La Palma, una Isla del Atlántico

“El americano” de Las Manchas, un símbolo de resistencia

José María Pérez Morales y su esposa Isabel Francisco habían emigrado a Cuba desde Velhoco. En Sancti Spíritus nacieron su hijo Conrado (mi abuelo) y sus hijas Luisa, Máxima y Plácida. Aquí nacieron Flora y Eladio. Por razones que nunca pude descubrir, se vinieron a La Palma pero no a la zona de procedencia, con suelos húmedos y fértiles del este de la isla, sino a los terrenos más áridos de La Palma: Las Manchas.

Compraron fincas y edificaron vivienda y comercio en el centro mismo de la zona conocida como La Ermita, justo al lado oeste de la Iglesia de San Nicolás.  La parcela situada junto a la carretera general que unió Los Llanos con Santa Cruz de La Palma sólo tenía una pequeña casa, usada seguramente, como refugio de campo o vivienda de aparceros de los terratenientes de Argual, la familia de Nicolás Massieu Van Dalle y Rantz que fueron los propietarios de todas las tierras del lugar que, ya en el siglo XVII se conocía como Las Manchas.

En el testamento hecho en 1676, D. Nicolás Massieu declara «que siempre había tenido grandes deseos de construir una ermita en honor del santo de su nombre en la hacienda que poseía en Las Manchas para lo que contaba con la debida autorización eclesiástica.» A continuación manda a sus herederos que si su muerte acaeciera antes de edificarse el templo, estos o aquel al que le tocase aquellos terrenos en participación, tendría la obligación de acabar su construcción si estuviera comenzada o acometer su fábrica si no lo estuviera. Ordena además que había de ser de buena factura, hecha con aseo, tanto en su fábrica como en sus ornamentos.

El comercio de ultramarinos de José María Morales fue el más completo de la zona. Estuvo abierto muchos años y fue heredado por su hija Luisa «Morales». Vino el volcán de 1949, arrasó con la zona más poblada, El Cantillo, y arruinó las mejores tierras de Las Manchas. Llegó la emigración forzada a otros lugares de la isla y, sobre todo, a Venezuela. No quedó casi nadie.

Recuerdo que Juan Álvarez, practicante grancanario que vivió en Las Manchas a principios de la década de los años cincuenta, me relató el hecho dramático del fenómeno migratorio de esos años: en las fiestas de San Nicolás prácticamente no había hombres jóvenes en los bailes ni actos festivos. Sólo mujeres. Ellos se marcharon a Venezuela, la mayoría en veleros clandestinos. 

Tres hijos de abuelo Conrado (Fabio, Olegario y Pedro) se embarcaron en abril de 1950 en el velero clandestino «Nuevo Teide» que zarpó desde la costa de Fuencaliente con 286 emigrantes a bordo con rumbo incierto hasta La Guaira. 

Por mi ascendencia paterna eran sólo dos hermanos: mi padre Primo y mi tío Susano. Gemelos. Un tercero, Tomás, había fallecido en la guerra. Los gemelos echaron a suerte cuál de los dos emigraba a Venezuela y quién se quedaba para atender los terrenos adquiridos por mi abuelo Valentín en sus interminables viajes a las vegas de tabaco de Taguasco (Cuba). Sólo una parte, porque la finca de más valor, El Cercado, junto a lo que hoy es La Cueva de Las Palomas, fue sepultada por las lavas de 1949.  

Quien se quedara en La Palma (mi padre o mi tío Susano) se encargaría también de cuidar de mi abuela Saturnina, su madre, muy afectada por la muerte de su hijo Tomás y por la desaparición de las tierras más valiosas por la erupción.A ello se le iba a sumar el viaje de no retorno de uno de sus hijos a Venezuela. Y le tocó el viaje del sorteo de la angustia a mí tío Susano, que se estableció en Aroa (Estado Yaracuy) y sólo pudo venir dos veces de visita. El volcán y las sequías, la autarquía, la escasez de alimentos y agua hacían la vida casi imposible en Las Manchas.

Cirilo Leal, hijo de tía Luisa heredó la antigua vivienda de aparceros de la antigua finca de D. Nicolás Massieu, situada al pie del inicio del camino que, junto a la iglesia, sube hacia el Llano de Tamanca. También emigró Cirilo Leal, junto a mis tres tíos, a Venezuela. En el «Nuevo Teide». A su regreso se estableció en Santa Cruz de Tenerife y adquirió y trabajó un bar situado en el mismo muelle, llamado La Marquesina, de grato recuerdo.

No había casi nada que hacer en Las Manchas. Sólo sembrar de secano cultivos de subsistencia en tierras volcánicas, de rebozos de barrancos con poca hidratación y escasa fertilidad.

Y mi padre, el gemelo que no se fue a Venezuela, ideó abrir un bar, que él siempre llamó «El Café» en la casita que heredó Cirilo «el de tía Luisa» al sur de la tienda de Luisa Morales. La apertura de aquel bar, sin agua corriente, sin luz eléctrica y sin casi nada que vender fue un hecho novedoso, histórico, memorable. Hasta ese momento los únicos actos lúdicos y de relaciones sociales se celebraban en pequeños salones habilitados para los bailes de candil, sólo una o dos veces al mes. El bar pasó luego por otros arrendatarios y períodos escasos de cierre temporal.

Otro emigrante de La Ermita, Eredio Camacho compró a su regreso de Venezuela el mismo bar abierto por mi padre y que hoy conocemos como “El Americano”. No es común escribir historias de bares. Pero ahora, en estos tiempos de zozobra es todo un símbolo de resistencia. Gracias a sus dueños y a quienes lo trabajan, El Americano no es sólo un bar. Es la esperanza. 

Y es que en Las Manchas y al sur del volcán no hay nada. Hasta hace un año había siete u ocho locales de restauración, estación de servicio o pequeños supermercados. Ahora solo El Americano. No hay nada más hasta llegar a Los Canarios de Fuencaliente a catorce kilómetros. Sólo la pequeña tienda de Laureano en Jedey permite adquirir algún producto de consumo inmediato. La gente que se atreve a vivir en Las Manchas solo ve y siente soledad en un paisaje negro e inhóspito. 

El bar hace la vida un poco más amable aunque sea sólo por saber que está ahí, con un paisanaje distinto, melancólico. Justo al lado, unos jóvenes entusiastas acaban de abrir “El Aperitivo”, que vendrá a sumar ilusión. 

Un bar con historia que ahora es recurso y esperanza. “El Americano”.

Foto: Primitivo Roberto Jerónimo Pérez

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