Del país de Finlandia

Las claves del éxito de la educación en Finlandia / y 2

Aunque en la gran mayoría de los municipios finlandeses existían escuelas elementales a comienzos del siglo XX, sería a partir de 1921 –cuatro años después de proclamada la independencia del país aprovechando la confusión de la revolución de octubre de 1916 en Rusia– cuando se promulgó la ley de enseñanza obligatoria, que establecía una escuela primaria de seis años.

Este modelo se mantuvo vigente durante cuatro décadas, hasta que en los años sesenta se produjo la gran revolución del sistema educativo finlandés, cuando la escuela primaria y la preparatoria fueron reemplazadas por una escuela básica de nueve años, otorgándole siempre la responsabilidad principal a los ayuntamientos.

La reforma tenía como objetivo primordial garantizar una enseñanza básica igualitaria y gratuita para todos los niños, al margen de su lugar de residencia y de la situación económica y la posición de su familia.

Es conocido que los niños finlandeses comienzan su periodo escolar a la edad de siete años, lo que puede considerarse relativamente tarde, pero ello tiene su explicación, como ya lo hemos comentado en el artículo anterior. En sus primeros años de vida, los niños gozan de la atención prioritaria de sus padres y aprenden a forjar conductas grupales en los juegos, ejercicios y paseos de las guarderías. El sistema laboral finlandés garantiza largas bajas maternales y parentales, sin que ello suponga merma alguna de la relación laboral.

A la edad de seis años, los niños tienen la posibilidad de un ciclo preescolar, siempre gratuito, en una guardería o en una escuela. Son excepcionales los casos en los que algunos padres deciden prescindir de esta posibilidad. Incluso, en caso necesario, se estudia la madurez de los menores y se les recomienda la opción de incorporarse a la escuela un año antes o después.

La cultura de la confianza unida a la excelente formación y la visión de los maestros son los factores determinantes que contribuyen al fortalecimiento de las escuelas básicas, de las que en Finlandia existen unas tres mil unidades y agrupan a algo más de medio millón de alumnos. La organización práctica está a cargo de los ayuntamientos, que ponen especial celo en su cumplimiento y supervisión, pues son plenamente conscientes de que son la base de una educación de calidad. De hecho, una de las observaciones que recoge el informe PISA es que en Finlandia las diferencias de nivel entre las escuelas se sitúan entre las más pequeñas del mundo.

La escuela de barrio establece que, salvo casos excepcionales, todos los niños y jóvenes tienen que asistir a la escuela más cercana a su domicilio. En el supuesto de que ello no fuera posible, los ayuntamientos tienen la obligación de asumir el coste del transporte de los alumnos que viven lejos de las escuelas, como sucede con aquellos que residen en comarcas agrícolas alejadas. Con ello se evita una diferenciación basada en la posición social o económica de las familias y hace perfectamente confiable el nivel de cualquier escuela, lo que, en líneas generales, consigue que los padres estén conformes con su cometido.

No obstante, y aunque se ha evitado que proliferen las escuelas privadas de élite que puedan competir con las escuelas de barrio o de distrito, lo cierto es que existen centros privados sujetos a licencia gubernativa que reciben subvenciones estatales y están supeditados no solo a cumplir celosamente con los planes de estudios nacionales, sino también a la obligación de matricular a todos los alumnos de su distrito cuyos padres así lo demanden. En todo caso, unas y otras contribuyen sin fisuras al mismo objetivo.

Foto: @twitter

 

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