De la mar y los barcosDestacado

Encuentros con el exilio en la Casa de España en Veracruz

El buque “Comillas” fue mi primer embarque como oficial de máquinas en la flota de Compañía Trasatlántica Española y la línea Mediterráneo-Caribe mi primera ruta. Embarqué en el puerto de Barcelona en un mes de octubre como segundo oficial. Las  singladuras iniciales estuvieron rodeadas de las lógicas incertidumbres y temores que acompañan a todo aquél que por primera vez se encuentra ante las responsabilidades de una guardia; afortunadamente y a medida que pasaban los días, los temores iban desapareciendo, los compañeros y el buen ambiente reinante en el buque contribuyeron a que todo me resultase más fácil.

De los diferentes países y sus puertos visitados en aquel viaje recuerdo muy especialmente el de Veracruz por varios motivos. Uno de ellos porque de niño ya le oía referirse a mi padre cuando a veces solía hablar de su hermano Casimiro y de su exilio en Méjico; capitán del cuerpo de Carabineros, se vio forzado a abandonar España por haber permanecido leal a la República durante la incivil guerra. Gracias a un amigo portugués y a una complicada peripecia pudo embarcar en Lisboa a bordo de un buque francés que lo llevaría hasta Veracruz.

Cada vez que arribaba a aquel entrañable y acogedor puerto mejicano,  muy especialmente para los españoles, no podía evitar recordar a mi padre y a mi tío Casimiro; éste al  menos tuvo la suerte de evitar ser fusilado en las tapias del cementerio de Badajoz aquel fatídico 17 de octubre, suerte que no tuvo su hermano José, también perteneciente al citado cuerpo de Carabineros.

Por avatares de la vida y pasados unos años,  encontrándome ejerciendo el cargo de jefe de máquinas a bordo del buque “Belén”, tuve ocasión de conocer a la entonces esposa del capitán, que viajaba a bordo. Cuando me fue presentada  y se comentó mi origen pacense, se le escaparon algunas lágrimas. Tras unos silenciosos segundos, Rafael Jaume me aclaró el origen de los sollozos: al parecer, encontrándose durante los primeros días de aquel fatídico agosto de 1936 en Badajoz, su suegro, al que no pudo conocer, como responsable accidental del destacamento de carabineros cubriendo unas vacaciones, fue fusilado junto a otros miembros del cuerpo por las tropas de Yagüe, quien según comentaba mi padre había recibido órdenes al respecto de Queipo de Llano.

La estancia en Veracruz durante aquella visita se prolongaría por varios días. Entre otras mercancías llevábamos  maquinaria para la industria textil mejicana de una firma española que sería origen de uno de los escándalos económicos más sonados de la época del franquismo. Fueron varias las expediciones de equipos Matesa que Compañía Trasatlántica transportó con destino a aquel puerto, y varios los años que en  Veracruz permanecieron grandes cajas conteniendo lo que se comentaba era chatarra exportada como telares para acceder a las primas a la exportación. No resulta difícil entender que la corrupción no es patrimonio de ningún régimen político, pues como veríamos pasado unos años y ya en sus comienzos de la democracia, se conocería uno de los escándalos más grandes y quizás menos aireado del nuevo sistema: los créditos a la construcción naval y la consecuente Sociedad de Gestión de Buques, creada para la gestión de los nefastos resultados de aquellos generosos créditos, indolentemente concedidos en algunos casos, a amigos y aventureros poco honrados aprendices de navieros.

Pero vayamos a lo nuestro. Cuando un buque de Trasatlántica arribaba al puerto de Veracruz solía convertirse en una fiesta para la nutrida colonia de exiliados y emigrantes españoles. Fueron muchos los que marcharon por razones políticas o en busca de nuevas oportunidades a aquel hospitalario país a bordo de los buques de su flota. Durante aquellas visitas se sentían por unos momentos como en España y resultaba muy entrañable ver cómo disfrutaban. Era una costumbre establecida ofrecerles unas tapas españolas, en las que el chorizo y el jamón eran las viandas más demandadas y regadas con un buen vino español.

En ocasiones solían corresponder con una invitación a su casa o alguna de las instituciones relacionadas con España fundadas por la colonia; tal era el caso de una conocida sociedad médica para mayores o la Casa de España, que hacía las veces de legación o consulado de España en Veracruz; en su sede la presencia de una gran bandera republicana presidiendo una de las salas nos producía un cierto resquemor a algunos de los que habíamos crecido recibiendo Formación del Espíritu Nacional. Fueron varios los tripulantes que esposaron con hijas de españoles emigrantes o exiliados en aquel país tras conocerse a bordo en alguna de aquellas visitas.

Durante la estancia, varios oficiales fuimos invitados por uno de los visitantes del buque a la Casa de España en respuesta a nuestra hospitalidad durante la visita que habían realizado a bordo. El anfitrión era un señor de avanzada edad y de especial cultura, que decía haber sido piloto durante la guerra civil en el bando republicano, que había podido escapar a bordo del trasatlántico “Manuel Arnús” desde el puerto de Barcelona.

Escucharle la peripecia de aquel viaje resultaba cuando menos fascinante. Según decía permanecieron en Cartagena durante unos días, allí el buque fue repintado, reparado y dotado de alguna pequeña artillería antiaérea, ya que el paso por el Estrecho se aventuraba problemático; de hecho comentó que el oficial radiotelegrafista mantenía informado al pasaje y la tripulación de las amenazas de Queipo de Llano hacía al buque a través de una emisora de radio sevillana, cuando el general alzado tuvo noticias de su salida de Cartagena. Al parecer y según nos relató, durante el viaje hubo fuertes diferencias entre parte de tripulación del buque; algunos de sus miembros, tras su arribada a Veracruz lo abandonarían y regresaron a España.

Aquella  visita al centro republicano resultó tremendamente interesante a unos jóvenes marinos que iniciaban su vida profesional, y en mi caso además sumamente emotiva. Mientras nos encontrábamos en la barra del bar en espera de que nos fuese asignada una mesa para cenar, mientras disfrutábamos con la amena conversación de nuestro anfitrión, observo que en un extremo hay una persona que me mira fijamente y cuya cara me recuerda a alguien. Al cruzarse nuestra miradas ambos tuvimos la sensación de que nos conocíamos. De inmediato vino hacia mí y al mismo tiempo que me ofrecía su mano, me decía: “Universidad Laboral de Córdoba”.

 -¡Padre Emilio…¡

Nos fundimos en un fuerte abrazo y el momento fue algo más que emotivo. Me contó que la Orden lo había mandado a la misión de Veracruz donde ejercía entre otras funciones de docente en la Universidad; curioso y muy inteligente personaje que tuve la suerte de tener como profesor en aquél magnífico e inolvidable centro al que tanto le debí siempre. El padre Emilio también se llevó una gran alegría al ver que un alumno suyo le recordaba con especial aprecio y gratitud; lo invité junto al piloto de las FARE a degustar la clásica paella de los jueves en la flota de Trasatlántica y disfrutamos de una entrañable sobremesa. Recuerdo que al capitán, de muy arraigadas convicciones y gran persona, no le resultaba del todo satisfactorio que frecuentásemos lo que él llamaba medio en broma, medio en serio, “ese nido de rojos”…

Durante el transcurso de la comida a bordo, el militar republicano, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, sacó algo de uno de los bolsillos superiores de la guayabera y de forma casi secreta me la puso sobre una de las manos y me la cerró. Se trataba de un pin del “Manuel Arnús” que guardaba desde el histórico viaje que lo llevó al exilio; aún lo conservo con especial cariño, al igual que algún documento que también me regaló.

Según tuvo ocasión de comunicarme, durante el largo periodo que el buque permaneció en Veracruz y antes de su salida hacia EE.UU. donde acabaría su vida, la documentación que existía a bordo fue expoliada, parte de la cual permaneció hasta su total desaparición en la Casa de España; él tuvo acceso y contaba que entre otros papeles se encontraba la lista de pasajeros de aquel histórico viaje en la que figuraba el nombre y la profesión de algunos de ellos; aparecían varios militares, maestros y hasta un cura. Curiosísimo documento del que me pesa no haberle pedido copia, posiblemente porque en aquella época aún no existían las fotocopiadoras.

En estas líneas quiero tener un recuerdo especial para todas aquellas familias y descendientes de españoles a los que tan generosamente les concediera asilo y trabajo aquel inolvidable presidente mejicano Lázaro Cárdenas. Creo que España no ha sido suficientemente generosa con este histórico personaje. Más de una calle recordando su nombre deberíamos encontrar en gran parte de la geografía española.

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: Foto Prado / archivo de Juan Cárdenas Soriano

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