De la mar y los barcos

Cuando renuncié a recibir honores militares

El servicio militar obligatorio representó durante décadas  para muchos españoles una quiebra en su actividad profesional, o un lapsus en los estudios, pero el progreso cultural y económico  del país hicieron que fuese perdiendo vigencia aquella frase tan frecuente en tertulias y mentideros “la mili lo hizo un hombre”; con el tiempo la institución iría quedándose obsoleta hasta que el cambio democrático le diera un nuevo sentido mucho más acorde con los nuevos tiempos, al profesionalizarla y dotarla de más eficacia y servicio a la sociedad.

Vestir el uniforme militar durante dieciocho meses en la época de la dictadura se entendía como la mejor forma,  salvo excepciones,  de servir a la patria. Los marinos mercantes fuimos también testigos y sufridores de la “patriótica” práctica. En nuestro caso, durante aquella época pudimos sentirnos un tanto privilegiados, ya que aparte de las Milicias Universitarias se nos ofrecía también el modesto cargo de marinero raso; en este caso el periodo quedaba reducido a seis meses de servicio continuado, parte a realizar en el  correspondiente cuartel de instrucción y parte, salvo excepciones, a completar embarcado en un buque de guerra.

Durante  el destino en buques a veces se solía gozar de la consideración y el respeto de los mandos inmediatos, quienes conocedores de las circunstancias asignaban ocupaciones o misiones que  resultasen más adecuadas a la formación profesional. Eso no quiere decir que nos libráramos del “arranche de jardines”, eufemismo utilizado para la limpieza de los aseos. Siempre tuve la impresión de que en muchos casos, los miembros de la Armada solían sentir cierta incomodidad  al tener que ejercer el mando  sobre marinos no “armados”.

Conocí, entre otros casos, a un compañero con el grado de primer oficial de máquinas, que durante los tres meses de destino a bordo del transporte de ataque “Aragón”, tuvo la responsabilidad de la maniobra de apertura y cierre de las válvulas de cuello de calderas, así como su mantenimiento. Durante los tres meses que asumió estas responsabilidades, el buque nunca navegó ni hubo de encender calderas; llegó a comentarme en cierta ocasión, que con objeto de no aburrirse cambiaba las empaquetaduras a las válvulas cada semana. La comodidad del destino asignado le permitía realizar  gran parte de las guardias en la  cantina, donde mientras recordaba los mil dólares que mensualmente estaba dejando de recibir como oficial de máquinas en un petrolero de una compañía estadounidense,  se hacía un experto en “caldos” baratos de Chiclana, en los que invertía las 45 pesetas de salario mensual que recibía como marinero de máquinas.

Una nueva alternativa  sería añadida a las dos comentadas por un conocido almirante laureado de guerra, que en pago a sus lealtades con el régimen, y favorecido por las ya entonces “puertas giratorias”, fue premiado con el cargo de presidente de una importante naviera nacional. La nueva opción incorporada para el cumplimiento del servicio militar, tenía el objeto patrio de minimizar la escasez de oficiales que la naviera bajo su mando venía sufriendo, debido principalmente a sus recortados salarios, a lo que habría que sumar el hecho de que los marinos más jóvenes solíamos optar por navegar en compañías que hicieran líneas internacionales, que si bien resultaban más incómodas, debido a las prolongadas ausencias, ofrecían entre otros atractivos mejores salarios.

En mi caso, el “cumplimiento  con la patria” procuré programarlo de forma que no representara  una quiebra  en mis expectativas familiares y trayectoria profesional, o al menos minimizar en lo posible alguna de sus consecuencias. Para ello y de conformidad con mi novia, se convino que boda, servicio militar y curso de jefe de máquinas los realizaría dentro del mismo periodo de tiempo. Así se organizó y así se hizo, no sin pasar por ciertas circunstancias, alguna de ellas destacable.

A bordo de varios buques de la flota de Trasatlántica tuve ocasión de coincidir con un buen compañero  oficial de radio y natural de San Fernando, persona cuyo desparpajo y gracia lo hacían digno hijo de la ciudad que da nombre al conocido paralelo. Su amistad, rayana en la familiaridad, que le unía con un alto responsable del  Cuartel de Instrucción  de San Fernando, en  el que debería adquirir mis primeros rudimentos militares, me sirvieron de mucho.

Aparte del cómodo paso por el Cuartel de Instrucción, mi benefactor tuvo a bien asignarme un buen destino: el Mando Anfibio, cuya distancia desde casa andando se cubría en diez minutos;  a esto se añadía que el comandante  responsable del citado acuartelamiento, miembro de la Reserva Naval, entendió mis necesidades y me asignó funciones totalmente compatible con el horario de clases en la Escuela  de Náutica.

Recién casado, realizando el curso de jefe de máquinas que me subvencionaba Trasatlántica, en la que prestaba mis servicios  (en la época de Franco existían protecciones sociales hoy desaparecidas),  un cómodo servicio militar y residiendo en la Tacita de Plata, hacia que todo fuese como miel sobre hojuelas…

Hasta que un día, mientras nos encontrábamos Marisol y yo disfrutando de la tranquilidad hogareña, suena el timbre de la puerta  y al abrir me encuentro a un marinero portando un sobre en mano del que me hizo entrega sin emitir palabra alguna, a la vez que me saludaba al estilo militar. Cuando compruebo su contenido quedé estupefacto. Marisol se asusta al ver la expresión de mi cara, se la entrego sin mediar palabra y al leerla se le escapan dos lágrimas, nos abrazamos durante unos instantes; le dije para consolarla que el asunto tendría alguna solución.

En el fatídico escrito, el comandante de Marina de Cádiz me transmitía la orden de embarque en el buque “Dómine” de Compañía Trasmediterránea, en el que debería presentarme para formar parte como segundo oficial de máquinas durante su inmediata y próxima escala en el puerto gaditano.

Tras toda la noche sin dormir, viendo cómo se difuminaban nuestros proyectos, al día siguiente reglamentariamente pertrechado con el uniforme de marinero, me trasladé a la Capitanía Marítima en San Fernando donde me presenté ante el responsable del departamento de personal, que quiero recordar en Marina recibe el nombre detall.

Tras el saludo militar reglamentario, me identifico bajo la impersonal y reglamentaria clave de Inscrito 055 del correspondiente reemplazo; se me pregunta cuál es el objeto de mi presencia, le muestro al capitán de corbeta que me atendía el escrito recibido y tras leerlo me comenta si había algo en él que no entendiese; le respondo que lo entendía perfectamente, pero que el servicio militar, aparte de ser corto para mí, entendía que lo realizaba para servir a la patria y no a una compañía naviera más o menos privada, por cierto por un sueldo propio de tripulaciones de leva.

En la cara del capitán de corbeta pude leer una muestra de sorpresa y  contenida alegría; me comentó que no me preocupase y que me reincorporase a mi destino hasta recibir noticias al respecto. Pasado unos días y a través de un marinero mensajero, recibo una nota de Capitanía para que me persone a la mayor brevedad posible ante el departamento en el que había efectuado la reclamación. Cuando me presento, veo como el capitán de corbeta deposita  sobre el mostrador un montón de escritos para que sobre ellos plasme mi firma si lo creo conveniente; una vez leídos y conforme con el contenido procedo a firmarlos, cumplimentado el requerimiento y con cierta molestia en la muñeca, se me indica que todo queda arreglado y que por tanto no he de embarcar en el vetusto “Dómine”. Tras mostrar mi agradecimiento por la gestión al amable oficial, y a toda la velocidad que el Seat 600 permitía, corrí a transmitir la buena nueva a Marisol; una cena en el célebre “Maestrito” del barrio de La Viña fue el preludio del festejo.

Las consecuencias de mi “desagradecida” decisión no se hicieron esperar. Pasada una semana y mientras me encontraba atendiendo la clase de Teoría del Buque con el profesor y gran maestro Bonilla de la Corte, accede al aula don Mario, director del centro, quién me pide que le acompañe a su despacho ; así lo hago encontrándome que en él esperan dos señores encorbatados que en representación de la compañía armadora del buque de fallido destino, vienen a conocerme y sobre todo, a poner en mi conocimiento que el acceso a la naviera, en el supuesto de que algún día pasase por mi cabeza, estaría complicado.

-Don Mario, lamento que me haya usted privado de clase para escuchar este tipo de sandeces…

Fue mi único comentario tras lo escuchado por boca de aquellos elegantes señores, para de inmediato proceder a cerrar la puerta del despacho desde fuera. La cosa no quedó ahí. Pocos días después recibo una llamada telefónica del entonces director técnico de Trasatlántica con objeto de confirmar si el Juan Cárdenas renuente a formar parte de la tripulación de un buque de Trasmediterránea era yo; le respondí que, en efecto, había sido yo.

– Pues que sea para bien don Juan… fue su lacónica respuesta.

Al parecer y según me hizo saber pasado el tiempo, el presidente de Trasatlántica en aquel momento y también almirante como su colega de Trasmediterránea, se encontraba haciendo gestiones para conseguir similares privilegios, que al igual que Trasmediterránea, también permitiese conseguir a la  centenaria compañía oficiales de bajo coste.

He de reconocer que por parte de Trasatlántica nunca fui represaliado, todo lo contrario, mi trayectoria profesional discurriría a lo largo de muchos años de forma eficaz y muy favorable bajo todos los aspectos, muy especialmente en lo referente en el terreno de la formación y experiencias recibida por grandes maestros, que creo intenté transmitir muy modestamente llegado el momento. De cualquier forma, pasados los años y ya con responsabilidades en tierra, tuve ocasión de conocer y hacer grandes amigos tanto de flota como en tierra de Compañía Trasmediterránea, con  los que en ocasiones tuve oportunidad de colaborar en asuntos relacionados con nuestros cometidos. A veces y no sin sorna, solían decirme, Juan estás perdonado, pero por razones históricas no te podemos borrar de la lista negra.

Pero lo más llamativo y que dejó en evidencia que aquella práctica no contaba con las simpatías de la Armada, fue cuando es solicitada mi presencia urgente en el Mando Anfibio, a punto de finalizar ya mi periodo militar, para comparecer ante don Salvador Cumpián, comandante de la unidad en cuya persona se unía perfectamente  aquello de oficial y caballero.

El motivo de su requerimiento fue para comunicarme que el capitán general de la Zona Marítima del Estrecho me había propuesto para la medalla al Mérito Naval con distintivo blanco; el consentimiento por mi parte para recibirla, lo debía de comunicar en un plazo de dos días. Tanto mi mujer, hija de militar, como yo consideramos que tan alto mérito debería ser reservado para mejores causas y renuncié, no sin cierta pena. Se me hizo saber por parte del nombrado comandante, que la ostentación de tan distinguido honor me hubiese permitido entre otros privilegios, el fácil acceso a la Reserva Naval, pero mi vocación y expectativas  desde hacía tiempo estaban ya encauzados por otros derroteros que afortunadamente se cumplieron.

La finalización del curso de jefe de máquinas llegó  y los resultados obtenidos fueron holgadamente  satisfactorios. Curiosamente, el mismo día que se celebró la entrega de títulos, coincidió con la aparición de una nota en el tablón de anuncios de la Escuela de Náutica, en el que la compañía que poco antes me había boicoteado, anunciaba la convocatoria de plazas para oficiales de todos los departamentos con una tabla de salarios sustancialmente más  atractivos; siempre me quedó la duda de si algo tuve que ver en ello…

Así sucedió y así os lo cuento.

Foto: archivo de Juan Cárdenas Soriano

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