De la mar y los barcos

Historias de los marqueses de Comillas. No es lo que parece

Hace años y estando en la rebotica de una farmacia de Navalmoral de la Mata, que como titular regentaba un familiar mío, tuve ocasión de conocer y charlar toda una tarde con un maestro de escuela, ya retirado, sentados plácidamente ante una botella de anís “Machaquito”. El ameno e interesante docente, al enterarse de que yo trabajaba para “la Compañía”, se le iluminó la cara y sin dejar que el resto interrumpiésemos los relatos de sus interesantes historias sobre los Comillas, nos iba dejando a todos con la boca abierta.

Al parecer, según nos explicó y posteriormente tuvo ocasión de documentar, su abuelo paterno había sido encargado/administrador durante muchos años de la finca que la ilustre familia Comillas poseía en las cercanías del pueblo y que se llamaba y aún llama El Espadañal. Tengo entendido que la especulación de los pasados y recientes años, proporcionó a los herederos con su venta pingües beneficios.

De entre las muchas historias que contó el curioso personaje, hubo una que me llamó especialmente la atención por el fondo, la forma y, sobre todo, por los protagonistas que en ella se encontraban implicados.

Contaba Pedro, que ese era su nombre, que su abuelo había conocido en la referida finca al cocinero de Alfonso XII y había mantenido una larga relación de amistad con él y al que solía enviar carne de caza debidamente conservada, producida en la finca, con destino a los buques de la Trasatlántica y que para ello, hubo de hacer un curso en Cádiz, donde el mismo ilustre cocinero lo instruyó en la confección de adobos, salazones y escabeches.

Entre una serie de legajos, cartas y postales franqueadas desde diferentes puertos del mundo en las que podían verse buques de la Trasatlántica de la época, que me mostrara más tarde en su casa, aparecía un escrito a mano en papel con lujoso membrete policromado con la corona real sobre una inscripción que decía: Melquiades Brizuela, cocinero real.

El afamado cocinero Brizuela, en la cocina del palacio de Navalmoral de la Mata
El afamado cocinero Brizuela, en la cocina del palacio de Navalmoral de la Mata

En el escrito se informaba de la recepción de una partida de perdices y carne de jabalí; así como de varias piezas de tocino, lomo doblado, morcillas, chorizos, mantecas y otros productos del “guarro negro” de montanera, que también se criaban y engordaban en la dehesa y que en aquella época, parece ser, aún no afectaban  a los niveles del  colesterol…

La visión de aquellos documentos en un lugar tan alejado de la mar, como es el corazón de Extremadura, me produjo una agradable y curiosa sensación, y  a la vez  me sirvió para dar credibilidad y verosimilitud a lo os que quiero relatar. No tengo intención de añadir ni quitar un ápice a lo que aquella tarde de frío invierno se contó en una pequeña mesa camilla con brasero de picón de leña de encina. Eso sí, procuraré ordenar y dar sentido a todo lo oído.

Decía Pedro que el afamado cocinero amigo de su abuelo, tenía residencia en Cádiz, pero que a requerimiento de los señores, solía pasar temporadas en el palacio Moja  de Barcelona y en verano en el palacio de Comillas, donde la Familia Real solía pasar temporadas invitada por los marqueses. Esta cercanía a los Comillas, permitía al experto cocinero conocer intimidades y secretos que no solían traspasar los muros de palacios; pero inevitablemente eran conocidos por sirvientes y colaboradores que casi todo  oían.

Fue en el palacio de Moja donde Brizuela pasó más tiempo y donde las circunstancias le permitieron intimar con mayor facilidad con los marqueses y el personal a su servicio;  y de esta forma conocer episodios de los que nadie ajeno al entorno íntimo tenía acceso. Durante algún tiempo y en el transcurso de las visitas del cocinero a la finca de Navalmoral de la Mata por razones de algún evento, principalmente monterías, que la casa Comillas acostumbraba a organizar para agasajar a autoridades y miembros de la Casa Real.

En el transcurso de estas visitas y durante momentos de descanso y ocio, el cocinero, presuntamente solía faltar a ciertos compromisos y no mostraba demasiado pudor relatando a sus compañeros de la finca, cosas como el escuchar encendidas discusiones procedentes de las estancias particulares, entre don Claudio y la marquesa. Los acalorados conflictos conyugales, al parecer, solían tenían su origen en la relación que doña María mantenía con el capellán y limosnero de la casa, monseñor “Cinto”.

Achacaba el marqués a la marquesa que no obstante la conocida religiosidad y aparente intachable moral de mosén, no parecía apropiado que ambos se encerraran en el dormitorio u otra estancia de palacio y sobre todo, cuando desde el exterior se escuchasen gritos y suspiros de poca justificación… La bellísima esposa solía alegar ante tan grave acusación y el horror que le producía tamaña desconfianza, que no debía olvidar –recordaba a su marido– que mosén era su confesor y director espiritual y este era el motivo y no otro, por el que solía pasar momentos a solas con él.

La botella de anís "Machaquito" hizo recordar historias del pasado
La botella de anís “Machaquito” hizo recordar historias del pasado

Con respecto a los ruidos guturales, suspiros y gemidos que se escuchaban desde el exterior y  de cuyo conocimiento tenía el marqués por algún indiscreto “escucha”, la marquesa respondía que en alguna ocasión el capellán le había practicado exorcismos para eliminarle malos espíritus que estaban siendo origen de problemas entre la santa e ilustre pareja.

No resulta difícil entender la mofa, según relataba el abuelo a su nieto, que entre el personal de servicio producían estos conflictos. Llegó un momento en que el marqués, que sí tenía fe ciega en su esposa, pero no en el “exorcista”, hizo uso de sus influencias ante las más altas jerarquías de la Iglesia, y el obispo de Vic, como jefe jerárquico inmediato, fue el encargado de retirarlo del ministerio sacerdotal alegando “anemia cerebral” y suspenderlo  “ad divinis” por un largo periodo, durante el cual el ilustre padre de la lengua catalana convivió o se fue a vivir con una madre y su hija que anteriormente habían sido objeto de  su  generosa caridad…

Caridad que no le produjo pocos problemas con don Claudio por lo excesivo y arbitrario de su práctica. A través de la prensa de la época, el también ilustre escritor, además de sacerdote, utilizó sus buenas artes literarias para en desagravio, poner a “bajar de un burro” al bueno y pasado los años “santificable” don Claudio.

Con extrañeza y no poca mofa, se comentaba entre el ingrato y desagradecido personal de servicio, como al cabo del tiempo al cura le fue levantado el arresto eclesiástico y curiosamente,  repuesto a su ministerio en la parroquia de Belén de Barcelona, situada sospechosamente, a pocos metros del palacio de Moja.

Y esto es lo que quería contaros y que oí del maestro extremeño. En realidad fueron más detalles los que dio, pero he resumido con lo más importante que habíamos escuchado, mientras veíamos como la botella de anís “Machaquito” llegaba a su fin. Cada uno que saque sus conclusiones, sin olvidar, eso sí, aquello de que “no es lo que parece…”.

Así me lo contaron y así os lo cuento…

(*) Jefe de máquinas de la Marina mercante española

Foto: Dovel (orgullosademiciudad.blogspot.com)

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