La Palma, una Isla del Atlántico

El volcán de “El Llano en Llamas”

Es El Llano en Llamas, los cuentos que se acercan a la realidad. No es realismo mágico, no es literatura. Juan Rulfo podría haber escrito sus relatos cortos del tío Celerino en Las Manchas.

Era mi casita. Se llevó primero las huertas de arriba y el pajero de abuelo pero la casa de mamá, cuando pude ir a verla, aguantaba, enterrada, agrietada, pero con esperanza, sus techos pesados por las negras escorias que vinieron desde el centro de la Tierra no pudieron con la tea cortada a mano hacía doscientos años por los antepasados que no supieron de volcanes.

Juan Rulfo no sé si se creyó sus cuentos. Yo, ahora, sí. Esto, con el tiempo, parece olvidarse… pero no: ya se refociló el volcán que nació en Tajogaite. Yo sabía que, en el fondo era un hecho concupiscible, pero la casa de mamá y las huertas de abajo estaban sobrellevando la ignominia.

El camino de las cosas buenas está lleno de luz y el de las cosas malas, de oscuridad. Era El Llano en Llamas, el Llano de El Corazoncillo no aguantó, la casa de mamá parecía resistirse.

Era una casita humilde, recuerdo, de piso de afirmado y con huecos, las puertas con herrajes que retumbaban al moverlos.

Había que reformar la casita. Fefe «el gomero» y Justo el de Los Campitos fueron los albañiles. Se respetó el techo de tea de los dormitorios, se colocaron mosaicos artesanos de Argual, se abrieron puertas en los tabiques para pasar de un cuarto a otro sin tener que salir hacia el exterior. 

El volcán giró. Un violento cambio de dirección que evitó llevarse el hogar reformado. En una primera embestida se llevó una casita habilitada para cuando abuelo subía desde Puerto Naos. Y la huerta de arriba. 

Yo tenía unos seis años cuando se reformó la casa. No había agua y los tercios de cemento y grava había que mezclarlos con agua que se necesitaba para beber. El aljibe se adaptó para recibir agua de lluvia de los tejados porque hasta ahora se recogía del camino público que bajaba a Las Salgadas. Tenía arenero. El agua, imposible. 

El volcán que nació sobre la Hoya de Tajogaite dejó un cerro áspero e inerte a cinco metros de la casa de mamá, de la habitación que construimos por último y que yo utilizaba en mis años universitarios y más tarde.

«Eran cerros del sur», como el de Luvina del Llano en Llamas, alto y pedregoso. «Está plagado de esa piedra gris. Allí la llaman piedra cruda» , describe Juan Rulfo.

Piedra cruda, áspera y suave al movimiento en un oxímoron maléfico que perduró semanas. Las farolas de un pequeño parque público desaparecido, también soportaron la infamia.

La casa de mamá tenía lagar y bodeguita orientados de este a oeste, desafiando al clima. Reforma de 1962 con teja del país y techo de tea. La cocina sólo tenía el poyo y el tabique que la separaba del comedor. Soportaba al quinqué, la luz de la mecha que alumbraba la cena, los potajes exquisitos, el gofio escaldado con el «conduto» servido.

El comedor, con un almanaque de 1959 enmarcado porque fue un regalo de mi tío César cuando vino de Venezuela. Una estatua ecuestre de Bolívar en la plaza de su nombre en Caracas, una foto incuestionable, eran recuerdos. Al otro lado, en la esquina, un poyo construido para la talla o tinaja del agua. Cristalina, deliciosa, fresca, agua escasa pero esencial, en lugar apropiado y elegante.

Por fuera, el cocino, en masculino, tosco y con un fogón para leña y calderos ahumados. Nos poníamos, a veces, a escuchar las historias que papá nos contaba de su padre en los viajes a Cuba, de los desmanes del volcán de 1949 que arruinó la mejor finca, la del Cercado. Era el cocino, mientras se cocinaban las verduras.

Pasaban los días, y el volcán seguía rugiendo y deslizando su demolición por Los Cinco Caminos. Y la casa de mamá parecía un oasis encerrado en sí misma, un árbol recio lleno de excrecencias ennegrecidas e inertes.

Había dos árboles para la sombra: un cubano y un caucho y más allá el almendrero del mecedero. Una pileta de piedra, macetas hechas con piedritas de Cogote. Justo y Fefe, los albañiles, trabajaban con esmero. Frente a la casa construyeron un asiento que se usaba a diario para las tareas cotidianas: se pelaban, en la época, cestos de tunos para los cochinos, se descascarillaban almendras o se retorcían las mazorcas para desgranar el millo. Y se escuchaba la radio. 

El once de diciembre quebró la ilusión. Una colada nueva se abría entre las casas de Los Pelados y se dirigió directo a la casa de mamá. No quedó nada, ni un solo recuerdo, ni un pequeño promontorio, como hizo el de San Juan con El Cercado, que dejó asomando un pequeño trozo de la pared de la casa. 

Yo no he podido acercarme al Llano de El Corazoncillo, a su borde noroeste donde estaba la casa de mamá, no puedo asumir cómo desaparece la historia, mi historia que, al ser personal, es emotiva, penosa y agobiante. Duele. Es El Llano en Llamas, sin ficción. 

Foto: cedida

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