La Palma, una Isla del Atlántico

El volcán de Alonso y Viviane

Alonso Plasencia siempre quiso tener una bodega. Primero lo intentó por la zona de Los Romanceaderos. La Casa de La Pradera fue el nombre para el lugar elegido, en Los Campitos. El volcán la sepultó, diez metros de lava sobre la ilusión de una vida. Prolepsis exacta y cruel.

Los Campitos era un lugar pedregoso, lleno de malpaíses procedentes posiblemente del Volcán de El Birigoyo. Pero era auténtico, era el típico territorio del sur volcánico en donde si se conseguía llegar a algo de tierra y humedad, brotaba la vida. Los viñedos eran de varietales de color: negramoll, listán negro o almuñeco. Los vinos, escasos pero excelentes.

Yo conocí a los vecinos de Alonso. Eran don Justo y doña Justa y sus hijos Eutimio, Sabino y Valois. Gente entrañable. Don Justo, un hombre sosegado y reflexivo, era albañil y fue a quien eligió papá para reformar la vivienda en la que nací, en Las Manchas, que el volcán se llevó para siempre tres días antes de dejar de emitir las escorias negras que venían del centro de La Tierra. Don Justo González vivía, entonces, en Los Campitos y allá abajo y en Las Manchas no había agua.  Le comentaba Don Justo a Alonso cómo en su recuerdo veía subir y bajar camellos por el camino que subía de Los Campitos a El Paraíso. Valois, su hijo mayor, era un prodigio de la música. Era el instrumentista principal de las rondallas de Navidad que se formaban en Las Manchas. Tocaba el laúd y lo compartía con una armónica que tocaba al unísono con un soporte que le construyó Mario “El Chiquito”.

Valois murió joven, de un accidente de tráfico en su pequeña moto de 49 cc. Sabino, su hermano, era todo bondad: tenía un furgón Volskwagen azul que, una vez roturada la carretera de Cabeza Vaca que descendía desde la Montaña Quemada, en Los Llanos de La Negra hasta la desembocadura del Canal de La Habana, El Bote y Los Pelados, se unía por Tacande a la carretera que construyó Pérez Guerra y que se denominó de San Nicolás. Carretera desaparecida para siempre por decenas de metros de lava en vertical. Sabino nos llevaba a las cinco de la mañana hasta Cabeza Vaca en su furgón azul. Podábamos los tagasastes, formábamos los fejes con el pasto y regresábamos incluso antes de ir a la escuela. Un hombre generoso, cabal, Sabino.

Mario Jerónimo Rodríguez “el Chiquito” era el otro vecino de Alonso, en aquella depauperada tierra de pedregales. Siempre se decía en Las Manchas que si Mario hubiera nacido en un ambiente apropiado hubiera sido un auténtico intelectual de las ciencias. Pero nació en Los Campitos, un lugar pobre en aquellos años de miseria de la posguerra en una familia sin ningún tipo de recursos. Era albañil, electricista, fontanero, carpintero, mecánico y agricultor, sin estudios primarios. Era la época de autarquía total, la escasez y las cartillas de racionamiento. Autodidacta, se decía entonces que los trabajadores más inteligentes eran los que eran capaces de fabricar o arreglar los toneles, las pipas para el vino, por exigir precisión total en los trabajos. Labor certera y matemáticamente impecable para que las duelas, fondos y arcos coincidieran de manera milimétrica. Y Mario “El Chiquito” y Pancho “Villa”, otra genialidad que vivía en Las Casas Altas, eran arregladores de pipas. 

Mario se construyó para él mismo una bicicleta en la que el cuadro, manillar y sillón fueron confeccionados en su pequeño taller con retales de hierros y tuberías que iba consiguiendo. Con gorra bilbaína y cachimba de tapa acudía Mario a los trabajos encargados con su bicicleta, siempre con sentido del humor y bonhomía, como los grandes genios, aunque fueran de este suroeste sediento y pedregoso.

En Las Manchas vivía Gregorio, el del kiosco. Una lesión lo dejó parapléjico y vivía gracias a la generosidad de numerosos vecinos que iban a atenderlo a su casa, lo transportaban hacia el kiosco que tenía en La Ermita en donde vendía vino, gaseosas Nik y cigarros. Algunas veces, los vecinos le llevaban sardinas fritas o pescado salado para que lo vendiera como “conduto”, acompañante del vino. De eso vivía el pobre Gregorio. Y Mario  El Chiquito le construyó un coche adaptado, con planchas de hierro soldado, motor de un tractor de labranza y ruedas de carretillas. Y funcionó. Recuerdo ver el coche conducido por Gregorio, de color rosa e impecablemente diseñado. Mario el Chiquito, además de ingenioso, era dadivoso.

Alonso Plasencia Moreno, el cartero, nació debajo de la Montaña del Laurel, en Los Llanos. Siempre ejerció su profesión por la zona de El Trocadero. Antes, había trabajado en el Bar de Los Sordos.  Pero su pasión era el fútbol. Jugó en el Argual, Atlético Paso, Aceró y San Sebastián. Fue entrenador de todos los equipos del Valle y con el dinero del fútbol compró la finquita de Los Campitos. Daban en televisión “La Casa de La Pradera”. Vendía botas “Marco” de fútbol y fundas para tapar los coches a la intemperie. La Casa de La Pradera, como la denominó, se la compró a un señor de Todoque: puro malpaís, pedregal áspero y estéril. Pero fue su ilusión de toda la vida. Más tarde estuvo Alonso “El cartero” haciendo radio: fue corresponsal de Antena 3 Radio, Radio La Palma y Cadena Ser. Su pasión por el fútbol y la comunicación lo entusiasmó para escribir el libro “Una Quinta Prodigiosa”, redactado para describir la vida de los jugadores de fútbol, históricos, del Valle de Aridane.

Alonso Plasencia se casó con Mayeya, de El Paso: la había conocido en un baile de Monterrey, justamente en un aniversario de la Orquesta Power, que lo amenizaba. Era la época de los Asaltos Prolongados, los bailes con presencia de las madres de las chicas sentadas en los alrededores de la pista para exigir el cumplimiento de “las buenas costumbres”.

Ubirajara es un pequeño pueblo en el interior del Estado Sao Paulo de unos cuatro mil habitantes dedicado a la agricultura y la ganadería. En una familia de campesinos dedicados al café y a la cría de ganado vacuno nació Viviane Cristina Gregorio de Oliveira. Alonso Plasencia, el hijo de Alonso “El cartero” la conoció desde la Casa de La Pradera a través de una emisora de radioaficionados que tenía su padre en Los Campitos. Después de varias conexiones con Brasil, a una emisora de uno de sus hermanos se conocieron Alonso y Viviane. Se casaron en 1999. Veintitrés horas de avión y doce horas de guagua para llegar desde La Palma a Brasil, a casa de Viviane, una odisea de Alonso por el amor que descubrió en aquella tierra tan alejada y diferente. Desde 2002 vivieron en La Palma, en la Casa de La Pradera.

“Vivieron”, porque el volcán que nació en la ladera este de la Hoya de Tajogaite acabó con sus sueños, su trabajo y sus ilusiones. Para Viviane, todas fueron sensaciones nuevas al conocer a Alonso: nunca había salido de Brasil, vino a otra cultura, a una isla pequeña con otro idioma y a convivir con sensaciones diferentes. Sin su familia y amistades brasileñas. Después de un mes comenzó la nostalgia por los cambios tan profundos. Pero su estancia en Los Campitos la transformó: La Palma fue para ella un trocito de Brasil. Se volvió una manchera más, caminaba a diario por el camino Pastelero y Aniceto, Campitos y Callejón de La Gata.

Alonso Plasencia trabajaba en el almacén de empaquetados. Su padre le dio la Casa de La Pradera y consiguió edificar la ampliación de la pequeña casa para convertirla en su coqueta vivienda.

“Estábamos comiendo fuera de la casa cuando de repente escuchamos una fuerte explosión. Miramos hacia arriba y vimos una enorme columna de humo hasta que apareció el rugido que nos acompañó incesantemente desde el 19 de septiembre hasta el 13 de diciembre”, se lamenta Alonso.

Viviane y el niño de nueve años, Gabriel, empezaron a gritar. Hubo confusión y miedo, sin saber qué hacer. “Corran, que nos vamos a morir”, gritaba asustado el niño.

Y salieron corriendo. Casi se dejan al perro, con tanta confusión. Lo metieron en el coche en el último momento. A los diez minutos abandonaron su casa para siempre.

Se refugiaron en la casa de la madre, de Mayeya, en el Parque de Los Llanos. Casa pequeña y con hermanos e hijos. Pidieron ayuda en las redes sociales y una familia de alemanes que vive en El Paso contactó con ellos y les dieron acogida en una casa. Es la casa en donde, casi ocho meses después, continúan viviendo.

La comida y la ropa quedó en Los Campitos. Los servicios municipales les suministraron lo básico para los primeros días. Con enorme dolor vio cómo en esos primeros momentos hubo gente durmiendo en tiendas de campaña y coches. Él, con su familia se sintió con cierta fortuna: tuvieron la suerte de encontrarse con la filantropía, con la solidaridad de esa pareja de alemanes residente en la Isla.

En el nuevo domicilio, soñaba en que la casa de Los Campitos resistiera las embestidas del volcán. Miraban informes de los drones y televisiones, observaba con detenimiento las superficies que iba arrasando. La casa de Los Campitos era la única herencia que iban a dejarle a su hijo. A los cuatro días casi que no quedaba nada. La escuela donde iba el niño, tampoco.

Trabajaba en el empaquetado que se quedó sin plátanos porque en el pasado verano un incendio medio rural y urbano y una ola de calor acabó con la fruta, con invernaderos y canalizaciones de las fincas que producían para el empaquetado. No había plátanos que exportar. Primer desafío de este aciago 2021. Perdió su trabajo.

Alonso, que tiene 55 años, vio en los primeros momentos de la erupción cómo los coches bajaban de la carretera general pitando, avisando que había reventado el volcán y que había que salir corriendo “con lo puesto”. Y se fueron. En la barbacoa de su casa, en el momento de la erupción se asaban unas caballas para el almuerzo. El pescado se quedó allí, entre las brasas buenas que calcinó el volcán.

Alonso y Viviane pensaban que el volcán iba a salir en Jedey, “A nosotros -se queja Alonso- nunca nos dijeron nada, ni nos informaron de nada. Nos molestó que dijeran luego que se equivocaron por 300 metros y salió en Tajogaite, a casi cinco kilómetros al norte del lugar que preveían los expertos. No nos preparamos. Y no fue un acto de irresponsabilidad: nos confiamos de los datos aportados por las autoridades”.   

Desde que vieron la primera columna de humo hasta que las lavas sepultaron a la Casa de La Pradera, transcurrieron doce días de angustia  porque la casa resistía, una parte de Los Campitos aguantaba. Se había dicho que iba a ser un volcán pequeñito, cuatro veces inferior al volcán de Teneguía de 1972.  Había esperanzas. Pero a medida que fueron pasando las horas se fueron convenciendo de la cruda realidad.  Todo estaba perdido. No les dio tiempo sino para proveerse de algunos documentos y una mochila con ropa.

Viviane no vivió volcanes en Brasil. Hacía ocho años que le insistía a Alonso en la posibilidad de un volcán que erupcionara en La Palma El dos de octubre se llevó la casa, definitivamente. La primera colada había pasado a tres metros de la casa. Primero desapareció la casa de don Justo el albañil y la de Mario “El Chiquito” Y después, un poco más tarde, todo acabó. Los Campitos desapareció con su centenario chorro de agua, la encrucijada de Los Cinco Caminos y los pedregales llenos de viñedos y almendreros.

Sin Los Campitos, Alonso y Viviane empiezan una nueva vida. Doloroso e incierto futuro. Unos alemanes generosos aminoran su pena.

Alonso (padre) y Mayeya
Alonso, Viviane y Gabriel
La Casa de la Pradera

Fotos: cedidas

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