De la mar y los barcosDestacado

Con las monjitas, cuando quise decir cajones y no otra cosa

Desde que las monjitas Siervas de Maria de San Juan de Puerto Rico establecieran la entrañable costumbre, convertida en tradición por la fuerza de los años, de saludar con la bandera de España la entrada de los buques de Trasatlántica a su paso por la bocana de Punta del Morro, ningún buque de la Compañía solía faltar a lo que era una obligación: responder al saludo con tres pitadas a la vez que desde el alerón de estribor agitar los brazos en correspondencia y gratitud a tan entrañable gesto.

La tradición arranca poco tiempo después de aquella penosa fecha del 28 de Junio del 1898, cuando el “USS Yosemite” cañoneara al trasatlántico “Antonio López” en las cercanías de la playa del Socorro, y días después fuese rematado por el “USS New Orleans”. Un marinero herido superviviente del naufrágio tuvo el patriótico valor de llegar hasta la cercana playa y entregar la bandera de España, que el buque había portado en el palo de popa hasta poco antes del hundimiento, a un gallego de apellido Rocafort. Este ciudadano, que presenció tiempo después cuando las monjitas salían a saludar con pañuelos la entrada de los buques de la Companía, les hizo entrega de la bandera en su poder para que de esta forma el saludo resultáse más evidente y patriótico.

Esta bandera fue utilizada para el entrañable menester, hasta que en una visita de don Juan de Borbón a Puerto Rico, allá por los años sesenta del pasado siglo, les hiciera entrega de una nueva enseña de España con objeto de que guardasen la original, un tanto deteriorada por los años y pasara a formar parte de los activos históricos del convento.

Pasados unos veinte años desde la generosa donación de don Juan, sería el capitán Gerardo Larrañaga, de Trasatlántica, quien a su vez les hiciese entrega de una nueva bandera para que la regalada por el conde de Barcelona fuese también puesta a buen recaudo por las monjitas, cosa que hicieron colocándola en una urna de cristal. La bandera entregada por el capitán Larrañaga sería la utilizada desde aquel momento hasta la última escala de un buque de Trasatántica en aquella entrañable y bonita isla. Desaparecida la flota de la Compañía, las monjitas han seguido manteniendo la tradición cada vez que el buque escuela “Juan Sebastián de Elcano” realiza su escala en el viaje de prácticas de los guardiamarinas españoles, que con tanta consideración y cariño son recibidos por los “boricuas”.

Fué a mediados de los setenta y durante una escala en San Juan a bordo del buque “Merced” cuando el capitán del buque y tras el saludo de entrada ya comentado, me sugiriera hacer una visita al día siguiente para “cumplimentarlas” como marcaba la tradición y llevarles algún regalo; que normalmente consistía en un surtido de productos españoles de difícil adquisición en la isla. Quiero recordar que en este caso el lote lo componían unos chorizos, queso manchego y algunas latas de conservas “Albo”. El capitán Carlos Peña Alvear, exquisita y tradicional persona educada y formada en la escuela de Trasatlántica, había heredado la costumbre de sus predecesores Víctor Pérez Vizcaino, Foyé, Camiruaga y otros capitanes que con sobrada profesionalidad y reconocido magisterio, habían seguido la larga tradición.

Al día siguiente a la llegada, engalanados con el uniforme blanco de trópicos y paquete en mano con el “presente” para las monjitas, nos dirigimos al convento. El recibimiento fue como esperábamos, con el cariño, alegría y agradecimiento usual, que la comunidad de las Siervas de Maria nos prodigaba a los marinos españoles y especialmente a los de Trasatlántica.

Tras los saludos de rigor y entrega de los regalos, fuimos invitados por la madre superiora a tomar un refrigerio y unas suculentas tapas elaboradas por las delicadas manos de la hermana cocinera. Quiero recordar que la única española que formaba parte de la comunidad en aquella época, era la superiora. Para acompañar las suculenta merienda, las monjitas nos premiaron con un riquísimo vino de consagrar, que debido a su dulzor suele gustarnos sobremanera a los que no somos habituales bebedores.

La conversación con las monjitas que transcurria de forma cordial y distendida en torno a una gran mesa redonda se iba prolongando mientras Carlos Peña daba fin a unas exquisitas pastas de coco, yo prefería hacer lo mismo con las tapas de “mondongo”, regándolas con lo que nunca llegaría a convertirse en sangre de Cristo. Yo tenía la sensación que la lengua comenzaba a ponerse un poco estropajosa, cuando unas de las monjitas preguntó que era lo que llevábamos en aquellos cajones grandes de colores, refiriéndose a los contenedores que el buque tenía sobre cubierta– 

– Hermanas, los cajones los traemos cargados de vinos, aceite, aceitunas y otras cosas de España; creí yo que decía…

Hecho mi aclaratorio comentario observé que las monjitas empezaron a reirse a carcajadas; cosa que yo no acerté a comprender. Finalizada la visita y nada más salir por las puertas del convento, el bueno de Carlos Peña, visiblemente contrariado, me espeta:

 – Juan, los c.. llenos de vino los llevarás tú.

 – ¿Qué dices, Carlos….?

 – ¿Es que no te has dado cuenta de lo que has dicho….? Está visto que lo tuyo son las barras americanas y no los conventos.

Un abrazo para este buen hombre y gran capitán, al que tan mal se lo hacía pasar en tierra y con tanta paciencia y resignación lo llevó siempre.

Así ocurrió y así os lo cuento.

Foto: archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

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