De la mar y los barcosDestacado

Las ocurrencias del capitán Larrañaga ante un juez

Durante una de de las varias campañas que realicé como jefe de máquinas a bordo del buque “Belén”, volví a coincidir con el capitán Gerardo Larrañaga, peculiar y  controvertido personaje que ya desde alumno tuve ocasión de conocer. Su personalidad y forma de relacionarse a bordo y ejercer el mando creo que solamente podrían ser analizadas desde el mundo de la psicología. Fueron muchas las vivencias y momentos que compartimos en diferentes buques de la flota de Trasatlántica. Nuestra relación, que a excepción de mi época de prácticas a bordo del buque “Satrústegui” y  alguna otra ocasión, en que no compartí alguna de sus poco lógicas y arbitrarias decisiones, se desarrollaron dentro de lo que hoy llamaríamos “buen rollo”.

Se podría escribir un voluminoso libro sobre el peculiar personaje y sus andanzas. Hoy me limitaré a dar cuenta de una de las muchas experiencias vividas y compartidas con él, que  como la mayoría tuvo su enjundia. Para ser justo, he de reconocer que su peculiar personalidad y forma de actuar en todas las facetas de la vida, lo hacían un tanto diferente, para bien en muchos casos, y con menos fortuna en otros.

Personalmente y por la lealtad debida a una amistad de muchos años, prefiero recordar los mejores momentos y experiencias compartidas. Como tuve ocasión de comprobar en más de un trance y como no podía ser de otra forma en aquella histórica compañía, fue un excelente náutico y hombre de mar que sabía transmitir tranquilidad y seguridad en circunstancias de dificultad. De las muchas anécdotas y circunstancias que tuvimos ocasión de compartir a lo largo de aquellos años, recuerdo muy especialmente una en la que creo se muestra la peculiar y aguda forma de ser.

A mediados de los años setenta, el buque “Belén” tenía escala asignada, entre otros destinos de Centroamérica, el puerto de Colón, lugar de acceso al Canal de Panamá por la zona del Caribe. En aquel puerto, aparte de las operaciones de carga y descarga, tomábamos combustible debido a la calidad del producto y los mejores precios. Entre las diferentes partidas de carga, figuraban dos locomotoras o “mulas”, como allí se le llaman a las utilizadas para remolcar a los buques durante las maniobras de posicionamiento en las esclusas del canal. Como solía ser habitual, al mismo tiempo que se realizaban las operaciones de carga y descarga, se recibía el combustible a bordo suministrado desde una gabarra abarloada al costado.

Hubo un momento, durante el transcurso de la operación, que debido a la descarga de una de las locomotoras con los medios propios del buque, éste adquirió una escora inusual, cosa que provocó que de uno de los tanques de combustible que se acababa de rellenar a tope se derramara algo de fueloil y superó la altura del trancanil y a través del costado llegó al agua provocando una mancha descaradamente visible tanto en el costado del buque como en la superficie. De inmediato se tomaron las oportunas medidas rociando la zona con producto dispersante en evitación de males mayores.

Aprovechando  la estadía en Colón se había programado para el reconocimiento continuo de máquinas una visita de inspección por parte de la Sociedad de Clasificación. Cuando se presenta en mi despacho el inspector del Lloyd´s Register y tras los pertinentes saludos, me comunica que “acababa de ver como habíamos producido un derrame de combustible y sintiéndolo mucho, se ve obligado a denunciar al buque por contaminación, ya que de no hacerlo, según la legislación de EE.UU., se vería implicado como cómplice en el asunto”. Aquella era la época en que aún no se había liberado el Canal y las leyes imperantes en la zona no eran otras que las del país que lo administraba.

Transcurridas un par de horas desde que el inspector de la Sociedad de Clasificación se persona a bordo, aparece una patrulla de la policía portuaria para instar al capitán y jefe de máquinas a que los acompañásemos al juzgado. Así lo hacemos junto a nuestro agente consignatario en un vehículo policial y escoltados por dos policías fuertemente armados. Al llegar al juzgado nos encontramos en una sala de audiencias ante el juez, un fiscal y alguna autoridad judicial más, todos ellos debidamente pertrechados con la correspondiente y vistosa vestimenta judicial que completaban con una raída peluca blanca, escena que recordaba las películas de Perry Mason.

Comienza la vista con la actuación del fiscal:

– Capitán, ¿se consideran ustedes responsables de un vertido de combustible en el puerto de Colón…?

– Si, pero no…, responde Gerardo Larrañaga.

-¿Que pretende decir, capitán?, limítese a contestar con precisión al señor fiscal… comenta un tanto alterado el juez tras golpear fuertemente sobre la mesa con un martillo de madera.

-Señoría, me veo obligado a decir sí porque si digo que no, según me informa nuestro abogado, el buque quedaría retenido hasta un nuevo juicio con las consiguientes demoras y correspondiente lucro cesante, pero digo no porque todo se ha debido a un indeseado accidente mientras se efectuaban las operaciones de descarga. Ese señor –dijo señalando al inspector del Lloyd´s que actuaba como testigo– tuvo ocasión de comprobarlo.

-Señoría, es cierto lo que dice el capitán…, señaló el inspector tras ser preguntado por el juez.

El fiscal, muy en su papel y teatralizando un tanto el momento, interviene de nuevo:

-Capitán entendemos que han venido ustedes a escupir a territorio americano…, comentario que acompaña con un gesto simulando hacerlo mientras mueve la cabeza hacia la derecha y apuntando hacia el suelo…

-Señoría, sus marines de la VI Flota suelen ir por nuestras Ramblas de Barcelona borrachos y orinando por la calle –mientras hacía el gesto de orinar con el dedo índice de la mano derecha en oportuna posición y sacudiéndolo de un lado a otro– y está por verse que alguna autoridad española haya procedido a la detención de alguno de ellos, y otra cosa señor fiscal; esto no es territorio americano, es territorio panameño ocupado…

Observamos cómo el juez reprimió una sonrisa para mantener el orden mirando con cierta sorna al fiscal, como diciendo aquello de “donde las dan las toman”. Personalmente, tras la actuación del intrépido capitán no sabía dónde meterme, por un momento pensé que terminaríamos en prisión. Al final el juez calificó el vertido como un accidente indeseado que podría haber sido evitado, condenando al buque a una multa de 2.000 dólares que hubo que depositar para obtener el zarpe correspondiente y poder continuar viaje.

Así era el capitán Gerardo Larrañaga. Son muchas las anécdotas vividas con el que se me vienen a la cabeza y muchos los buenos momentos compartidos en tierra y algunos menos buenos sufridos en la mar. Con un emotivo recuerdo para su persona, me quedo con su parte buena digna de tenerse en cuenta, así como su sentido del humor y agudo ingenio. 

Entre una de sus muchas ocurrencias, cabe citar aquella costumbre que tenía de felicitar las Navidades en nombre propio y de la tripulación del buque en que se encontraba, vía telegrama, a todo el cuadro de ministros que conformaba el gobierno de turno; lo hizo en época de Franco y también en la entonces recién estrenada democracia; felicitaciones que por mera cortesía institucional solían ser contestadas. Me contaba un telegrafista muy conocido en la Compañía, que conservaba copia de un telegrama de contestación a una de sus felicitaciones enviadas a Carrero Blanco y otra a Santiago Carrillo. Agudo ingenio, mordiente humor y especial mimetismo.

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: José Luis Torregrosa García

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