De la mar y los barcosDestacado

Un viaje para olvidar acaecido a bordo del buque “Galeona”

El reciente fallecimiento del  rejoneador y maestro  Angel Peralta  nos trae a la memoria  uno de aquellos viajes que nunca debería  haber realizado. Me  encontraba entonces formando parte de la tripulación del buque “Galeona”, que cubría la línea norte de España-costa Este de EE.UU. y algún puerto mejicano. En Santurce embarcaron tres caballos pertenecientes al afamado rejoneador con destino al puerto azteca de Veracruz y desde allí continuarían viaje por carretera hasta Méjico DF para debutar  en la temporada grande de la Monumental Mejicana montados por el afamado torero.

Zarpamos de La Coruña, último puerto de escala en la península y nada más asomarnos a mar abierta, pudimos adivinar que el viaje se antojaba más que incómodo, difícil. Los fuertes pantocazos y consabidos embalamientos del motor principal, como consecuencia del fuerte oleaje, nos obligó a reducir máquina y capear el temporal de la mejor forma posible durante un par de días. Pasada la racha de mal tiempo , el cuidador que acompañaba a los  caballos fue autorizado a bajar a la bodega para comprobar el estado de los animales  junto al contramaestre; una vez allí se encuentran que uno de los contenedores de madera en que viajaban de forma individualizada los valiosos equinos  aparece volcado sobre el plan de bodega como consecuencia  del temporal sufrido,  y que el animal que lo ocupaba había sufrido algún daño en una de sus patas. Con ayuda de la marinería y bajo la dirección del primer oficial se logró controlar la situación reposicionando el cajón-jaula a su lugar original de estiba, y posteriormente reforzar las trincas que los afirmaban a las serretas de la bodega. Los siete días que duró la travesía fueron francamente difíciles, muy especialmente para los caballos que ni bebían agua ni ingerían alimento alguno.

Una vez arribamos a Nueva York, a las autoridades sanitarias se les dio conocimiento de que en régimen de tránsito transportábamos los caballos, y que uno de ellos necesitaba la visita y auxilio de un veterinario, por lo que de inmediato se dispusieron a inspeccionar los tres animales. Los inspectores, tras comprobar el mal estado que presentaban, comunicaron a sus superiores la situación; recibieron como respuesta que deberían ser sacrificados. El capitán Onzáin puso el  grito en el cielo y contestó que bajo ningún concepto permitiría semejante barbaridad. La respuesta no se hizo esperar: “Si no se sacrifican y posteriormente son incinerados los caballos, y en cumplimiento de la normativa sanitaria de EE.UU. al respecto, el buque no podrá realizar actividad alguna en este puerto u otro americano.”

Tras  varias horas de negociaciones se llega al acuerdo de salir a fondear y depositar sobre una gabarra los tres caballos, donde deberían permanecer durante el tiempo que el buque estuviera atracado a muelle para efectuar las operaciones de carga y descarga; así se hizo con los inconvenientes costos y demoras que tal decisión ocasionó. De vuelta a España supimos que el consulado español contribuyó mediante alguna presión en favor de esta solución, ya que era importante recibir a bordo una carga que debería llegar a España dentro de una determinada fecha; carga a la que se unía otra que tantos quebraderos de cabeza nos producía a la tripulación por el trabajo, atención especial y cuidado que ésta necesitaba, tanto para su manipulación como por el especial cuidado que se le debía prestar durante su permanencia a bordo. La citada carga era de sebo animal que mediante calor y dentro de unos rigurosos márgenes de temperatura, deberíamos mantener en estado líquido hasta su descarga; una parte tenía como destino puerto español y el resto Lisboa.

Tras el auxilio veterinario prestado en Nueva York y la continua atención  de su cuidador, éstos pudieron llegar felizmente recuperados a Veracruz. El señor Peralta, conocedor de la “aventura equina”, se desplazó al puerto mejicano para recibirlos y agradecer al capitán su actuación en Nueva York. El rejoneador tuvo la atención de invitar a todos los miembros de la tripulación que quisiesen y pudiesen a presenciar su espectáculo taurino. Lamentablemente, para  el día señalado de su debut ya nos encontrábamos navegando  en viaje de vuelta a España.

Si la travesía de ida hacia América fue dura y desafortunada, la  vuelta,  debido a otra lamentable y muy triste circunstancia, resultó peor. Un día, mientras me encontraba cubriendo guardia de cuatro a ocho de la mañana en la sala de máquinas, aparece en la cabina de control el capitán con los ojos bañados en lágrimas y un telegrama en la mano, me dio un abrazo mostrándome su contenido y me pidió que lo acompañase al puente.

-Juan, yo no soy capaz de comunicar esta noticia, me lo acaba de entregar el radio, por favor sube y ayúdame a decírselo a Jesús…

En el telegrama se le comunicaba al primer oficial el fallecimiento de su hijo de dos años. Un fuerte puñetazo contra un mamparo de la derrota que le ocasionó importantes daños en la mano, fue su respuesta al recibir la noticia. Creo que no recuerdo un trance más triste y dramático en mi vida, he atravesado por muchos momentos difíciles  en la mar y en tierra, pero éste  me marcó de forma muy especial ; mi juventud y lo especialmente querido que por todos fue siempre Jesús, hizo todo aún más triste y difícil de comprender.

Al parecer y según tuvimos conocimiento con posterioridad, una lamentable negligencia médica había sido la causa. Desde aquél día y durante los muchos años que tuve la suerte de disfrutar de la amistad de aquel buen hombre y compañero; cada vez que coincidíamos nos saludábamos con una especial tristeza, mirando hacia el suelo en señal del  duelo que siempre nos acompañó desde aquel desafortunado día en que ambos teníamos poco más de veinte años.

Hasta la fecha de llegada a Santander, donde el sebo sería descargado, tenía bajo mi responsabilidad el  mantenimiento de  las adecuadas constantes de temperaturas que nos había indicado el cargador; para ello y un par de veces al día debía desplazarme a la bodega número 1 del buque, donde se encontraban los tanques que lo portaban así como los elementos de regulación y control para el vapor de calentamiento. Para acceder hasta el lugar, debía de pasar, no sin dificultad, a través de unas cajas metálicas prismáticas y alargadas  de varios metros de longitud, que se encontraban estibadas de forma un tanto aleatoria en la misma bodega. Unos de los días, cuando me disponía a volver tras efectuar las correspondientes comprobaciones y debido al mal estado de la mar, una de las cajas se movió y a punto estuvo de atraparme una pierna. Subí al puente y comenté a los compañeros, sin darle mayor importancia, lo sucedido y pregunté “qué carajo” contenían aquellos extraños contenedores cuya única identificación, aún recuerdo, era GE seguido por un largo  código de números y letras.

-Material energético, es todo lo que figura en el conocimiento de embarque…,  comentó el segundo oficial, tras comprobar  la documentación que amparaba aquella partida de la carga.

El contramaestre Marmita que se encontraba presente,  añadió:

-Eso deben ser polvos para echárselos a las galletas  que fabrican con el sebo, ambas cosas embarcaron  en Nueva York y al mismo tiempo…

Todos  los presentes nos reímos con el comentario del  ingenioso contramaestre gaditano.

-Quizás son muelles comprimidos, apostillo el jefe de máquinas con cierta sorna.

Tras algo más de una semana de incómodo  y triste viaje debido al suceso del fallecimiento del hijo del primer oficial, llegamos a Santander.

Mientras hacíamos la maniobra de atraque con la ayuda del práctico, observamos  en el muelle un movimiento inusual de equipos y personas, así como un vallado  protegiendo la zona del muelle asignada al buque para efectuar operaciones; todo ello bajo la vigilancia de un nutrido grupo de agentes de la guardia civil.

Nos quedamos todos un tanto sorprendidos ante tamaño despliegue  desconociendo a que podría ser debido. Cuando la escala real se puso sobre el muelle y previo al acceso de las autoridades que deberían recibir al buque, accedieron unos señores con batas blancas y una especie de pistolas en las manos con las que apuntaban a todo y a todos.

-¿Qué es esto…?, preguntó alguien a los extraños visitantes cuando llegaron a la cubierta del buque.

-¿No saben ustedes lo que traen a bordo…?

-No…, fue la lacónica respuesta de quienes les recibimos.

-Uranio enriquecido para la nueva central nuclear de Santa María de Garoña.

Todos nos quedamos perplejos y preocupados al pensar lo que posiblemente podría haber ocurrido, si debido al temporal corrido se hubiera todo alguno de aquellos contenedores. Hemos de recordar que aún nos encontrábamos bajo el régimen de la Dictadura y cualquier movimiento que algo tuviese que ver con huelga o protestas, no estaba precisamente bien visto….

Se comunicó a la central de La Compañía, que previo al inicio del siguiente  viaje hacia América deberíamos recibir una explicación de lo ocurrido, puesto que el no haber sido advertidos del transporte de una carga considerada peligrosa, era entendido por toda la tripulación como una gravísima negligencia por parte de alguien y no estábamos dispuesto a que algo semejante volviese a suceder.

En Lisboa se personó el muy hábil, controvertido y paternal jefe de personal don Saturnino,  bien conocido por todos, quien tras dar una serie de excusas que no llegamos a comprender de forma clara, resuelve en parte el problema ofreciendo una suculenta gratificación por los posibles perjuicios “ únicamente morales”, según él,  que podríamos haber sufrido…

Pasados pocos años quedé definitivamente tranquilo cuando pude comprobar que sin dificultad alguna pude engendrar tres preciosos y sanos hijos. Siempre pienso que aquello fue el origen de mi obtusa antipatía por esta controvertida forma de generación de energía. Un sobrino mío , experto ingeniero nuclear, me llama “carroza” y se ríe de mí cuando le cuento la historia, y luego me aclara que hasta que no es activada la reacción mediante el correspondiente bombardeo de neutrones al núcleo del maléfico mineral, no hay problema. Yo  sigo sin creérmelo.

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

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