De la mar y los barcosDestacado

El último radiotelegrafista del histórico vapor “Nogales”

En 1974, después de finalizar las prácticas de alumno radio a bordo del petrolero “La Niña”, de la Compañía Marítima Río Gulf, José Ricardo Rodríguez Montero (Ferrol, 1952) pasó cuatro meses en su casa natal pendiente de que encontrara trabajo en su especialidad de oficial radiotelegrafista de segunda clase y por mediación de un amigo, también oficial de su misma especialidad que no había conseguido validar los días de navegación, consiguió embarque en el vapor “Nogales”. A bordo permanecería seis meses. 

Puesto en contacto con el jefe de personal de Transbull, éste le indicó que tenía que embarcar con urgencia en el puerto de Huelva, donde se encontraba el citado buque. “Debido a que eran vísperas de las fiestas navideñas de 1974, no había posibilidad de ir en tren o avión, así que me ofrecieron trasladarme en taxi pasando por la Torre de Madrid para recoger al jefe de personal y continuar al puerto de Huelva, y así hicimos”, recuerda.

“Encontré un candray que en su día había fue un paquete. Fui recibido por el capitán Daniel Azcárate, que entonces tenía 55 años y me deseó buena suerte. Encontré una sala de radio obsoleta, solo disponía de radiotelegrafía de onda media, un transmisor principal de 100w con alimentación de corriente continua por dinamo que producía un ruido tremendo, por lo que siempre había que utilizar auriculares, un receptor con conversor alimentado por baterías y un pequeño receptor de emergencia sin altavoz y con un dial borroso con marcas de bolígrafo y solo audible con auriculares; machetes para carga de baterías y una autoalarma”.

En su relato de cómo era la estación de radiotelegrafía del buque “Nogales”, José Ricardo Montero agrega que “la sala de radio y el camarote estaban unidos. Debido a que la plaza de segundo oficial de puente no estaba cubierta, me asignaron hacer la nómina, el botiquín, responsable de enfermería, maniobras a popa y timonel de combate. La radio estaba en la ciudadela, en la cubierta inferior bajo el puente”.

“En la zona del oficio y  el comedor de oficiales el suelo era de terrazo. La habitabilidad de los marineros estaba situada en la toldilla y dormían en un rancho con literas. La tripulación estaba formada por capitán, primer oficial, oficial radio, jefe de máquinas, primer oficial de máquinas (motorista habilitado) y segundo oficial (motorista habilitado), dos camareros, un mayordomo, un contramaestre, un caldereta, dos engrasadores, cinco  marineros y un cocinero”.

José Ricardo Rodríguez Montero, en una visita al Partenón (1974)
José Ricardo Rodríguez Montero, en una visita al Partenón (1974)

Cuando nuestro protagonista embarcó en el citado buque, realizaba viajes tramp entre Huelva, Barcelona y Tarragona, así como Casablanca-Huelva con carga de fosfatos, “aunque perdimos un flete por un problema con los molinetes”, recuerda. También hacía Huelva-Bayona con fosfatos y hubo un viaje Bayona-Sousaki, en el que pasaron por el canal de Corinto, para luego seguir a Itea a cargar mineral de bauxita para Barcelona. “En Itea nos metieron una multa por contaminar con el humo aquel bello pueblo”, agrega. El último viaje de su estancia a bordo fue a Mostaganem, a cargar cemento para Cartagena.

“Allí recibimos órdenes de dirigirnos en lastre a La Coruña, permaneciendo a bordo solo la tripulación imprescindible. El viaje lo habíamos hecho en unas condiciones bastante precarias, pues el radar estaba averiado, faltaba el magnetrón y el gonio estaba averiado también. Recuerdo que en Ceuta, donde hicimos consumo, subieron a bordo un sextante para poder hacer el viaje a Sousaki, a donde llegamos con un cargamento de azufre cargado en Bayona”.

Al desgranar el rosario de los recuerdos, José Ricardo Rodríguez Montero relata que “para poder ducharse había que pedir a la sala de máquinas vapor a través de un tubo acústico. Los tanques de gravedad con agua dulce. Dos oficiales de máquinas pidieron la cuenta al detectar filtraciones en una de las calderas. Había que realizar encajonadas de cemento de vez en cuando en las bodegas y todo aquello se convirtió en una buena experiencia un novato como yo, que entonces tenía 22 años”.

“Cosas que no se olvidan y a la vista está. Salí de las comodidades extraordinarias del petrolero La Niña, un tremendo petrolero de la época, y pasé a un candray, era como la cara y la cruz. Pero guardo un grato recuerdo y muchas anécdotas. Desde reunión de oficiales para decidir qué hacíamos al no poder entrar en Casablanca debido al mal tiempo y no poder fondear por problemas para levar ancla, pues el barco en lastre era una vela al viento, así que estuvimos una semana a la capa hasta que amainó el tiempo y pudimos entrar por nuestros medios. Eso le costó el cargo al capitán Daniel Azcárate,  quien fue relevado por Balbino Mantecón Santos”.

En aquella época, Transbull tenía otro barco fletado llamado “Birkhall”, de Birkhall Shipping Co., con el que cargaba chatarra en Ferrol para Canadá. “Lo visité estando en Ferrol, no tenía nada que ver con el veterano Nogales. Había sido construido en 1957, tenía bandera de Liberia y daba gusto ver su habilitación”.

Volviendo al histórico “Nogales” –ex “Abásolo”, ex “Alejandro Zubizarreta”, ex “Bachi”, ex “War Obelisk”, construido en 1920 en Inglaterra–, “en la época en la que estuve embarcado, había unos cuantos candray que se dedicaban a lo mismo, cargas de fosfatos y graneles. Recuerdo que coincidíamos en Huelva con los buques ‘Gopegui’, ‘Ondategui’ y otros más nuevos, como el ‘SAC Huelva’. Cuando había temporal, los marineros quedaban aislados y no podían subir al puente a realizar sus guardias, por lo que me tocaba hacer de timonel. Por supuesto, el barco no tenía piloto automático. ¡Qué época aquélla!.

Nuestro protagonista, en una foto reciente
Nuestro protagonista, en una foto reciente

Fotos: Julián de Lucas y José R. Montero

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