De la mar y los barcosDestacado

Una de gallos en el “Satrústegui” y un “cardenal” en mi boda

In memoriam de mi amigo y maestro Andrea Jentile

La carga general tenía su atractivo cuando era recibida en puertos andaluces y muy concretamente si la recepción se producía en Cádiz. En sus muelles, a los reconocidos licores y vinos de Jerez,  aceites de oliva o corcho de Extremadura, se añadían los gallos de pelea; estos pequeños pero agresivos animalitos alegraban el ambiente marinero con la música de sus matutinos cantos.

Eran asiduos y buenos clientes de Compañía Trasatlántica y muchos los viajes efectuados a bordo del “Satrústegui” con destino a Colombia y Méjico, un par de exportadores galleros de la zona, uno natural  de Chiclana y otro de El Puerto de Santa María. Entre ellos la relación era más o menos como la de sus gallos, les sobraba con mirarse para que se les “erizase la cresta”.

Los gallos viajaban en sus jaulas perfectamente estibadas en la toldilla de popa, la banda de estribor para uno de los exportadores y la banda de babor para el otro; había que situarlos siguiendo instrucciones de sus dueños enfrentando las jaulas, ya que según comentaban, al verse se les estimulaba la hormona de la agresividad. El cuidado que recibían los animales durante el viaje y hasta llegar a destino por parte de sus cuidadores era más que esmerado; diariamente les limpiaban las jaulas, les proporcionaban la comida especialmente elaborada por cada uno de ellos y les afilaban los espolones. Los animales debían llegar a destino ”guapos y con mala leche”, como solía decir el chiclanero.

Una tarde, mientras me encontraba con un compañero en el bar de clase turista tomando una copa, aparecen ambos galleros enfrascados en una fuerte discusión que a punto estuvo de llevarlos a las manos, circunstancia que no se dio debido a la mediación de los presentes. El origen del conflicto no era otro que el haber aparecido un huevo de gallina en el interior de una de las jaulas, esto representaba un fuerte agravio para el dueño del gallo, por ser sinónimo en el gremio, de gallo poco macho y nada pendenciero. El gallero agraviado pensó que había sido su competidor el provocador de tan grave ofensa. Minimizada la discusión, pero aún con la situación un poco tensa, aparece Andrea Jentile, jefe de máquinas, quien pregunta a que se debía tamaña algarabía cuyo griterío se hacía sentir desde la proa. El ofendido gallero hace una explicación del agravio del que sus gallos habían sido objeto,  provocando una fuerte carcajada entre todos los presentes, cosa que calentó aún más el ambiente.

Andrea pone coto a la discusión de manera salomónica:

– Creo que esto tiene una fácil solución, echemos a pelear al gallo de dudosa virilidad con otro que elija el dueño del bando contrario entre uno de los suyos.

Al unísono se escucha de ambos contrincantes: ¡¡Eso, eso…!!

Parte del pasaje presente termina aplaudiendo la solución del “italiano”, que era como cariñosamente era conocido el jefe de máquinas por la tripulación y pasajeros. Sobre el encerado de la escotilla de la bodega de popa y con la ayuda del carpintero de abordo, se improvisa con unos pallets de madera un “reñidero”.  Se anuncia a través de los altavoces que todo aquel tripulante o pasajero que desee presenciar una pelea de gallos, queda invitado tras la cena en el lugar de la confrontación.

La asistencia fue masiva. El capitán Francisco Onzáin puso como condición que la pelea no fuese “a muerte”, en principio los acalorados galleros no lo aceptaban pero al final el criterio del “viejo” prevaleció y así se hizo. Un gallo tuerto y el otro cojo fue el resultado de la pelea que dividió al pasaje entre animalistas y salvajes, los de ascendencia sajona no entendían las ancestrales  formas que teníamos los latinos de divertirnos. Comentarios de este tipo unidos a las copas produjo un fuerte conflicto entre algunos de los pasajeros de ambos bandos, que se saldó con algún pescozón y la actuación del primer oficial, como jefe de policía y disciplina, acompañado con algún marinero portando porra en mano para poner orden.

Entre mis funciones como alumno de máquinas estaba la de comprobar diariamente el estado de las cámaras frigoríficas de víveres. Al día siguiente de la confrontación gallística, me persono en la cocina para comprobar la temperaturas de las cámaras, cuando soy informado por unos de los cocineros que el jefe de máquinas la tarde  anterior le había pedido un huevo….

Como buen italiano, Andrea estaba dotado de una gran agudeza. No fue esta la primera ni la última de las que hiciese en ese y otros buques de la flota; a su gran profesionalidad había que unir su cordialidad y sentido del humor, binomio éste no fácilmente conjugable y que tan buen ambiente de cámara  solía crear con sus ocurrencias. Personalmente fui víctima de una de sus bromas que debido a la trascendencia que tuvo en su momento, y pasados más de cuarenta años creo que puedo contar.

En alguna sobremesa de cámara en uno de los diferentes buques en que coincidimos, primero como alumno y luego como oficial, le había oído comentar alguna historia de un tío suyo religioso al que solía referirse como “mi tío monseñor”. Ante tan digna distinción no pude evitar preguntarle si era obispo, a lo que me contestó que no, que era cardenal…

Pasados unos años, ya ejerciendo como primer oficial de máquinas llegué al convencimiento de que la soltería solía traer malas resultas para un marino, y que sería bueno contar con un referente en tierra como destinatario de ilusiones y administradora de nóminas; se puso fecha al evento haciéndolo coincidir con un periodo de vacaciones con la condición de que  mi mujer, novia aún, se ocupara de preparar toda la parafernalia legal, religiosa y de logística, para que a mi llegada todo estuviera listo para dar cumplimiento al trascendental evento, cosa que hizo  con primor.

Me pongo en contacto telefónico con Andrea, que también estaba disfrutando de vacaciones en su domicilio malagueño y le comunico que en unos días tenía pensamiento de poner fin a la soltería, y que mucho nos gustaría acompañase en tan trascendental ocasión; me dice que no le resultaba fácil ya que su tío “monseñor” se encontraba pasando unos días con su familia en Málaga. Le insisto y le hago la invitación extensiva a su tío, lo que me agradece sobremanera y confirma su asistencia.

Desde los cinco años hasta finalizar el bachiller, Marisol había sido alumna de un conocido colegio religioso de la capital pacense y era su ilusión casarse en la capilla del afamado centro, así que lo primero era solicitar autorización de la dirección para la celebración; así se hizo y al tener conocimiento la madre superiora de que un cardenal asistiría a la ceremonia, resulta ocioso comentar las facilidades que puso y el desvelo mostrado en la ornamentación de la capilla para recibir a tan insigne religioso.

El segundo paso fue comunicar al padre Felipe, en principio oficiante de la ceremonia, la asistencia del cardenal. Conocida la noticia, el párroco oficiante se puso visiblemente nervioso y emocionado preguntándome dónde tenía pensado alojarse el ilustre invitado, y que sería conveniente que el obispo de Badajoz tuviese noticia de la visita, y muy apropiado poner a su disposición una habitación en el Seminario de San Antón para insignes invitados, a lo que le respondo que monseñor viene de incógnito y que ya dispone de alojamiento para los dos días que permanecerán en la ciudad.

El día de la llegada de la familia Jentile los invito a cenar en un conocido restaurante de Badajoz junto al padre Felipe, con objeto de que se conozcan. Celebrado el encuentro y tras una profunda y reverente salutación, pasamos a la mesa, sentándose el “cardenal” a la derecha de don Felipe y yo a la izquierda de éste; inmediatamente se enfrascan ambos en profunda conversación en italiano, lengua que nuestro párroco había aprendido en algunos cursos sobre teología recibidos en el Vaticano.

Pasados unos minutos, don Felipe se vuelve hacia mí y me espeta:

-Macho, párroco y de Carrara…

Éste, al ver mi cara de extrañeza, me comenta en voz baja:

– Pero no te preocupes, como veo que se trata de un mal entendido o broma, la continuaremos hasta el final… Yo no sabía dónde meterme.

Finalizada la cena me dirijo a Andrea y le pido que me aclare el asunto.

-Juan, en Italia a los curas se les llama monseñor, lo demás fue una broma en su momento que supuse habíais entendido…

– La madre che ti ha portato ¡!

Al día siguiente y con misa concelebrada por ambos oficiantes, junto a la preciosa novia, fueron protagonistas de un emotivo acontecimiento y los invitados y familiares acompañantes, testigos de excepción de la boda de un marino oficiada por un “cardenal” y su ayudante, el padre Felipe.

A veces le comento a mi mujer si debido al engaño o error, nuestra boda igual no es válida.

Su respuesta siempre es contundente:

¡Ojalá…¡

Así sucedió y así los cuento.

El "cardenal" Jentile y don Felipe, oficiantes en el día de nuestra boda
El “cardenal” Jentile y don Felipe, oficiantes en el día de nuestra boda

Fotos: Teodoro Diedrich y Juan Cárdenas Soriano 

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