De la mar y los barcosDestacado

El premio de lotería no estaba en el cementerio de Barcelona

Ni el atrevimiento humano ni la codicia suelen tener límites, especialmente si ambos van unidos. Resulta a veces difícil de comprender que haya personas que se atrevan a cruzar ciertas barreras para hacer realidad el conocido dicho catalán de “la pela es la pela”. Fueron muchas las historias  y anécdotas vividas a lo largo de mi prolongada estancia a bordo del buque “Satrústeguí”. De algunas de ellas ya tuve ocasión de dar cuenta en otros relatos.

Hace unos días, mientras hacía limpieza de viejos papeles, me apareció una carta de un antiguo amigo y paisano miembro de la Guardia Civil con destino en Barcelona durante aquellos años y me trajo a la memoria algo que ya tenía olvidado. En el escrito se me informaba con detalle del desenlace de un caso que si bien no ocurrió a bordo, si tuvo una notable repercusión entre los miembros de la tripulación del buque.

La duración del viaje redondo a América oscilaba entre 45 y 60 días, dependiendo si se hacía o no un minicrucero de una semana por el Caribe, principalmente para turistas venezolanos. Al regreso del viaje a España era habitual una entrada en el astillero Nuevo Vulcano de Barcelona, donde se efectuaban reconocimientos, revisiones y alguna reparación antes de comenzar el siguiente viaje. Esa corta estancia de dos o tres días en la capital catalana Barcelona era muy agradecida por toda la tripulación, y muy especialmente por aquellos que tenían su residencia familiar allí, que eran unos cuantos.

Durante una de aquellas estadías en el conocido y ya desaparecido astillero, se recibe la visita a bordo por parte de un compañero del departamento de fonda, que durante el transcurso del viaje que acabábamos de rendir, había sido repatriado por baja médica desde un puerto americano; éste, tras saludar a sus compañeros de fonda y manifestarles cierta  preocupación por su estado de su salud y visiblemente demacrado, regaló a  algunos de los más allegados  una participación de lotería para el próximo sorteo de la cercana Navidad.

Acabada la breve estancia en Nuevo Vulcano y, como era habitual, nos trasladamos al muelle comercial asignado con objeto de efectuar las oportunas operaciones de recepción de carga y pasaje y dar comienzo a un nuevo viaje. Tras visitar los puertos de Génova, Marsella, Valencia y Cádiz y como resultaba habitual en la línea asignada, se puso rumbo al 270º que nos llevaría al primer puerto americano de escala.

A mediados de viaje y en el tramo de navegación de La Guaira a Cartagena de Indias, el día 22 de diciembre, algunos tripulantes a bordo seguían en directo a través de la onda corta de Radio Nacional la retransmisión del sorteo de Navidad. De madrugada, debido al cambio horario, y mientras cubríamos la guardia en máquinas, el relevo nos comunica que unos compañeros de la fonda han sido agraciados con uno de los premios de la lotería, y que se encuentran celebrándolo en el bar de la tripulación de proa.

Finalizada la guardia me dirijo al lugar de la improvisada fiesta, donde efectivamente compruebo que con tiza  han escrito en grandes números sobre una pizarra la cifra agraciada, mientras varios de los presentes mostraban a todo el que llegaba, como coincidía con la que figuraba en las participaciones que portaban en mano, a la vez que repetían a gritos y con gran alborozo, el nombre del compañero que se las había regalado.

El regocijo y la alegría entre los agraciados no cesó hasta la llegada a Barcelona. Las invitaciones a copas a los compañeros fueron diarias y generosas; se comentó que alguno de ellos dormía con la participación pegada al cuerpo con esparadrapo por si acaso…

Tras el arribo a Barcelona y un tanto extrañados por no haber recibido la visita del generoso compañero, el grupo de agraciados se dirige al domicilio de éste en la Barceloneta con objeto de  festejarlo con él y recibir la parte correspondiente del premio; una vez allí y tras llamar a la puerta, aparece la esposa del compañero de riguroso luto; al verla de esa guisa, los visitantes quedan sorprendidos y petrificados.

– ¿Qué ha ocurrido…?, preguntaron todos al unísono.

-Mi marido falleció hace hoy un mes…

Tras los pésames de rigor, muestran todas las participaciones premiadas a la vez que exponían a la viuda el motivo de la visita.

-No sé nada de eso, pero pasad…

Pasaron todos al interior del domicilio y la señora con una muestra de profunda tristeza y  contenida alegría se dispuso de inmediato a abrir y cerrar cajones tratando de localizar lo que no encontraba. Después de algo más de media hora de infructuosa búsqueda, pregunta a los presentes si recordaban que vestimenta llevaba puesta su difunto marido el día que los visitó a bordo y les hizo entrega de las participaciones de lotería supuestamente premiadas.

-Una chaqueta de cheviot marrón…, contestó uno de ellos.

De momento cambió la expresión de la señora mientras se ponía ambas las manos en la cabeza.

-¡Esa chaqueta formó parte de su mortaja!.

Tras unos instantes de silenciosa incertidumbre por parte de los presentes, uno de ellos señala que a la vista de las circunstancias se deberían solicitar los permisos  y autorizaciones necesarias para abrir el nicho. Un abogado conocido de la familia del fallecido se encargó de hacer las diligencias oportunas ante los organismos correspondientes,  y la exhumación fue autorizada con rapidez. El abogado se personó a la hora citada en el cementerio con objeto de presenciar el acto como testigo y cuál no fue la sorpresa del letrado cuando los operarios del cementerio destaparon el ataúd y comprueban que el cadáver se encuentra totalmente desnudo, a excepción de los calcetines.

De inmediato se pone una denuncia en el cuartel de la Guardia Civil más cercano. La Benemérita, tras hacer las averiguaciones correspondientes y utilizar las técnicas de interrogación de la época, que no por menos académicas resultaban menos efectivas, descubrieron con rapidez que unos avispados y ”recicladores” funcionarios del cementerio, habían despojado al finado de su última vestimenta para ser vendida a una casa de compra-venta de ropa usada.

La Guardia Civil se persona en el negocio y encuentra la chaqueta de cheviot marrón, que aún no había sido vendida, colgada de una percha. Con gran sorpresa y no poca alegría, descubren que el décimo de lotería agraciado con el tercer premio de Navidad se encontraba en el bolsillo interior de la prenda y se lo entregaron a la viuda del infortunado compañero.

Me contaba mi amigo y paisano miembro de la Guardia Civil  en la carta en la que me daba cuenta de los hechos, que  los culpables involucrados habían sido apartados de sus fúnebres cargos y sometidos a los correspondientes expedientes, pero al parecer y ante  el temor de que apareciesen otros casos que pudiesen incrementar el escándalo, el asunto no había sido aireado: La libertad de prensa en aquellos años del suceso, aún no había llegado, cosa que tenía sus ventajas para muchos.

Así sucedió y así  os lo cuento.

Foto: cedida

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