esta de Cambullón, es realmente intuitiva y hasta hermosa, como lo son las referidas a las papas.

Por todo ello y por las circunstancias especiales que suponía el vivir lejos del continente en los años difíciles de la posguerra, son muchos los que piensan que si el Cambullonero no hubiera existido en Canarias, lo hubiéramos tenido que inventar.

Finalizamos este pequeño y particular recuerdo  hacia estas personas que ejercieron su función de trabajo, a su modo de ver y entender las cosas en momentos sumamente difíciles para nuestras Islas, manifestando que algo bueno debieron de hacer, porque  la isla hermana de Las Palmas de Gran Canaria, está llena de homenajes y reconocimientos   hacia ellos; su nombre figura en calles, avenidas, muelles, plazas, monumentos, etc. Sin embargo, aquí en Tenerife, tuvieron que ser muy malos, porque su memoria brilla por su ausencia. O tal vez, que  no existieron. Nosotros, que estuvimos unidos laboralmente durante nueve lustros a esa Compañía Trasatlántica, cuyos barcos de casco y chimenea negra,  cubrían el servicio de las Américas, podemos decir, que  en momento alguno causaron problemas, ni a los buques, ni tampoco a sus tripulaciones, por lo cual, a los muchos cambulloneros que ya se fueron y para los pocos que aún perviven, nuestra mayor simpatía.

Y como colofón, nada mejor que el homenaje que les ha dedicado el grupo musical “Los Gofiones” de Las Palmas de Gran Canaria, con estas bonitas estrofas del compositor, periodista y escritor, Néstor Álamo, uno de los mayores exponentes de la cultura popular canaria:

Yo soy Chona la Cangreja

nieta de Pancho Pahindo,

yo nací cambullonera

y mi madre fue lo mismo.

Mi padre murió en la costa

¡Virgen de la Soledad!

vino un viento y viró el barco,

y se lo tragó la mar.

….Y aunque vengan temporales

y aunque asople el vendaval,

quiero yo a un cambullonero

¡que es valiente!

¡que es moreno!

y es un hombre de verdad.

(*) Delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias (1984-1993). Miembro de la Academia Canaria de Ciencias de la Navegación.

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