
Aquellos viajes en los buques “Ciudad de Huesca” y “Ciudad de Teruel”
Desde finales de los años sesenta y durante algo más de una década, época en la que estuvieron en servicio los buques “Ciudad de Huesca” y “Ciudad de Teruel”, la travesía entre los puertos de Santa Cruz de Tenerife y Santa Cruz de La Palma se hacía en diez horas de viaje para cubrir la distancia de 108 millas náuticas que separa ambas capitales.
Diez horas con buen tiempo, claro, porque cuando venían los temporales de invierno el viaje solía alargarse algo más. Sin embargo, aquellos barcos de elegante estampa marinera eran los preferidos por los palmeros frente a los incómodos “santas”, que tanto se movían y hacían que el viaje pareciera interminable.
A mediados de la década de los años setenta, cuando en España se vivía el final de la dictadura y se experimentaban las convulsiones de la transición democrática, el barco era la opción elegida por la mayoría de los pasajeros que, escasos de dinero, elegían este medio, pues el avión no sólo era más caro, sino que, además, el número de plazas y de vuelos era bastante limitado. Por entonces, el importe del pasaje en barco oscilaba entre las 75 pesetas de la clase tercera económica y las 96 pesetas de la tercera especial.
Los billetes se compraban en la Casa Cabrera, entonces con apariencia en oficina inglesa, situada en el piso bajo del emblemático edificio de la calle Real de la capital palmera y, en la capital tinerfeña, en las oficinas de AUCONA, en el entresuelo de la primera planta del edificio de la calle de La Marina, en el mismo solar donde actualmente se levanta la sede principal del BBVA.
Los barcos alternaban cada semana en la línea Tenerife-La Palma-Gran Canaria y Gran Canaria-Fuerteventura-Lanzarote, de modo que, si no era estrictamente necesario, había pasajeros que preferían el servicio de estos buques en lugar de los “santas”, cuya tercera clase, en los tres primeros de la serie, formada por un patio de butacas, se convertía en poco rato en una sala de mareo colectivo. En la popa, mientras los marineros atendían la maniobra de salida, se agolpaban los pasajeros, concentrados en animada charla antes de que el frío y el cambio de tiempo al doblar los roques de Anaga aconsejara recogerse. Mientras el bar de popa permanecía abierto, los más perseverantes aguantaban entre copa y copa hasta que no quedaba otro remedio que buscar la litera asignada.
Para aquellos que habían conseguido billete en la clase tercera especial, situada a popa, el viaje podía tener algo más de intimidad, pues se disponía de camarotes cuádruples y dobles. El cansancio conseguía que se pudiera dormir durante unas horas, a pesar del ruido constante del eje de cola, situado justo debajo de nuestros pies.
El panorama era bien distinto en tercera económica. Un sollado, al estilo cuartelero, situado justo al lado del mamparo de la bodega de proa, formado por un montón de literas, era el acomodo disponible. Pronto empezaban los mareos, que acababan contagiando a todos los pasajeros, y el olor penetrante a humanidad y los sonoros ronquidos de algunos se adueñaban sin piedad de los sufridos pasajeros que compartían el habitáculo.
Antes de amanecer, cuando el reloj presumía que la llegada a La Palma estaba próxima, los pasajeros más jóvenes y los que, en resumen, no aguantaban en sitio cerrado por más tiempo la noche vivida, salían a cubierta y apoyados en la baranda contemplaban la arribada al puerto palmero. El cronista recuerda perfectamente aquellos viajes en los que compartía un rato de charla y aprendía conocimientos náuticos en la guardia de los oficiales Enrique San Antonio —fallecido en trágicas circunstancias, años después, en un accidente de tráfico en Las Palmas— y Lorenzo Suárez Alonso.
Lorenzo Suárez Alonso —excelente profesional y persona entrañable, que fue después uno de los primeros capitanes del emblemático jet-foil, más tarde alcalde de Candelaria, político de altura en el Gobierno de Canarias y delegado de Trasmediterránea en Canarias hasta su jubilación—, embarcó por primera vez en noviembre de 1971 en el buque “Ciudad de Teruel”, unos días después del comienzo de la erupción del volcán de Teneguía. El barco estaba entonces al mando del capitán Ramón Font Albert, valenciano, buen técnico y mejor persona, que luego mandaría el buque “Ciudad de Granada”.
De los capitanes que mandaron estos barcos recordamos a Cecilio Montañez Reguera —más tarde capitán de los buques “Isla de Menorca”, “Ciudad de Santa Cruz de La Palma”, “Ciudad de La Laguna” y “Villa de Agaete”, así como de la serie “vientos”—, Ramón Postigo Santana, Gabriel Blanco Galdín, Joaquín Echagüe —perteneciente al grupo de los “africanistas”, por los años que había pasado en la línea de Guinea a bordo del histórico “Dómine”—, Luis Segarra Badillo, Tomás Ravelo García y Antonio Díaz-Llanos González, que más tarde sería capitán de los “delfines” y del emblemático “Juan J. Sister”.
Con el ancla a la pendura y el contramaestre en el castillo pendiente de la orden avisada desde el puente —¡fondo!—, el barco borneaba con la ayuda del práctico de entonces, el inolvidable capitán José Amaro Carrillo González-Regalado, un portuense que se enamoró de La Palma en sus años juveniles y decidió pasar en la capital palmera el resto de su vida. Cuando los marineros lanzaban los cabos a tierra y éstos quedaban encapillados en los norayes, y el casco acariciaba suavemente las defensas del muelle, llegaba el momento de poner la escala, situada junto a la escotilla de la bodega de popa, con lo que el viaje llegaba a su fin.
A pie de muelle esperaban los familiares y amigos que acudían a recibir a los recién llegados. Entonces era frecuente ver taxis Peugeot 403 y Peugeot 404, tipo sedán, rubia o ranchera —como decían los que habían venido de Venezuela—, que aprovechaban el viaje para llevar a varios pasajeros y sus bultos en el portaequipajes.
Otros pasajeros eran recibidos por sus padres o parientes para llevarlos en sus coches, en su mayoría modelos de fabricación inglesa —Austin, Morris, Ford y los más modernos Hillman, Sunbeam…— y nacionales, entre ellos los primeros SEAT 600, 850 y 124 y sólo unos pocos, sobre todo en vacaciones, podían permitirse el lujo de llevar sus propios coches en la bodega o en la cubierta del barco —tanto por el coste como por lo limitado del espacio disponible—, siendo estibados mediante los puntales del barco. Todo esto cambió a partir de 1979 cuando llegaron a La Palma los ferries “Ciudad de La Laguna” y “Villa de Agaete”.
Aquellos pasajeros que no tenían medio de transporte propio o no los esperaba nadie, corrían a coger el “correo” de la banda en la Avenida Marítima, en la parada situada en la esquina con la calle Apurón, o un trozo más allá, en las guaguas del Norte, los que iban para esa parte de la isla, prestos antes de que cualquier despiste fuera a hacerles perder el viaje.
Las maletas, las cajas y otros bultos eran estibados sobre el techo de las guaguas que tenían la carrocería de madera y así conseguían llegar a sus destinos. Otros aprovechaban los viajes de vuelta de los camiones de la fruta —abundaban, entre otras, las marcas Pegaso, Commer, Berliet…—, que habían cargado en el valle de Aridane, Fuencaliente, Tijarafe y Los Sauces sus preciados cargamentos de plátanos. Los camioneros que recordamos eran personas generosas que trataban de ayudar a sus paisanos y conocidos. Todo aquello ya es historia de un pasado cada día más lejano.
Foto: Nicolás Arocha para puentedemando.com


