De la mar y los barcosDestacado

Escala en Belfast. Un buen sitio en un pésimo momento

Aquel viaje del buque “Coromoto” con un cargamento de harina de soja recibido en Baltimore (EE.UU.) con destino a Irlanda del Norte en pleno conflicto bélico, no resulta fácil de olvidar a pesar de que hayan transcurrido más de cuarenta años. Navegar en invierno por el Atlántico Norte no es precisamente cómodo, y menos después de sufrir una avería en el servomotor del timón que nos obligó, durante varias singladuras, a gobernarlo a mano; hubo un día que se llegó a temer un corrimiento de la carga en alguna de las bodegas.

Cuando por fin llegamos a Belfast y sube el práctico a bordo para iniciar la maniobra de atraque, comenta:

-Vienen ustedes a un buen sitio en un pésimo momento…

Una vez atracados, pudimos observar desde uno de los alerones los efectos devastadores de la guerra que entonces se encontraba en su apogeo, pues toda la barriada inmediata al puerto aparecía  totalmente derruida. Curiosamente, los dos únicos edificios que se mantenían en pie  se encontraban situados en la misma calle uno frente al otro; uno era la sede de Stella Maris y el otro la del Flying Angel, ambos pertenecientes al Apostolado del Mar de la Iglesia católica y la Iglesia anglicana respectivamente; el resto de las edificaciones habían sido reducidas a escombros por el efecto de las bombas.

Mientras el práctico degustaba un café en la cámara de oficiales una vez finalizada la maniobra, fuimos advertidos por éste de la grave e insegura situación, y de los posibles riesgos que nos podría acarrear el deambular por la ciudad aún tomando las oportunas medidas de seguridad. El toque de queda se extendía desde la diez de la noche hasta las siete de la mañana; información que por escrito también nos fue facilitada en castellano por las autoridades que despachaban el buque.

Durante los días que permanecimos en Belfast, recibíamos la visita de las dos instituciones citadas. Ambas venían a ofrecerse para lo que necesitásemos durante nuestra permanencia, a la vez éramos informados de las actividades lúdicas o religiosas programadas para la jornada. El sacerdote católico, hombre de avanzada edad, solía venir a bordo con un antiguo gramófono de cuerda  en el que ponía un disco a funcionar para quién quisiera escuchar el evangelio del día.

El páter anglicano del Flying Angel solía aparecer un poco más tarde que su colega católico –pareciese que así lo tenían acordado– y siempre acompañado de jóvenes feligresas que nos ofrecían algunos regalos de manualidades hechas por ellas, y nos invitaban a fiestas que solían celebrar en su club por las tardes. Estaba claro a cuál de los dos apostolados les éramos más fieles. En un par de ocasiones, el sacerdote católico se quejó al capitán José Luis Tomé de nuestra fidelidad a una iglesia que no era la nuestra, quién con retranca cántabra le respondía que ”no se preocupe, pues al Flying Angel solo van a pecar” y es que más de uno lo consiguió.

En las cercanías del silo, en cuyo muelle estábamos atracados, se encontraba uno de los cementerios de la ciudad. Resultaba raro el día que no veíamos pasar algún entierro debido al conflicto. Ya fuese el muerto separatista o unionista, al día siguiente al entierro quedaban paralizadas las operaciones portuarias en señal de duelo, circunstancia esta que hizo se prolongara nuestra estancia en aquel puerto más de un par de semanas, tiempo más que suficiente para conocer la ciudad y sus múltiples barricadas controladas por soldados ingleses, que más parecían mercenarios que militares regulares, tanto por la vestimenta como por la forma defensiva de empuñar las armas.

Un día, mientras nos dirigíamos a visitar un club que, según la información que se nos facilitó a la llegada, era el único lugar que con una cierta seguridad permanecía abierto tras el toque de queda, y cuando nos disponíamos a pasar el control de una de las barricadas, un soldado nos ordenó bajar el cristal delantero derecho con objeto de pasar un detector de metales por el interior del vehículo en que nos encontrábamos. Al introducirlo, de inmediato se activa la alarma del aparato y observo que ésta suena cuando el detector es aproximado a un espray de éter de los que facilitan el arranque de los motores. Posiblemente debido al nerviosismo del momento, cojo de inmediato el envase de la bandeja donde se encontraba y al sacarlo por la ventana para mostrarle al soldado el origen de la falsa alarma, acciono inconscientemente el pulsador y le rocío la cara con el irritante producto. Por un momento pensé que allí habían finalizado mis días… El soldado, mientras se limpiaba los irritados ojos cubiertos de lágrimas, emitió una serie de inteligibles exabruptos a la vez que con el cañón del fusil y un fuerte gesto de cabreo, nos indicó que le siguiéramos.

Terminamos haciéndonos asiduos de aquel club, al que acudíamos casi todas las noches a escuchar música, tomar unas copas y echar algún baile con las amables catequistas anglicanas que tan generosamente solían ofrecerse para acompañarnos. En una ocasión, cuando nos disponíamos a pagar la última ronda de cervezas, el camarero nos indica que habíamos sido invitados por varias damas que ocupaban una mesa cercana a la nuestra; nos dirigimos a ellas para agradecérselo, momento que aprovechan para decirnos que eran unas asiduas visitantes de España en época de  vacaciones, y que con su gesto pretendían agradecer en nosotros lo bien tratadas que eran por los anfitriones españoles durante sus visitas a la Costa del Sol.

Aquella noche fuimos invitados por las recién conocidas irlandesas a cenar a la casa de una de ellas. Aceptamos la invitación gustosamente y allí nos presentamos portando  varios presentes españoles, entre los que no podía faltar un buen Rioja, brandy y algún turrón. La noche se desarrolló de forma distendida y cordial hasta que al final, posiblemente debido al exceso de ingesta de alcohol, ocurrió un pequeño incidente que tuvo como protagonista al tercer oficial de máquinas, cuyos conocimientos de la lengua de Shakespeare estaban en consonancia con su graduación y experiencia.

En aquellos meses triunfaba en todo el mundo una composición de James Brown, ya por entonces célebre estrella del soul, la canción cuyo título en España, si no censurado si era mal visto por las gentes del orden y cuidadores de la moral; una de las chicas presentes, que con pasión dio buena cuenta de una de las botellas de “Paternina” banda azul, se encontraba apoyada junto al aparato de música que reproducía la célebre canción; la anfitriona, a la vez que miraba hacia el tocadiscos exclamó:

-“Sexy machine…!!”.

Jesús, que no se había quedado corto, entendió que la señora de la casa se refería a la joven y bella irlandesa a la que se le cerraban los ojos por efecto del rioja y la sensual canción, éste se acercó a la bella irlandesa y le pidió que le indicara dónde se encontraba el baño; la joven le indicó que la siguiera, ambos subieron  una escalera y pasados unos segundos se oye un fuerte bofetón. Cuando bajaron, Jesús lucía los cinco dedos de la mano derecha de la joven en su mejilla, mientras ella comentaba que “para no tener equivocaciones en futuras visitas a su país, debería perfeccionar su inglés en evitación de malos entendidos”. El tercer maquinista  recibió el oportuno aviso por parte de la bella ofendida y durante varios días el “lanzado” compañero fue motivo de escarnio y jocosa mofa en las reuniones de la cámara.

Por fin salió la última izada de la polvorienta carga y pudimos poner millas por medio de tan inquietante lugar, donde pudimos comprobar cómo el odio entre ambas comunidades religiosas comenzaba a fraguarse desde la infancia. Un día, de camino al centro de la ciudad, observamos dos grupos de niños en una guerrilla de piedras y como de un lado y otro del barrio aparecían personas mayores que se añadían a cada grupo, convirtiendo lo que en principio parecía un juego de niños, en una batalla campal que terminó disuelta por un grupo de soldados ingleses; según nos comentaron, este tipo de belicoso “juego” solía ser bastante frecuente.

Bilbao sería el próximo puerto de destino y aunque también tenía sus problemas en aquella época, la situación era diferente y al menos nos encontrábamos en territorio español. Afortunadamente, en unos días podríamos gozar de la tranquilidad de cruzar el Atlántico y llegar al Caribe. Falta nos hacía.

Así sucedió y así os lo cuento.

Fotos: Gabriel Prado / archivo de Juan Cárdenas Soriano y tomadas de internet

(*) Jefe de máquinas de la Marina mercante

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