La Palma, una Isla del Atlántico

El volcán de Rigo y Enilda

Las gallinas esperaban a que su dueño les echara agua y comida. Y Rigo, que llegaba de las plataneras de la Costa de Fuencaliente a mediodía, se aseó y se dispuso a almorzar con Enilda, su esposa. Las gallinas, veinte, esperaban por su alimento. Sobre las tres de la tarde, acostumbraban a comer.

De pequeño me gustaba pasar por casa de tía Jesús porque me daba agua bajo uno de los pinos que sembró su hijo Froilán antes de partir para Barquisimeto, Venezuela, empujado a abandonar Las Manchas, igual que sus primos, mis tíos, por la falta de oportunidades que el volcán de 1949 daba a la juventud de esta zona devastada…

Los corderos y sus madres, el ganado lanar que esperaba a Rigo por su ración de hierba y pienso dejaban sonar sus balidos para reclamar su presencia. Y Rigo disfrutaba viendo, sintiendo el regocijo de sus ovejas, dieciséis. Los corderos, pura ternura blanca.

Una sola vez regresó Froilán para no volver a la tierra del pino que él mismo sembró y que daba frescura. Debajo de él yo bebía el vaso de agua que tía Jesús me daba cuando bajaba a la pequeña finca que teníamos en Los Campitos.

Para ir a Los Campitos, había que llegar a los Cinco Caminos, topónimo único en La Palma para determinar la encrucijada de vías que repartían territorio hacia cinco destinos: hacia Puerto Naos por el Llano de Don Pablo; hacia La Costa por Los Pasitos de Todoque, a través de El Pastelero; La Ermita, a través de El Cantillo; La Cumbre por Alcalá y Los Campitos por el único camino tradicional que unía Los Llanos con Fuencaliente.

Los Campitos. Eran, en efecto campos pequeños, difíciles, situados en los depósitos de escorrentías de los malpaíses, tierra dura llena de pedregal y que sólo sirvieron para viña y almendreros. Uvas y almendras en terreno difícil de arduo trabajo equivale a calidad. Y Los Campitos eran terrenos fértiles, a pesar de su impertinente orografía.

Rigo terminó de almorzar el 19 de septiembre de un día espléndido, soleado y sin la molestosa brisa que a veces inoportuna el ambiente en esta zona del suroeste palmero. Había habido un fuerte temblor de tierra por la mañana. El volcán estaba cerca. Temblores fuertes equivalen a un volcán inminente, irremediable. Ya lo había vivido Rubén de La Rosa, que es el verdadero nombre de Rigo, en Los Canarios de Fuencaliente cuando la erupción del Teneguía en 1971.

El canto de los pájaros canarios retumbaba en casa de Rigo cuando amaneció aquel 19 de septiembre. Una mezcla armoniosa de música celestial, la de los tres pájaros, que inundaba el carácter afable de Rigo y Enilda en una mañana llena de incertidumbre porque las noticias hablaban de un volcán inminente, cuatro veces menos intenso que el Teneguía.

Rigo es persona sensible, solidaria y generosa. Su imaginación lo llevó hasta Jedey, a cuatro kilómetros al sur por donde las autoridades y científicos decían que iba a reventar el volcán. Se preocupó por la gente de Jedey y por la previsible destrucción de alguna vivienda o pequeña finca de los vecinos. Angustia porque todos los días se desplazaba a la Costa de Fuencaliente por los caseríos de Jedey, Cruz Alta, Dos de Copas y El Charco. Por uno de estos pagos reventaría el volcán. Lo decía la televisión. , Su casa, la de Enilda, la que fue de tía Jesús estaba a salvo con el pino de Froilán, las veinte gallinas, los diecisésis corderos y los tres pájaros.

Me gustaba ir a Los Campitos a varear los escasos almendreros. Las almendras se escondían bajo las piedras y entre las pequeñas hierbas que se atrevían a florecer en aquel ambiente tan inapropiado. Las parras eran pequeñas, había que moverles con la azada las tierras que no eran tierras sino piedras de malpaís, trabajo duro e incómodo. Pero sabíamos que el esfuerzo sería recompensado: los mejores mostos siempre eran los de las viñas de Los Campitos.

Tía Jesús era una mujer íntegra y sus hijas Maricusa y Enilda entrañables, únicas, dulzura de carácter y rebosantes siempre de energía positiva. Cuando yo bajada a Los Campitos, mamá me instruía para que pasara por casa de tía Jesús y le diera recuerdos.

Cuando terminó de almorzar, Rigo salió al patio repleto de flores mundo, camelias y orquídeas. Miró hacia arriba. Enfrente, La Hoya de Tajogaite y la Montaña Rajada. Se disponía a unos minutos de descanso para ir a atender a sus animales, veinte gallinas, dieciséis corderos y los tres pájaros canarios.

19 de septiembre de 2021. De pronto, una pequeña hoguera en una minúscula hilera de pastos se incendia por Tajogaite. Rigo, que había sido funcionario en la Administración General del Estado en la Isla, reflexiona por el acto irresponsable de la persona causante de ese fuego en unos días de alta preocupación por el volcán que iba a salir, según los expertos, por Jedey, a cuatro o cinco kilómetros de la casa que había reformado, construido y organizado durante años, con sus camelias y orquídeas en el patio. A los pocos segundos, el ruido de una pequeña explosión y la primera boca empezó a expeler fuego, humo y piedras. Quizás Rigo fue la única persona que en el momento exacto vio nacer al volcán más devastador que recuerda La Palma. Sabía que todo estaba perdido. Aquel volcán no era en Jedey.

Inmediatamente, el operativo, el protocolo de salvamento y el miedo obligó a Enilda y Rigo a salir corriendo de su casa con lo puesto. Ni recuerdos, ni ropa, ni enseres. Toda la historia de su presencia de más de cuarenta años en Las Manchas se desvanecía de golpe. Sus animales se quedaron sin comer y sin agua aquel 19 de septiembre de marras.

Cuando la primera colada pasó por La Muralla, a trescientos metros de la casa, Rigo, ya evacuado, que había vivido el volcán de 1971, sabía que estaba a tiempo de salvar a sus animales y retirar de la que fue su casa recuerdos personales y documentos. Se encontró con el frío protocolo de seguridad que impide regresar a los evacuados.

En los días posteriores, la lava del volcán que no nació en Jedey ni fue cuatro veces inferior al Teneguía sepultaba casas por Tajogaite, El Frontón, El Circe, El Paraíso y Alcalá. La casa de Rigo, la antigua casa de tía Jesús y el pino de Froilán seguían en pie. Parecía un milagro. Rigo seguía implorando para que le dejaran salvar sus animales.

A los cinco días el volcán, que parece que tiene conciencia mala, regresó para llevarse la casa de Rigo. Implacable. También se llevó la de Maricusa y sus siete celemines de plátanos de la Costa.

Rigo llora. No tiene consuelo.. Sus veinte gallinas, dieciséis corderos y tres pájaros vivieron la agonía del hambre, la sed y el desconsuelo durante cinco fatídicos días, en la casa que fue de Tía Jesús, muy cerca de Los Cinco Caminos de Los Campitos. El calor destructor los abrasó vivos y el volcán se los llevó rodeados de la más absoluta soledad.

Los Campitos, el Llano de Don Pablo, Los Pasitos de Todoque, la casa de Rigo y Enilda, sucumbieron ante el volcán que únicamente Rigo vio nacer.

Rigo y Enilda. La vida sigue y el volcán es un doloroso recuerdo

Fotos: cedidas

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