De la mar y los barcosDestacado

En la habitación de Mussolini y un viaje en el “Comillas”

La época de alumno  de máquinas había llegado a su fin. En total habían sido cuatrocientas singladuras, que sumadas a las estadías en puerto y un corto periodo de vacaciones entre el vapor y el motor, supuso año y medio con provechoso resultado en el amplio sentido de la palabra. La fecha de finalización no coincidía con el comienzo del curso para la obtención del título de segundo oficial de máquinas,  por haberse iniciado éste un mes antes de mi desembarco, así que opté por presentarme por libre y preparar el curso por mi cuenta. La legislación permitía, una vez finalizadas las prácticas, la habilitación para navegar bajo ciertas condiciones como oficial de máquinas, de modo que me acogí a la normativa y de esta forma podría embarcar hasta la fecha de los exámenes durante unos meses.

Me puse en contacto con el departamento de Personal de Compañía Trasatlántica para ver la posibilidad de embarque, dándose la circunstancia de que un oficial de máquinas del buque “Comillas” acababa de sufrir un accidente y era necesario relevarle; hecho que debería  producirse de inmediato a la llegada del buque, tras su retorno de América, al puerto italiano  de Livorno, primera escala en Europa. En las oficinas centrales del Paseo de Calvo Sotelo recibo las oportunas instrucciones,  el billete de avión con destino a Milán y una reserva de hotel; el buque llegaría al citado puerto en dos días. Comunico a casa y a mi novia la nueva circunstancia con  gran pesar al no tener tiempo para pasar a verlos y estar con ellos durante unos días. Tenía que aprovechar la oportunidad que se me ofrecía y el dinero hacía falta.

La suntuosidad del hotel Palazzo de Livorno y su entorno ajardinado junto al mar me causó una grata impresión. En la recepción un hombre de avanzada edad, al entregarle el pasaporte se le ilumina la cara, y de forma más que efusiva me da un fuerte apretón de mano y me pregunta por el estado del Caudillo, para posteriormente pasar a relatarme que como miembro de la CTV italiana, participó en la guerra civil española trasladándose junto a otros cientos de compatriotas hasta el puerto de Cádiz en el trasatlántico “Lombardía”. Tras permanecer durante unos días acuartelados en San Fernando, fueron llevados en camionetas con el correspondiente material militar traído desde Italia al frente de Málaga, donde según contaba y como artillero “disparó mucho  plomo”. Al preguntarle por los sucesos de Guadalajara cambió la expresión de su cara para puntualizar que los españoles éramos injustos con las críticas de aquella batalla, ya que según él fueron conducidos hacia una emboscada traicionera.

Finalizada la conversación y una vez cumplimentados los requisitos de inscripción, me entrega la llave a la vez que me comenta que me ha asignado una habitación histórica que espera ba me guste… Al llegar a la puerta del aposento veo con sorpresa que en una pequeña placa de latón atornillada en la puerta figura la inscripción: “Soggiorno Benito Mussolini”. Una vez en el interior de la que posiblemente hubo de ser la mejor habitación del hotel en su momento, veo un letrero enmarcado y colgado en unas de las paredes en el que se deja constancia  de varias permanencias del Duce en el lugar y sus correspondientes fechas. El mobiliario de época modernista, que parecía ser el original,  era mantenido perfectamente. Un receptor de radio a válvulas Marconi con caja de madera, formaba parte de la ornamentación ; comprobé que estaba en perfecto funcionamiento y  en unos minutos pude sintonizar Radio Exterior de España por onda corta. Estaba tan cansado que pude dormir de un tirón, aunque reconozco que con cierta aprehensión y reservas.

Cenicero del hotel Palazzo, de Livorno
Cenicero del Grand Hotel Palazzo, de Livorno

Mientras conciliaba el sueño sobre la presunta cama del “ilustre”, no pude evitar recordar aquellos tristes episodios de la toma de Badajoz que mi padre en alguna ocasión me relató. Como aquel en que mi tío Ezequiel consiguió permiso del teniente al mando del pelotón de fusilamiento, para evitar que el cadáver de su cuñado José, hermano de mi padre, tras ser asesinado  fuese quemado y de esta forma poderle dar sepultura; mi padre, aún menor de edad, volvió corriendo a  Badajoz para conseguir un ataúd en la funeraria Correa, según contaba. Por un amigo habían sido avisados en el bar Los Caracoles, poco antes de los trágicos hechos, que acababa de presenciar como su hermano era montado en una camioneta, junto a otros carabineros, en el cercano cuartel de la calle Montesinos, para posiblemente ser trasladados al cementerio. Mi padre y mi tío salieron corriendo hacia el trágico lugar, pudiendo aún en la lejanía escuchar la ráfaga que acabaría con un grupo  de  leales republicanos .En alguna ocasión que tuve de asistir con mi padre a algún entierro; siempre solía  acariciar un árbol junto a la puerta de entrada y solía decir:

– Aquí fue…, sin más comentarios.

Otro hermano, mi tío Casimiro, perteneciente también al cuerpo de Carabineros con la graduación de capitán, correría mejor suerte gracias a la ayuda del Sr. Antero, ferroviario portugués que lo mantuvo escondido en su domicilio de Lisboa hasta que pudo embarcar hacia Méjico, donde moriría a finales de los años setenta. Mi padre, que fue un hombre bueno, las pocas veces que salía el tema solía decir con carácter conciliador y contrario a la revancha:

– Pero así son las guerras inciviles; espero que nunca más se repita…

La permanencia en Livorno fue de varios días, tiempo suficiente para completar la descarga de varios cientos de toneladas de café colombiano y cargar productos manufacturados italianos con destino a puertos americanos. El siguiente puerto fue Barcelona, donde embarca como pasaje un matrimonio americano; él trabajaba como funcionario en la agregaduría militar de la Embajada de EE.UU. en Madrid, y se dirigían de vacaciones a Puerto Rico, lugar donde tenían residencia; el viaje lo hacían en barco debido a una dolencia cardíaca de la esposa que la imposibilitaba para viajar en avión.

El americano, con titulación en ingeniería aeronáutica, resultaba ser un curioso personaje que se pasó el viaje leyendo novelas de Isaac Asimov y dibujando máquinas y artefactos de funcionamiento imposible. Su mujer, tumbada sobre una hamaca, solía tomar el sol diariamente durante un par de horas en la cubierta de botes de  babor en top less, el hecho que hoy pasaría deaspercibido no dejaba de ser una provocación para la época si tenemos en cuenta que hablamos de comienzos de los setenta del pasado siglo y “el Invicto ”, ya anciano, aún lo llevaban a  inaugurar pantanos por tierras de Extremadura y otros lugares de la península.

Un día el capitán Anselmo Carvajal tomaba una copa en uno de los alerones con el pasajero, a la vez que  el contramestre, junto a varios marineros, picaban y miniaban la cubierta magistral,   mientras  el grupo de “pintores” no perdía detalles de las turgencias de la joven pasajera. Don Anselmo le comenta  al marido la poca conveniencia de que su mujer se expusiera de aquella forma a tomar el sol, a lo que el americano respondió que creía que no le hacía daño a nadie, y que podía ser beneficioso para el buen mantenimiento del buque, ya que posiblemente hacía años que no se pintaba aquella zona con tanto ahínco y dedicación. “El viejo”, que tenía salida para todo como buen gaditano,  ante la respuesta del americano respondió:

– No, si lo decía por el riesgo de posibles quemaduras producidas por el  sol…

– Capitán, de cualquier forma observo que es usted quien no suele perder detalle, pero no se preocupe, los americanos no entendemos de ciertos agravios que parecen ser muy ofensivos entre hispanos y  latinos…

Este último comentario del “espía”, que era como le llamaba don Anselmo, era tan cierto como que un día mientras jugábamos una partida de póker en la cámara y departíamos sobre lo divino y lo humano, me comentó que él se había casado con su esposa dos veces. Al ver mi cara de extrañeza me aclaró:

-Mira Juan, cuando nos casamos por primera vez, mi mujer no aceptaba algunas cosas del matrimonio y nos divorciamos; al poco tiempo se volvió a casar con un antiguo amigo, y al parecer con más paciencia o pedagogía que yo… pero como yo disfrutaba de una mejor posición social y económica, volvió a mí, nos casamos de nuevo y como verás somos muy felices.

He de reconocer que lo contado por John rompió todos mis esquemas; era algo que escapaba por entonces de mi corto saber y entender sobre ciertas materias, y no pude evitar el pedirle una aclaración a sus pocos comprensibles comentarios para mí. Tuvieron que pasar algunos años  y leer a “Masters y Johnson” para entender el sentido práctico y eficaz de los americanos para muchas cosas.

El viaje se prolongó durante dos meses y he de reconocer que vencidos ciertos temores lógicos debido a la bisoñez profesional, la primera experiencia ya con responsabilidades de oficial de Máquinas, resultó bastante reconfortante.

Así fue y así lo cuento.

Fotos: archivo de Teodoro Diedrich y Juan Cárdenas Soriano

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