De la mar y los barcosDestacado

Los apuros de un alumno de máquinas recién embarcado

Los caprichos del destino nos proporcionan a veces inolvidables momentos que, por una u otra razón, ahí quedan para siempre. Realicé prácticas como alumno de máquinas en el buque de pasaje “Satrústegui” y pasados los años finalizaría mi vida como marino mercante en ejercicio a bordo del buque “Guadalupe I”, perteneciente esta unidad también a la flota de Compañía Trasatlántica, que era entonces una de las navieras más importantes de España.

La literatura bohemia se ha encargado a lo largo de la historia de hacer creer que Cupido, al igual que la Estrella Polar, hayan venido marcando rumbos  a navegantes, pero en la mar, al igual que en tierra, siempre ha habido de todo; aquello de un amor en cada puerto sería mutado interesadamente mediante el cambio en la última vocal de la palabra final, creo que de forma interesada y poco acertada por algún infiel terrícola.

En uno de aquellos viajes realizando las prácticas a bordo del buque “Satrústegui”, que entonces cubría la  línea Mediterráneo–Canarias–Caribe, embarca una joven dama mexicana en Barcelona con destino a Veracruz. Su permanencia a bordo se prolongaría por algo más de tres semanas, tiempo suficiente para conocer e intentar estrechar vínculos con algún miembro de la tripulación. La pasajera viajaba en camarote doble solamente ocupado por ella, circunstancia que le permitía sobrada comodidad y suficiente intimidad durante el transcurso del viaje.

Pasados unos días del inicio del viaje, la citada pasajera comienza a sufrir una avería eléctrica en el camarote que le producía corte de luz; cada vez que formulaba la correspondiente reclamación se le enviaba al electricista y el problema quedaba solventado una vez reemplazado el fusible afectado, pero transcurridas pocas horas desde la reparación el fusible volvía a cumplir su función protectora y dejaba de nuevo a la pasajera sin iluminación.

Un asunto que en principio parecía anecdótico comienza a convertirse en un problema, pues no parece que haya una causa objetiva que motivase la reiteración de la molesta avería, hasta el punto de convertirse el tema en un foco de roces entre el electricista “poco resolutivo” y primer oficial de máquinas, jefe inmediato en la cadena de mando del desafortunado reparador, que llega a recibir instrucciones para que sea montado un fusible de mayor capacidad  “por si acaso….”; solución ésta que, aparte de arriesgada, tampoco resolvió el problema. Entre el pasaje el asunto comenzaba a ser motivo de mofa y crítica sobre la capacidad profesional de “algunos”, a la vez que se escuchaban comentarios que relacionaban la recurrente avería con fenómenos paranormales.

La afectada parece dar muestras de estar harta de sufrir el problema y saltándose el conducto reglamentario, una tarde, mientras capitán y jefe de máquinas charlan delante de un café en la barra del bar de primera clase, son abordados por la pasajera, quien de forma determinante les muestra su descontento ante la aparente incapacidad de los responsables a sus órdenes  para solucionar su incómodo problema.

Expresada la queja pasa a comentar:

-Jefe, tengo noticias que uno de los alumnos de máquinas tiene los conocimientos suficientes de electricidad como para resolver lo que otros no logran…

– Ramón, creo que está claro a quién tienes que mandar, apostilla el capitán.

Instantes después de los requerimientos de la pasajera y mientras nos encontrábamos en el comedor cenando, don Ramón Comas se acerca y me comenta:

-Chaval, cuando termines de cenar ve a ver cuál es el problema de esa pasajera y trata de resolvérselo de la mejor forma posible. Ya me contarás.

Dicho y hecho. A través del camarero consulto a la pasajera cuál es el mejor momento para pasar por su camarote, con objeto de  efectuar las oportunas comprobaciones para posteriormente tratar de resolver la avería; el camarero me transmite con celeridad: “me comunica que  puede pasar por el camarote en el momento que desee y si puede ser lo antes posible, quiere que su problema quede resuelto  bien y de forma definitiva…”.

Equipado con las oportunas herramientas y aparatos de medidas adecuados, me dirijo al camarote del problema y tras llamar a la puerta ésta se abre de inmediato, apareciendo tras ella la pasajera en albornoz y el pelo húmedo, circunstancias que indicaban que acababa de darse una ducha. Su actitud y amable mirada, al invitarme a pasar, me indicaban que tenía mucha fe en el resultado de mi trabajo.

El fusible que sufría la avería era el correspondiente a ambas tulipas en sendos cabeceros de las literas. Ella venía ocupando la que estaba situada en la parte baja y al colocar las herramientas sobre la litera alta retiro la almohada dejando al descubierto algo que se encontraba como escondido o camuflado bajo ésta: una horquilla del pelo metálica con ambas puntas quemadas,  envuelta por sus extremos haciendo de aislante con una servilleta de papel, al mismo tiempo me percato que un enchufe cercano se encontraba ligeramente ennegrecido por efecto de los cortocircuitos provocados por el improvisado pero efectivo artilugio.

Una sensación extraña mezcla de temor e incredulidad se apoderó de mí cuando, al volverme con rapidez mostrándole lo encontrado a la pasajera, veo como ésta, con los brazos abiertos, cubría la puerta como tratando de impedir mi salida a la vez que a través del albornoz sin cerrar, dejaba al descubierto lo más íntimo de su anatomía.

-Ya conoces el origen de la avería y ahora cuáles son mis requerimientos…

Francisco Onzáin, capitán de Trasatlántica
Francisco Onzáin, capitán de Trasatlántica

De forma mecánica y no falto de temor ante la mirada y actitud de la acosadora, la agarro por unos de los brazos para retirarla de la puerta y salir de estampida, las herramientas y aparatos de medidas ya se recuperarían.

Me dirijo a mi camarote un tanto contrariado o más bien asustado y me encierro por dentro, no sé si a modo de protección o para meditar sobre el incidente, posiblemente por ambas cosas; allí permanecí hasta la hora de bajar a la guardia. De momento preferí no comentar nada con nadie. Al finalizar la guardia, como era habitual, le subí el diario de máquinas al jefe y me encuentro que don Ramón está acompañado por el capitán y, según me habían comentado, a la espera de mi llegada, encuentro a ambos con semblante de preocupación y contrariados.

-Chaval, qué te ha ocurrido con la pasajera, mira lo que me ha entregado…

Me muestra un escrito en el que le comunica que durante mi estancia en su camarote le había hecho proposiciones deshonestas. En aquella época, una acusación de este tipo en la flota de Trasatlántica era motivo más que suficiente para la aplicación de la Ley Penal y Disciplinaria de la Marina Mercante con todas sus consecuencias.

Tras explicarles con pelos y señales todo lo ocurrido durante mi estancia en aquel camarote a ambos, el capitán se dirige al jefe para a  su forma, dar conformidad a mis explicaciones:

-Ramón, quiero presuponer que este chaval no pierde aceite; de ser así sería algo impropio para un futuro maquinista.

-Paco, me consta que no, mas bien ha preferido ser fiel a la preciosa novia que acabo de conocer durante la última estancia en Barcelona.

-Juan, ándate con cuidado y aprende del peligro que comporta una mujer agraviada, sentenció el careo Francisco Onzáin, con una frase que nunca olvidé y que el tiempo me volvería a demostrar que era cierta y contundente.

Así acabó todo, recibiendo la pasajera una seria amonestación mediante escrito firmado por el capitán. En él se le advertía de las posibles consecuencias por una falsa acusación. Siempre pensé que si el capitán hubiese sido aquel otro que con muy diferente talante le hizo el relevo unos meses después, el asunto hubiese llevado otros derroteros. Larrañaga se apellidaba.

Aquella historia, durante mi primer viaje a bordo de un buque de Trasatlántica, me permitió conocer y comenzar a apreciar al que con el tiempo, se convertiría en un admirado amigo y compañero, prototipo de marino de todos los tiempos.

Tuvieron de pasar algunos lustros para que, después de desempeñar cargo durante unos años como responsable del Departamento de Tráfico en las oficinas centrales de la Compañía, Francisco Onzáin solicitara de nuevo su incorporación a la flota. Su vocación de marino y añoranza por la mar pudieron más que los puestos y laureles en tierra.

En principio pensé que fue una feliz coincidencia lo que hizo que de nuevo nos volviésemos a encontrar a bordo, pero el jefe de personal, pasado un tiempo me diría que no fue así.

Recibí a Francisco Onzáin a pie de escala y nos dimos un abrazo más que efusivo.

-¡Bienvenido a bordo, Paco¡

-Celebro mucho estar de nuevo aquí, lo más duro va a ser, o está ya siendo, el separarme de Curro…

El muy deseado Curro tardó en llegar un tiempo, pero desde su nacimiento no se le caía de la boca, cosa que entendía pues por entonces yo también era padre de mi primera hija y las separaciones familiares se me hacían cada vez más insoportables. Durante aquella última campaña que nos tocaría compartir, fueron muchos los recuerdos de situaciones vividas en tiempos pasados y muchas las intimidades y reflexiones compartidas mientras por la tarde disfrutábamos de un aperitivo, apoyados sobre la brazola del alerón de estribor, como en anteriores y ya casi lejanas ocasiones solíamos hacer cuando el tiempo lo permitía.

Cuando nos encontrábamos rindiendo el segundo viaje de la campaña, a la llegada de Nueva York recibo un aviso a través de nuestra delegación en aquel puerto para que lo antes posible me ponga en contacto telefónico con la central de la Compañía. En principio, me invade una profunda incertidumbre y franca preocupación, ya que no era usual este sistema de comunicación con la central, a no ser que se tratara de algo grave o muy importante.

Decidí que Paco me acompañara y así lo hizo. Nos dirigimos a una de las desaparecidas Torres Gemelas, donde se encontraba ubicada la delegación de la Compañía. Y fue el delegado Alfonso Escalera, antiguo compañero, cómplice y amigo durante algunas anteriores campañas también junto a Francisco Onzáin, quien al ver mi cara de preocupación me tranquilizara:

-Juan, no te preocupes, ¡se trata de algo muy bueno!

En efecto, la llamada fue para comunicarme que la dirección de la Compañía había decidido asignarme el puesto de inspector de Flota, algo que no esperaba y que me causó la lógica satisfacción y no poca alegría por todo lo que ello significaba.

Caprichos de la meteorología hicieron que aquel último viaje, junto al primero como jefe de máquinas a bordo del buque “Merced”, fuesen los dos peores durante mi trayectoria profesional ocupando aquel puesto.

Al poco de iniciar el retorno hacia España y nada más asomar al Atlántico, un fuerte temporal de levante nos sacude durante varios días; el buque se encontraba totalmente cargado de contenedores, pero más que por la suerte, fueron los rígidos protocolos en la estiba y el trincaje de la carga que en aquella época se seguía, lo que evitó algo indeseado. Sufrimos una importante avería en máquinas como consecuencia de las fuertes vibraciones ocasionadas por la irregular marcha del motor principal: el sistema de anclaje y fijación del enfriador de aceite del motor principal partió y varias toneladas de aceite terminaron en sentinas.

Durante dos interminables días sin prácticamente salir de la sala de máquinas, todos trabajamos duro para retomar la situación. Inolvidable fue la actuación del capitán quien, con frecuencia, bajaba a la máquina para seguir el estado de los trabajos, darnos ánimos y bajarnos algo de comer y algún refresco. Esta era una práctica habitual de Francisco Onzáin ante momentos de dificultad y que para mí no resultaba nueva; a bordo del “Galeona” y más o menos en las mismas latitudes vivimos algo semejante, aunque en aquella ocasión fue una avería en el timón.

Afortunadamente todo se resolvió tras dos duros días de trabajo y no poca preocupación. De cualquier forma y muy curiosamente la mente humana debe disponer de  curiosos mecanismos, que ante circunstancias difíciles eliminan o minimizan la sensación de miedo, quizás para que nos podamos centrar exclusivamente en la resolución del problema ante el que nos encontramos. Otra cosa diferente es la sensación que se tiene cuando ante este tipo de situaciones, observas cómo el personal bajo tu mando te miran con preocupación e incertidumbre como preguntando: “Jefe, ¿qué hacemos …?”, esperando tu decisión y órdenes. Creo que eso debe formar parte de la soledad del mando.

A la llegada a Cádiz desembarco para asumir las responsabilidades de mi nuevo puesto. Pasados unos días Francisco Onzáin desembarcaría debido al agravamiento de una dolencia conocida desde hacía algún tiempo; dolencia que sería la causa de que en pocos días  emprendiese su último y definitivo viaje. Aquel fue un día muy triste para todos aquellos que tanto en flota como en tierra, tuvimos la suerte de disfrutar de su amistad, magisterio y sobre todo de su especial y envidiable forma de ser y buen mandar.

Así sucedió y así os lo cuento.

Fotos: Galilea y cedida

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